Sensaciones de confinamiento

En todas las guerras hay líderes. Los que pasan a la Historia. Aquellos a quienes se les reconoce esa impagable contribución: haber fijado el rumbo firme y cierto en la confusión

Foto: El hospital de campaña de Ifema, Madrid. (EFE)
El hospital de campaña de Ifema, Madrid. (EFE)

23 de marzo de 2020. Ayer se cumplieron 10 días desde que iniciáramos nuestro confinamiento familiar, un par de días antes de que el estado de alarma lo decretara de forma obligatoria. Si nos comparamos con Wuhan, ahora llevaríamos una quinta parte del tiempo que ellos han estado confinados en sus casas. Al igual que ellos, desde que la pandemia del coronavirus llegara a España el mes pasado, nuestras vidas comenzaron a girar en el aire, como agitadas a capricho por un carrusel que, colgados de un hilo, nos zarandeara a su antojo.

Los ciudadanos asistimos sorprendidos, temerosos e indignados a una situación nueva y desconcertante, en la que nada nos parece cierto del todo y casi nada, pensamos, es del todo seguro. La pirámide de Maslow comienza a fallarnos desde muy abajo. Nuestro comportamiento y nuestra motivación se alteran cuando lo que está en juego es lo más básico, aunque no dejemos de escuchar que la gravedad física solo afecta al 15% de los afectados y la letalidad a un tercio de ese porcentaje. La gravedad emocional y la gravedad económica ya son otro cantar.

Los infectados crecen a un ritmo endiablado y se acercan a 30.000, con más de 1.500 fallecidos. Descansen en paz, en toda la paz que a buen seguro les ha faltado en sus últimos días. La mayoría se marcha de este mundo como a nadie le gustaría, sin haber sentido de cerca el calor de los suyos en los últimos momentos, aislados en su desgracia. Las familias de los difuntos gestionan el duro trance en completa soledad, como me contaba el hermano de uno de ellos, buen amigo. Nada de cálidas y tumultuosas condolencias, nada de abrazos de consuelo ni de lágrimas compartidas. Simplemente, rezo callado, ostracismo tras la desgracia como mecanismo protector, no queda otra.

Lo peor parece no haber llegado aún, dicen las autoridades sanitarias, aunque debería estar próximo. Quizás esta semana la cosa mejore y la dichosa curva comience a descender. La estadística siempre me pareció un tostón, la verdad. Pero ahora estamos recibiendo un cursillo acelerado. Tablas y gráficos, tendencias y proyecciones, curvas que suben y bajan, proporción entre infectados y fallecidos, número de curados... Observamos atónitos los gráficos de evolución de contagiados en los diferentes países como quien comprueba los resultados de una competición internacional. Comparamos cifras, sacamos nuestras propias conclusiones y juicios de valor, casi todos ellos infundados, probablemente.

Un poco más arriba en la pirámide de Maslow, la economía comienza a dar muestras de saltar por los aires. Las previsiones más sombrías son superadas cada día por nuevas estimaciones, unas más fiables, otras más agoreras, todas preocupantes. En el mejor de los casos, pensamos en un año de tan solo 10 meses, quizá de nueve. Y, en el fondo de nuestro corazón, rogamos por que solo quede en eso, en un tremendo socavón en el camino de nuestra prosperidad, que habrá que franquear para continuar acelerando, con más fuerza que antes, si es posible.

O no, o quizá ya nunca nada vuelva a ser como antes. Estar tan cerca del abismo nos hace más conscientes de nuestra pequeñez y vulnerabilidad. Basta un virus microscópico para echar por tierra millones de planes. Para recordarnos que la vida es lo que sucede realmente mientras hacemos esos planes, como dijo Lennon. A lo mejor hay que cambiar algunas reglas del juego. A lo mejor hay que relativizar de una vez lo que significa el tiempo, el progreso, la plenitud y la felicidad. Cuando salgamos de esta, seremos más conscientes de que la siguiente amenaza puede estar a la vuelta de la esquina. La necesidad de aspirar permanentemente a un bienestar material cada vez mayor y más sofisticado choca de repente con este golpe del destino, que nos pone realmente en nuestro sitio; vivir es respirar, aunque ya casi no nos acordábamos. Como me decían ayer mismo dos amigos afectados, “no te preocupes, respiro bien”.

En todas las guerras hay héroes, y la que libramos contra el virus no va a ser una excepción. Nos gustaría poder ver a nuestro enemigo, poder tocarlo, defendernos de sus ataques y atacarlo con nuestras armas tangibles. Pero nuestra guerra es contra un enemigo invisible, sutil y silencioso, que se infiltra en nuestro cuerpo como el caballo de Troya, para intentar destruirlo desde dentro. Por eso los héroes son todavía más admirables. Llevan batas verdes, blancas o azules y están en hospitales, clínicas o centros de Salud. Hay que estar hecho de una pasta especial para hacer del cuidado de los demás tu vocación, incluso tu razón de existir.

Hay que estar hecho de una pasta especial para hacer del cuidado de los demás tu vocación, incluso tu razón de existir

Las lecciones que escuchamos cada día sobre nuestra comunidad de profesionales sanitarios son estremecedoras. Su entrega, su renuncia, su riesgo asumido y enorme esfuerzo, su angustiosa escasez de medios superada cada día. Cuántas UCI quedarán mañana disponibles, cuántos respiradores y para quiénes. Hoteles o pabellones de ferias reconvertidos en hospitales improvisados. Generosidad espontánea de empresas y personas, públicas o anónimas, da igual. Policías, transportistas, limpiadoras, tenderos de alimentación, militares, farmacias, solidaridad de vecinos, ayudas inesperadas. La condición humana aflora en las situaciones límite y emociona. Nada hay más gratificante que la sensación de haber ayudado.

Y además de los héroes, en todas las guerras hay líderes. Son los que pasan a la Historia, aquellos a quienes se les reconoce esa impagable contribución, la de habernos defendido, haber fijado el rumbo firme y cierto ante la confusión, haber tomado las decisiones más difíciles para el bien común, habernos inspirado con sus conductas y su ejemplo, habernos hecho sentir orgullosos de seguirles.

Si tengo que elegir, de momento, nuestros verdaderos líderes en esta batalla se cuentan, sobre todo, por miles. Me quedo con el liderazgo espontáneo de individuos anónimos, de quienes nos impresionan con sus gestos de generosidad y de sacrificio. Liderazgo solidario de tantas personas que dan un paso al frente para hacer más llevadera la carga a los demás. Líderes cotidianos entre la gente corriente, que cargan sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de ayudar al prójimo. Líderes callados, de entrega infinita y obras desinteresadas, que simbolizan lo mejor de nuestra especie y merecen gratitud eterna.

  

Apuntes de liderazgo
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