El peor favor que hacemos a quien falla estando arriba es no decírselo, como en la fábula del rey desnudo. El silencio o las mentiras para proteger al líder solo empeoran las cosas
Una de las situaciones más delicadas para cualquier tipo de organización se produce cuando el líderdesbarra. No me refiero a pequeños errores, que se toleran y se corrigen, sino a disparates sonados que alarmana quienes le rodean. Peor aún es cuando persevera en el error y lo argumenta con razones incomprensibles para la mayoría, a veces guiado por motivos inconfesables o agendas ocultas. Algunos ejemplos de errores colosales de funestas consecuencias cometidos por políticos están siendo comentados estos días por expertos y analistas. Más allá del entorno político, mi reflexión se orienta al mundo de las organizaciones en general, de cualquier naturaleza.
Cuando un líder desbarra, sobre todo de forma persistente, la sensación que genera en su equipo es de confusión e incomodidad. Si se trata, además, de decisiones estratégicas de alto impacto, ya sean de naturaleza económica, social u organizativa, la cosa es aún peor. Empeñarse en comprar determinada empresa, entrar en un nuevo negocio, hacer una gran alianza o nombrar a un determinado alto responsable son decisiones que pueden producir un amplísimo rechazo.
El problema viene cuando ese rechazo no se hace explícito para no contrariar al jefe que la sostiene. Hay un consenso generalizado entre los colaboradores en lo erróneo de la decisión, pero nadie quiere poner el cascabel al gato, sobre todo si el gato tiene bastante poder, ideas fijas, gran fortaleza y apoyo mayoritario (o incluso tiene la propiedad, como pasa en las empresas familiares o que tienen al frente a su fundador).
Pues bien, precisamente poner el cascabel al gato es lo que debería esperarse de quienes rodean al líder. Es verdad que hay líderes que prefieren rodearse de palmeros bizcochables -como decía mi amigo Luis-. Son casos extremos, cerriles, que llevan mal las opiniones disidentes en temas importantes -aunque sean por su bien-. Quienes disienten, por bien que lo argumenten, corren el riesgo de caer en el ostracismo, en la desgracia o incluso de salir catapultados al espacio exterior. Seguro que les suenan algunos casos, o incluso los han vivido de cerca, en los que los lanzamientos se justifican y camuflan bajo el socorrido recurso de la "pérdida de confianza".
Sin ir a los extremos, la responsabilidad de quien está al lado del líder debería llevarle, lo primero, a confrontarlo con la realidad, a analizar y valorar la posible decisión antes de adoptarla y, sobre todo, las negativas consecuencias que han sido obviadas o infra estimadas. El peor favor que hacemos a quien falla estando arriba es no decírselo, como en la fábula del rey desnudo. El silencio o las mentiras para proteger al líder solo hacen empeorar las cosas. Se puede -y se debe- disentir de una mala decisión, respetuosa pero asertivamente, sin que ello suponga cuestionar la mayor, o sea, el liderazgo o la autoridad. Alguien me dijo hace años "cuando en una organización dos personas están siempre de acuerdo en todo, una de las dos está de más".
Si el error ya se ha producido, lo que toca es animarle a reconocerlo y a corregirlo, en lugar de subirse al carro de la sinrazón y empecinarse en sostenella y no enmendalla, por orgullo o lealtad mal entendida. El prestigio se resiente tanto de quien desbarra como de quienes le rodean y no hacen nada por evitarlo. O incluso se convierten en partícipes activistas del dislate por una absurda solidaridad, por no meterse en problemas o por mostrarse como un estómago agradecido.
Por otro lado, el equipo, el proyecto o la organización son mucho más importantes que la persona que la dirige, por mucho poder que tenga y mucha ostentación que exhiba al demostrarlo. Asociar el éxito del proyecto en su conjunto al de la figura de su líder, identificarlo con su persona, es un error garrafal que lleva en último término a justificar lo injustificable. Crear cortafuegos adecuados cuando la deriva del líder toma un rumbo suicida es misión de quienes le rodean, con el fin de proteger de la onda expansiva al conjunto de la organización.
La verdadera lealtad no significa sumisión. Y, al final, cuando la sangre llega al río y no queda más remedio, lo que urge es poner todo el esfuerzo en conseguir la sucesión. Si no es posible sustituirle, después de haber intentado corregir el desvarío, si el líder persevera en cavar su propia tumba, lo mejor es no acompañarle a meterse dentro de ella y salir corriendo cuanto antes. Mantenerse a su lado significará compartir el desprestigio y ser reconocidos ante el devenir de los acontecimientos como cómplices pusilánimes de un desatino.
Una de las situaciones más delicadas para cualquier tipo de organización se produce cuando el líderdesbarra. No me refiero a pequeños errores, que se toleran y se corrigen, sino a disparates sonados que alarmana quienes le rodean. Peor aún es cuando persevera en el error y lo argumenta con razones incomprensibles para la mayoría, a veces guiado por motivos inconfesables o agendas ocultas. Algunos ejemplos de errores colosales de funestas consecuencias cometidos por políticos están siendo comentados estos días por expertos y analistas. Más allá del entorno político, mi reflexión se orienta al mundo de las organizaciones en general, de cualquier naturaleza.