El festival del odio

La España trumpista y la España bolivariana se odian y se necesitan a partes iguales, porque no se puede odiar en vacío. La grotesca moción de censura de Vox ha expandido el desprecio mutuo

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, y el portavoz, Iván Espinosa de los Monteros. (EFE)
El líder de Vox, Santiago Abascal, y el portavoz, Iván Espinosa de los Monteros. (EFE)
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España es un país que no siempre a lo largo de los últimos dos o tres siglos ha demostrado su destreza en el manejo de los grandes asuntos. De hecho, ha llegado tarde a las revoluciones industriales, se ha obstinado en apostar por las mejores vías para favorecer la pérdida de empleo, ha impulsado todo aquello que nos divide y ha alisado el camino para el enfrentamiento entre sus ciudadanos. Aquellos españoles que odian —que por fortuna no son todos, pero por desgracia sí son demasiados— reservan su odio para concentrarlo en otros españoles. De ahí que este sea un país más predispuesto a las guerras civiles y a los golpes de Estado que a unirse frente a enemigos externos. No es algo nuevo. Es cierto que tampoco ha sido algo permanente, pero sí muy habitual.

En tiempos recientes, España ha evolucionado desde la crispación hacia el odio. O, para ser precisos, pasó del odio al reencuentro de la Transición; del reencuentro de la Transición, a la crispación, y el río de la crispación nos ha llevado a desembocar, de nuevo, en un mar de odio.

La España trumpista y la España bolivariana se odian y se necesitan a partes iguales, porque no se puede odiar en vacío. Hay que odiar a alguien. Y el debate de la grotesca moción de censura presentada por Vox ha facilitado que tanto desprecio mutuo se haya expandido más allá de los límites en los que pudiera estar perimetrado. La duda es si continuará su expansión, o si la tirantez habrá servido de vacuna o, al menos, como freno a lo que empezó a gestarse cuando determinados grupos sociales y políticos decidieron romper el pacto constitucional que pretendía dar a todos los españoles una nueva oportunidad de vivir juntos.

La efervescencia en la tensión política generada por los independentistas y por la extrema izquierda provocó la reacción de la extrema derecha

Esta semana se han cumplido nueve años del día en el que ETA anunció el fin definitivo de su actividad terrorista. Fue un momento de júbilo y esperanza nacional, en el que parecía abrirse paso un nuevo periodo de paz que pudiera derivar en una fase de prosperidad. Pero España sufría entonces una devastadora crisis económica que, unida a la insufrible e inacabable tanda de casos de corrupción, hizo florecer el movimiento del 15-M. Y poco después, en Cataluña, el presidente Artur Mas giraba bruscamente desde el nacionalismo cooperativo hacia el independentismo irredento. En ese mismo rumbo de colisión, la extrema izquierda que, salvo la irrelevante excepción de Izquierda Unida, se refugiaba en el PSOE ganó vida propia a través de Podemos. Y esa efervescencia en la tensión política generada por los independentistas y por la extrema izquierda provocó la reacción de la extrema derecha, que hasta entonces se resguardaba silente bajo el paraguas del PP. Así surgió Vox siguiendo el rastro antisistema, extravagante y bufonesco de Donald Trump.

Durante cuatro décadas, un bipartidismo imperfecto mantuvo bajo cierto control el extremismo que permanecía latente y adormecido en las entrañas del país desde la Transición. En 2015, la irrupción de Podemos y de Ciudadanos aportó pluralidad a la política española. Pero también añadió confusión y una inestabilidad que continúa: cuatro elecciones y tres mociones de censura en cuatro años. Después, Ciudadanos se diluyó, Podemos fue aupado hasta el gobierno por el PSOE, y Vox alcanzó los suficientes votos y escaños como para ser relevante en el Congreso, y condicionar varios gobiernos municipales y autonómicos.

Vox ha seguido los pasos de Podemos. Santiago Abascal ha presentado ahora una moción de censura contra Pedro Sánchez —que, en realidad, era contra Pablo Casado—, igual que lo hizo Pablo Iglesias en 2017 contra Mariano Rajoy —que, en realidad, fue contra Pedro Sánchez—. Ambas fracasaron. Hoy, Podemos está en el poder, pero no como consecuencia de aquella moción. De hecho, Podemos no ha dejado de perder votos en cada elección a la que se ha presentado desde entonces, y nadie recordaba su moción de censura dos semanas después de celebrarse. ¿Recordará alguien la moción de Vox dentro de dos semanas? Si se recuerda, no será por el éxito de Abascal, sino por haber sido la ocasión elegida por Pablo Casado para ser él mismo. El tiempo dirá con qué resultados prácticos.

Entretanto, el radicalismo político nos tiene rodeados desde que los españoles decidimos trocear el espectro político. Las opciones más inflamadas han sabido reunir los apoyos suficientes para ocupar un lugar destacado en buena parte de las instituciones, y ahora tienen la capacidad de arrastrar hacia los extremos a los partidos que pretendían ser moderados, porque el moderantismo ha perdido preponderancia. La moderación se considera una debilidad.

Como ejemplo, queda para la posteridad el diario de sesiones: solo en los plenos parlamentarios de la pasada semana, las palabras odio y odiar se pronunciaron más de cien veces desde la tribuna de oradores. Esos términos resonaron en el hemiciclo a un ritmo aproximado de seis menciones en cada una de las horas que duró la moción de censura. Por algo será.

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