¿España ama las coaliciones?

Podemos ha alcanzado conciencia de su impotencia y pretende movilizar a sus bases, en un ejercicio de circo: estar a la vez en el Gobierno y en la calle contra el Gobierno

Foto: Pablo Iglesias (d) felicita a Pedro Sánchez. (EFE, Juan Carlos Hidalgo)
Pablo Iglesias (d) felicita a Pedro Sánchez. (EFE, Juan Carlos Hidalgo)
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“Las coaliciones, aunque sean exitosas, siempre se han encontrado con esto: que su triunfo ha sido breve. Inglaterra no ama las coaliciones”. El autor de la frase fue Benjamin Disraeli, dos veces primer ministro británico en 1868 y, después en 1874. Resulta evidente que no era un entusiasta de los pactos entre partidos para gobernar conjuntamente. Prefería la aparente coherencia política que podía aportar un gabinete monocolor. Esta cita fue recuperada siglo y medio después, en el primer aniversario del Gobierno de coalición formado en el Reino Unido por el primer ministro conservador David Cameron y el viceprimer ministro liberal demócrata Nick Clegg. Los sondeos realizados justo antes de las elecciones de 2010 mostraban que el 55% de los británicos consideraba que las coaliciones eran una mala idea. Eso no evitó que Cameron y Clegg se coaligaran. Después de un año de gestión, el desacuerdo de los ciudadanos con las coaliciones había aumentado hasta el 63%.

El segundo efecto de la coalición fue la semidesaparición de los liberales demócratas en las siguientes elecciones (pasaron de 57 escaños a 8), ganadas por Cameron con amplia mayoría, aunque después el primer ministro decidió autodestruirse con el referéndum del Brexit que perdió. Tuvo que dimitir.

Esta semana, el CIS ha publicado su último sondeo antes de que dentro de unos días el Gobierno de coalición PSOE-Podemos cumpla un año. Si dejamos a un lado las dudas más que razonables sobre cómo se condimentan las encuestas del CIS, los resultados que aporta permiten hacer dos paralelismos con lo ocurrido en el Reino Unido diez años atrás: el porcentaje que suman los dos partidos que forman la coalición es el más bajo desde las elecciones de noviembre de 2019 y de esos dos partidos que gobiernan el que peores consecuencias sufre es el más pequeño del pacto.

Ser el facilitador de los presupuestos supone haberse convertido en la pieza que necesitaba Sánchez para consolidar su poder a largo plazo

Podemos ha alcanzado las alturas del poder, ha sabido dominar la escena, ha condicionado y hasta sometido el relato político del Gobierno al completo, ha hecho ruido, ha llevado el discurso y la dialéctica populista de extrema izquierda al Consejo de Ministros, ha obligado al PSOE a asumir esa dialéctica como si fuera algo normal en una democracia liberal de Occidente y ha sido la fuerza determinante para que Pedro Sánchez haya aprobado los primeros presupuestos en sus dos años y medio en el poder al atraer a todo tipo de fuerzas políticas, incluidas aquellas que solían estar extramuros del sistema. Pero ahora Podemos siente el vértigo.

Ser el facilitador de los presupuestos supone, también, haberse convertido en la pieza que necesitaba Sánchez para consolidar su poder a largo plazo. Y con ese volumen de poder instalado en el despacho del presidente, el riesgo para Iglesias es que se pueda reducir el margen de maniobra política que reside en su propio despacho: el del vicepresidente segundo. Pablo Iglesias siempre ha sido consciente de que ese riesgo existía y también estaba preparado para cuando llegara el momento. Ya ha llegado.

El PSOE ha coartado algunas iniciativas populistas de Podemos, y ahora Pablo Iglesias pide que sean otros quienes le ayuden a superar ese obstáculo

Iglesias tiene fortalezas importantes. En los últimos años ha eliminado a cualquiera que aportara ideas propias al partido y eso le convierte en el dueño de Podemos, más que en su secretario general. Pero también hay notables debilidades. Al tratarse de una fuerza política unipersonal (como mucho, unifamiliar), toda su capacidad de respuesta política a la maquinaria de poder que es el PSOE se reduce al propio líder y poco más. El reconocimiento tangencial de esta realidad lo realizó Iglesias en la última reunión de eso que en Podemos llaman Consejo Ciudadano Estatal, cuando confesó “el modesto peso” del partido en el Congreso, realidad elevada a la categoría de humillación pública por la vicepresidenta primera Carmen Calvo cuando definió con desdén a sus coaligados como “la cuarta fuerza política del Parlamento”.

El PSOE ha coartado algunas de las iniciativas populistas que Podemos insistía en poner en marcha en el Consejo de Ministros, y ahora Pablo Iglesias pide que sean otros quienes le ayuden a superar ese obstáculo: "Hoy, como ayer, la presión de los movimientos sociales, de los sindicatos de trabajadores y de inquilinos, de las organizaciones de pensionistas, de las plataformas en defensa de los servicios públicos… es absolutamente fundamental para que se logren avances sociales". Porque, según su criterio, “el conflicto político es el motor de la democracia (…). Toda la vida ha sido así”.

Podemos ha alcanzado conciencia de su impotencia y pretende movilizar a las bases de la extrema izquierda, en un novedoso ejercicio de circo de dos pistas: estar a la vez en el Gobierno y en la calle contra el Gobierno. Ese “cuarto partido de la cámara”, con sus 35 diputados, necesita una nueva recarga de combustible electoral. No la consiguió en el País Vasco, donde se quedó en la mitad de lo que era. No la consiguió en Galicia, donde se convirtió en partido extraparlamentario. Pretende conseguirla en Cataluña, donde los sondeos no avalan esa posibilidad. Y la experiencia de las cuatro elecciones generales desde 2015 no augura expectativas de mejora, porque en cada cita con las urnas ha perdido escaños con respecto a la anterior. Aún está por ver si a los españoles les pasa lo mismo que Disraeli aseguraba de los británicos y cuál de los dos partidos de la coalición se lleva la peor parte.

Antítesis