Migrando del Gordo a la Grossa

La voluntad de una casta política de construir estructuras de Estado en nombre del pueblo es una lógica consecuencia del ejercicio del derecho inalienable (y quizá divino,

La voluntad de una casta política de construir estructuras de Estado en nombre del pueblo es una lógica consecuencia del ejercicio del derecho inalienable (y quizá divino, pues no aparece en el ordenamiento jurídico) de autodeterminación. Las estructuras propias resultan muy convenientes, pues de su mano pueden alcanzarse cotas de transformación social asombrosas. Aspirar a sustituir la lotería del Gordo del día 22 de diciembre por la Grossa (la gorda) del final de ese mes es una de ellas. Como sucede con la reivindicación de Hacienda propia, no se trata de que Cataluña, la región económica  que soporta más esfuerzo fiscal de Europa (concepto que tiene en cuenta el nivel de renta al que se aplican los diferentes impuestos) pague menos, sino en que cambie el receptor de los mismos.

Entre estructura y estructura, en Cataluña viviremos hasta el 9 de noviembre una coyuntura alborotada, que es la antesala electoral más propicia. Aun así, el fenómeno de rebeldía institucional de la administración catalana, incumpliendo repetidamente leyes y directrices fiscales, arruinada y sin acceso al crédito, es inédito y difícil de explicar. Máxime cuando la élite dirigente acumula escándalos financieros y algunas contingencias de naturaleza penal. Que todo ello no le impida salpimentar recurrentemente cada telediario con provocaciones y deslealtades es realmente audaz.

En las últimas semanas  y solo como calentamiento del  long-awaited  ‘Artur Mas World Tour  2014’ para celebrar el tercer centenario de la derrota austriacista, el president se ha prodigado en performances grotescas: celebrar Halloween con retraso encaramado a la tumba de Macià para exigir  el consabido “truco o trato”, o sea: golosinas a cambio de no hacer más travesuras, llamar a los españoles caseros hostiles o ridiculizar al Gobierno (es cierto que menos que al de la Generalitat y a él mismo) dirigiendo a las principales cancillerías europeas una penosa carta en inglés plagada de errores.

Las acciones de Mas van dirigidas sólo a mantener vivo el ‘proceso’, provocando a Madrid y dando por garantizada la ausencia de crítica local

No importa que las acciones de Mas sean tan chapuceras  como la formulación de la doble pregunta por la que desafía al Estado, que condenaría a los partidarios de un Estado independiente a recibir mucho menos del 40% de los votos. No importa, porque las acciones van dirigidas sólo a mantener vivo el proceso, provocando a Madrid y dando por garantizada la ausencia de crítica local. Al menos en público. Su prensa, como la iglesia precalvinista, se arroga la intermediación exclusiva de los mensajes divinos, no fuera a ser que los feligreses las interpretaran directamente y sacaran conclusiones. La prensa. ¡Qué estupenda estructura de estado! Miren si no este extracto de editorial de La Vanguardia, que ha renovado dirección y línea editorial, sin renunciar a su lacerante espíritu crítico:

“…Tiempo, serenidad y contención en el lenguaje. En este sentido es de agradecer el tono de los últimos discursos y declaraciones de Artur Mas y Mariano Rajoy. Un uso correcto e inteligente del lenguaje es la primera piedra de todo posible acuerdo”.

Se ignora si la alabada contención inteligente del Sr. Mas apunta al Christmas navideño con imágenes bélicas, a las soflamas en el cementerio, a los insultos a quien reclama como interlocutor para dialogar, a las referencias crecientes a bayonetas, fusiles y guerras civiles o a las torpes interferencias en la política exterior española. Cualquiera vale para saludar el arriesgado viraje en pro del diálogo de tan respetable medio. 

Con el nivel exhibido en la ejecución de la estrategia política, la partida duraría muy poco si además de la musculatura del Estado los partidos constitucionalistas  pudieran demostrar su superioridad moral. Pero no pueden.

Tampoco son moralmente superiores a la clase dirigente de CiU las élites que han gobernado España o comunidades autónomas como Andalucía, Valencia o Baleares

El nacionalismo español que representan los grandes partidos nacionales no es moralmente superior al catalán más allá de la estricta defensa del orden constitucional sobre la ilegalidad. Tampoco son moralmente superiores a la clase dirigente de CiU las élites que han gobernado España o comunidades autónomas como Andalucía, Valencia o Baleares; ni el caso Palau es más grave que la trama Gürtel ni las cuentas suizas de la cúpula de CiU más bochornosas que las asociadas a dirigentes del PP, ni los escándalos financieros de la Generalitat más condenables que los ERE andaluces o los maletines sindicales, pagados en parte -sí- con dinero salido de Cataluña.

Lamentablemente, no es un invento del nacionalismo catalán crear estructuras de Estado al servicio del poder y no de los ciudadanos. Que el Consejo de garantías estatutarias de la Generalitat avale la legalidad de la partida presupuestaria destinada a una consulta ilegal no resulta más patético que el papel del fiscal general haciendo de abogado defensor de ilustres personalidades del régimen con problemas judiciales. ¿Con qué argumento moral puede combatir la creación de embajadas, comisiones y comités consultivos al servicio del poder quien se reparte la influencia en beneficio propio de tribunales constitucionales, consejos generales del poder judicial, televisiones u organismos para velar por la competencia?

El Partido Popular recibirá el certificado de buena conducta de la Iglesia por su complaciente tratamiento del aborto, pero  en la Europa del S.XXI las fuentes de la  legitimidad moral sólo se encuentran en la práctica de una ética aconfesional y transversal a la acción política.

Si sirve como símil de estructura nacional, la ordinariez de la Gorda catalana no es mejor ni peor que el  friki Gordo español abanderado por Raphael et alia. Es sólo una copia pequeñita. Que sean sospechosamente parecidos tal vez debiera hacernos reflexionar. Porque la lotería, como el ejercicio del poder político en poliarquías donde las élites se pelean por gobernar al pueblo, se asienta sobre la loable premisa de  recaudar impuestos sin que los ciudadanos perdamos, al menos del todo, la ilusión.

Ángulo Inverso
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