El pulso dialéctico Cataluña-España: una paliza… soberana

Tienen razón quienes, defendiendo la inmersión lingüística, argumentan que en Cataluña se habla la lengua castellana tan bien como en cualquier lugar de España. Mejor, mucho

Tienen razón quienes, defendiendo la inmersión lingüística, argumentan que en Cataluña se habla la lengua castellana tan bien como en cualquier lugar de España. Mejor, mucho mejor,  si nos circunscribimos al lenguaje político y a la construcción lingüística de marcos conceptuales.

La confrontación dialéctica Cataluña-Madrid  de las últimas décadas en la arena política se salda con una paliza  soberana, y nunca mejor dicho, a favor del nacionalismo.  La  batalla de las ideas comienza a ganarse con el lenguaje, como explica Lakoff en 50 páginas.  Ejemplo.  Muchos ciudadanos defenderían  un sistema de salud sin exclusiones o unas pensiones más holgadas, pero subir los impuestos es especialmente complejo (caso real en EEUU) si el ‘marco’ propuesto por el adversario ha calado en la sociedad; y todo el mundo, incluyendo a los partidarios de subirlos, se refiere a una situación de menores impuestos como “alivio fiscal”.

Pues bien. Manifestarse en contra del derecho a decidir es tan poco intuitivo como atacar el alivio fiscal. La mera aceptación del  lenguaje del adversario  condiciona,  deforma  y debilita nuestro razonamiento. Y como nada hay más democrático que  lengua, el triunfo del marco es la antesala del triunfo de la idea contenida en él.

Estos meses hemos visto a toda suerte de representantes de la voluntad popular española elucubrando reflexiones sobre el “derecho a decidir” pero a ningún político catalán divagar sobre “el usurpamiento de la soberanía popular”, “el supuesto privilegio de rebasar la ley para romper España”, o la “insaciable voracidad del modelo nacionalista”. Hemos padecido ejercicios de pedagogía, símiles y metáforas, unas más afortunadas que otras, pero sistemáticamente solo una de las partes, la secesionista, ensaya nuevos marcos para desequilibrar de su lado argumentos, quejas y demandas. 

Varias generaciones políticas de abogados del Estado en el Gobierno español, cuatro décadas de derrotas dialécticas constantes seguidas de concesiones, y las estructuras formidables de un reino con una nómina de tres millones de servidores públicos y  150.000 políticos profesionales no han servido para ganar un solo pulso dialéctico al  nacionalismo catalán. Pujol, Maragall, Junqueras, Montilla, Mas y Homs, junto a su tenacidad, un puñado de asesores y las palancas regionales de la educación y los medios, arrebatadas a la administración central,  han demostrado ser infinitamente más eficaces.

Nos hemos acostumbrado a ver en los medios la sustitución de España por el impersonal y odioso “Estado español”, la equiparación del “no nacionalismo” con el “anticatalanismo”, el hablar del secesionismo como un “proceso” para subrayar su lógica de avance…

En el camino, ha habido propuestas que por demasiado audaces o exceso de pomposidad no han triunfado. Es el caso de la “deslealtad institucional”, (deudas del Estado con Cataluña), el de  la “entesa per la llibertat” (plataforma pro referendum) o, definitivamente, las comparaciones casi simultáneas de Cataluña con Massachusetts, Quebec, Israel, Escocia o Alemania, y las del honorable president con Martin Luther King o Ghandi. Lo sublime y el ridículo están separados por una línea muy fina, sí, pero descartada una genialidad, hay alguien pensando en la siguiente.

Una parte importante del camino está recorrida. Miren si no. Muchos ciudadanos bienintencionados y poco simpatizantes con la causa nacionalista coincidirían con el autor de un texto ficticio como el que sigue: “Celebramos que el conseller Mas-Colell  se reúna al fin  con su homónimo español, el ministro Montoro,  para reactivar el diálogo bilateral con el Estado, abordar el asunto del maltrato fiscal a Cataluña  y así evitar el choque de trenes”.

