¡Plas! ¡Patada al hormiguero!
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Vicente Vallés

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¡Plas! ¡Patada al hormiguero!

El pasado domingo, Pedro Sánchez certificó su posesión omnímoda sobre el PSOE. En el congreso del partido conformó una amplísima Ejecutiva y colocó a seis ministros, seis

Foto: Pedro Sánchez. (EFE)
Pedro Sánchez. (EFE)

Se atribuye a la gran líder india Indira Gandhi la definición de política como "el arte de adquirir, mantener y ejercer el poder". Y aseguran James Carville y Paul Begala, asesores del expresidente Bill Clinton, que resulta fundamental ser "más rápido, más listo y más agresivo" que los rivales.

Se podrá discrepar de las decisiones, opiniones, actitudes, medidas y estrategias del presidente del Gobierno, pero son evidentes sus dotes para gestionar el poder. Lo supo adquirir como nadie lo había conseguido: mediante una moción de censura, a pesar de su debilidad parlamentaria. Lo ha sabido mantener llegando a acuerdos que en otro tiempo hubieran resultado quiméricos, por impensables e indeseables. Y lo ejerce con los miramientos justos, siendo más rápido, más listo y más agresivo que sus rivales. Pero pocas cosas tienden a la eternidad.

El pasado domingo, Pedro Sánchez certificó su posesión omnímoda sobre el PSOE. En el congreso del partido conformó una amplísima Ejecutiva (cuanta más gente integra un organismo, más se diluye el poder entre sus miembros y, como consecuencia, más manda el jefe) y colocó a seis ministros, seis. En el viejo PSOE de principios de los 90, un amago de Felipe González de situar a miembros del Gobierno en la Ejecutiva del partido provocó una rebelión de los guerristas, que pretendían ser el contrapeso izquierdista a la política liberal del entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga. Hoy, Sánchez con 120 escaños tiene mucho más poder que aquel González que había conseguido 175, en 1988.

El todopoderoso presidente del Gobierno que salió del congreso del PSOE estaba, de pronto, a la defensiva

Pero cada día tiene su afán. El lunes, henchido de 'potestas' y 'auctoritas', el presidente se atrevió a lanzar el audaz objetivo de reformar la Constitución. Lo hizo apenas unas horas antes de que compareciera el líder de Bildu, Arnaldo Otegi, para leer un papel en el que el entorno de ETA decía reconocer el sufrimiento de las víctimas. Sería la mejor manera de conmemorar el décimo aniversario de aquel día de 2011 en el que la banda anunció su final. El PSOE celebró el evento 'otegiano' con alborozo. Sin embargo, el miércoles se depreciaron esas expectativas, cuando conocimos a través de Antena 3 Noticias y el diario El Correo que Otegi había contado sus verdaderas intenciones en un acto de Bildu. Fue allí donde dijo que "si para que salgan los 200 presos (de ETA) hay que votar los presupuestos, los votaremos". Fue allí donde anunció su voluntad de sostener al Gobierno PSOE-Podemos durante al menos seis años más. Y fue allí donde se vanaglorió de haber recuperado el protagonismo perdido: "¡Hostia!, hemos vuelto a colocarnos en el centro; una vez más, en este pueblo narcotizado hemos vuelto a hacer ¡plas! ¡Patada al hormiguero!".

El todopoderoso presidente del Gobierno que salió del congreso del PSOE estaba, de pronto, a la defensiva. El domingo había tratado de fijar ante la opinión pública un pretendido giro de autodefinición estratégica hacia una especie de socialdemocracia centrista, tratando de redirigir la imagen extremista que provoca su cercanía a Podemos, Esquerra y Bildu. Pero, tres días después, se veía maniatado, otra vez, por esos pactos políticos tan temerarios. En ocasiones, hasta los mejores magos muestran inadvertidamente el truco de su prestidigitación.

Podemos se querelló contra Batet y acusó a la Justicia española de prevaricar, mientras Sánchez trataba de evaporarse

En cuestión de horas se acumularon nuevos eventos incómodos, como el choque entre poderes del Estado, cuando el juez Marchena remitió un escrito a la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, exigiendo saber cuándo se aplicaría la inhabilitación parlamentaria del diputado de Podemos Alberto Rodríguez, a quien el Tribunal Supremo condenó por agredir a un policía, y al que PSOE y Podemos insistían en mantener en su escaño. El despeje de Batet pidiendo aclaraciones a Marchena sirvió de poco. El Tribunal recordó la obviedad de que el Supremo no es una asesoría jurídica y apeló a una intervención inmediata de la Cámara. Rodríguez ya no es diputado, Podemos se querelló contra Batet y acusó a la Justicia española de prevaricar, mientras Sánchez trataba de evaporarse cuando le preguntaron por el asunto, porque era el segundo incendio del día. El anterior ya calcinaba las endebles y muy desmejoradas pilastras de la coalición desde que el sector Podemos del gabinete enfureció al comprobar que la vicepresidenta Nadia Calviño insistía en poner bridas a la derogación de la reforma laboral que la vicepresidenta Yolanda Díaz exige acometer, tal y como figura textualmente en el acuerdo firmado con notable trompetería por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en enero de 2020. Punto 1.3: "derogaremos la reforma laboral". Sin matices. Ahora, vaya usted a Bruselas a explicarlo.

En estos días, el exjefe de Gabinete del presidente, Iván Redondo, insinuó que puede haber adelanto de las elecciones generales a partir de la primavera. Pero no es imprescindible ser un experto en perfumes para notar el cada vez más intenso aroma electoral que desprenden los desencuentros entre los dos socios del Gobierno. Hay semanas que uno no está para nada. ¡Plas! ¡Patada al hormiguero!

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