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Ser, del verbo vivir
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María José Caldero

Los lirios de Astarté

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Ser, del verbo vivir

Somos lo que amamos y odiamos, los secretos que guardamos bajo catorce llaves en un bargueño italiano. Y somos la luz que nos aleja de una oscuridad que siempre nos da miedo

Foto: Capilla San Salvador de Úbeda. (iStock)
Capilla San Salvador de Úbeda. (iStock)

Tenía veintisiete años la primera vez que fui a Granada. Hasta entonces no había traspasado más frontera provincial que la que me separaba de las playas de Cádiz y Huelva.

Para entonces ya era una sufrida teleoperadora de compañías de teléfono con su título de licenciada en Geografía e Historia confinado en el cajón del por si acaso.

Hace veinte años de aquella escapada por la A-92 y, más allá del enjambre de mocárabes de La Alhambra y del skyline desde el mirador de San Nicolás, hay un recuerdo que me ha acompañado desde entonces y que no tiene nada que ver con la experiencia artística. En las inmediaciones del Veleta, a 2.700 metros de altura, está el monumento dedicado a la Virgen de las Nieves. Una especie de iglú triangular construido a base de lascas de terraza de la propia montaña y coronado por la monumental escultura de la Virgen.

Foto: Antonio de Nebrija. (Universidad de Nebrija) Opinión
Antonio, el de Lebrija
María José Caldero

Recuerdo que recé un avemaría con el automatismo de quien acerca la silla a la mesa para comer. Lo místico vino después.

Me senté en la ladera de la montaña a contemplar el paisaje abrumador que tenía ante mis ojos. Muy posiblemente haya sido la única vez en la que he sentido algo parecido a la presencia de un ser superior. A pesar de una fe religiosa cogida con alfileres, me gusta pensar que aquello ocurrió así porque debía ser así.

El caso es que les cuento esto porque somos lo que vivimos, lo que dudamos, lo que creamos y destruimos. Las decisiones que tomamos van moldeando el barro de nuestra existencia.

placeholder La obra Guzmán el Bueno de Salvador Martínez Cubells.
La obra Guzmán el Bueno de Salvador Martínez Cubells.

¿Qué le lleva a Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno, a levantar un monasterio con cuerpo de fortaleza en las inmediaciones de Itálica? dicen que la culpa, la peor culpa que puede sentir un padre. Ya saben, la defensa de Tarifa la asumió el militar desde el imponente castillo junto al mar. Allí, asediado por los benimerines que habían tomado como rehén a uno de sus hijos, con el apoyo del rebelde infante don Juan de Castilla, decidió sacrificar la vida de su vástago antes que rendir la plaza tarifeña. Salvador Martínez Cubells pinta en 1884 un lienzo recogiendo el histórico momento, ojos enajenados del padre que arroja el puñal y el dolor y la súplica en escorzo de una madre desesperada.

En 1301 se fundó el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce, regido por monjes cistercienses. Erigido como panteón familiar, el primero de la casa en recibir sepultura fue el hijo sacrificado.

placeholder Monasterio San Isidoro del Campo. (iStock)
Monasterio San Isidoro del Campo. (iStock)

Trescientos años después de la muerte del padre, fundador que fue de la Casa de Medina Sidonia, Martínez Montañés y su prestigioso taller realizan en la iglesia primitiva un portentoso retablo y las esculturas orantes de los sepulcros de Guzmán el Bueno y su esposa doña María Alonso Coronel. La talla, las texturas magníficas de unas indumentarias anacrónicas con la época de los representados, todo muy en la línea de matrícula de honor del escultor de Alcalá la Real. Pero si algo provoca estremecimiento es la leyenda en latín que reza en el muro interior del arcosolio tras la imagen de Alonso: Propio Filio Suo Non Pepercit. No tuvo piedad con su hijo.

Somos la culpa de nuestras malas decisiones.

Foto: 'Naturaleza muerta con gallo y cuchillo', una de las obras de Picasso expuestas en el Museo Picasso de Málaga. (EFE/Álvaro Cabrera) Opinión
De museos y distancias cortas
María José Caldero

También somos lo que nos mueve a exhibir nuestras virtudes y vanidades en posados veraniegos, en recetas de alta cocina casera o en portadas de libros interesantísimos que leemos porque somos irresistiblemente cultos. Unos aprendices de poca monta de Francisco de los Cobos, el poderosísimo ubetense que fue, entre otras muchas cosas, secretario de Estado de Carlos I, y que levantó para su mayor gloria esa joya imponente del Renacimiento que es San Salvador de Úbeda, un panteón funerario al alcance de muy pocos mortales.

Con trazas del divino Andrés de Vandelvira y decoración escultórica de Esteban Jamete, la fachada es una exaltación en piedra de la inmortalidad del hombre y de Dios, un mensaje de honor y de gloria asociado a la muerte a través de escenas del Antiguo y el Nuevo Testamento y del mundo clásico pagano. No se dejó nada atrás el de los Cobos. Méritos hizo de sobra para que otro ubetense de postín le hubiera incluido en La del pirata cojo.

placeholder Carmen Laffon.
Carmen Laffon.

Pero también somos lo que amamos y odiamos, los secretos que guardamos bajo catorce llaves en un bargueño italiano. Somos la debilidad descubierta por los ojos insondables de María Teresa López, La Chiquita Piconera de Romero de Torres.

Y somos la luz que nos aleja de una oscuridad que siempre nos da miedo. Una luz terapéutica, una luz ansiolítica, una luz sanadora. La luz de los pinceles de Carmen Laffón. Muy posiblemente, contemplar una obra de Carmen sea lo más parecido a estar sentada en las faldas del Veleta mientras se restaura una fe con pérdida de policromía.

Tenía veintisiete años la primera vez que fui a Granada. Hasta entonces no había traspasado más frontera provincial que la que me separaba de las playas de Cádiz y Huelva.

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