Este párrafo, que podría nutrir el editorial de La Vanguardia de cualquier día, incluso de varios en la misma semana, esconde bajo su inofensiva redacción y su aparente espíritu constructivo varias deformaciones conceptuales que ayudan a consolidar los malos entendidos. A saber. Ni el conseller de economía de una Comunidad Autónoma es homólogo ni homónimo del ministro del Reino, ni la bilateralidad puede entenderse como un diálogo entre iguales, ni Cataluña es ajena al Estado, ni el Estado es un maltratador de ciudadanos y empresas catalanas, ni la salida de Cataluña de la UE, de la OTAN y del euro es un choque de trenes, sino el descarrilamiento unilateral de un proyecto mal parido.

Nos hemos acostumbrado a ver en los medios la sustitución de España por el impersonal y odioso “Estado español”, la equiparación del “no nacionalismo” con el “anticatalanismo”, el peculiar concepto de “autoodio”, síndrome padecido por los catalanes no nacionalistas, los “límites a la solidaridad” para argumentar la bajada de impuestos, el amistoso y convivencial ¨España nos roba¨, variante del ya políticamente correcto “expolio fiscal”, el oxímoron del  “federalismo asimétrico”, el hablar del secesionismo como un “proceso” para subrayar su lógica de avance, la importación de términos como “internacionalización del conflicto”, la expresión “hacer pedagogía” en lugar de decir llanamente “dar la matraca”… cada vez que se utilizan, como cada vez que sustituimos un dominio de internet .es, por uno .cat,  cada vez que renunciamos a escribir en castellano Cataluña con ñ, o a decir Lérida por Lleida, por temor a que nos llamen fascistas, que esta es otra,  nos estamos comiendo un marco ajeno con patatas mientras el pensamiento dominante refuerza su posición de modo artero pero legítimo.

Hacen falta herramientas para ayudar a la gente a pensar de otra manera, pero a la que vive en Cataluña, no a la que vive en Pozuelo

El proyecto secesionista baja y sube de intensidad, pero no cesa: DNI propio, actividad parlamentaria, consignas en medios, congresos “España contra Cataluña”... siempre hay algo en la cocina a punto de ser emplatado para la prensa. Tal vez sea el momento en que “Madrid” deba enfrentar la conllevanza recíproca a sus próximas décadas de evolución. 

El tiempo  necesario para que un marco creado en el laboratorio de una fundación cale en la ciudadanía puede demorarse años. Ocurre que el mayor think tank de la derecha española, FAES  está dirigido por Aznar, un hombre especialmente poco dotado para crear empatía con el nacionalismo, aunque no tratara tan mal al PNV ni a CiU si se revisan los recuerdos de Vidal-Quadras, de Arzallus o del propio Pujol.  Seamos serios, la utilidad de esa fundación no puede ser la de acuñar titulares para nutrir los argumentarios de las tertulias de Telemadrid,  actuando como “fábrica de independentistas”, otra acertada expresión del nacionalismo moderado.

Tampoco la de elaborar informes sobre lo mal que le iría Cataluña si quiere irse de España, porque la credibilidad de la que disfruta FAES entre quienes ya tienen un pie fuera es perfectamente descriptible. Hacen falta herramientas para ayudar a la gente a pensar de otra manera, pero a la que vive en Cataluña, no a la que vive en Pozuelo. Hace tiempo que es urgente la acuñación de nuevos conceptos que nos permitan pensar sin el sesgo introducido por el adversario y que enmarquen un pensamiento oxigenado y plural.

Si esta fuera la  preocupación del Gobierno, el ministro de Exteriores dejaría de valorar tan juiciosamente las provocaciones de quien, mientras no sea estado independiente, no debiera tenerle como interlocutor. Marcos, marcos que nos liberen de un discurso maniqueo y victimista que inconscientemente contribuimos a engrandecer. Si no es a FAES, señor presidente, encárgueselo ya a quien sepa construirlos.

Ángulo Inverso
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