Alex tenía razón: internet conquistó el audiovisual

Internet era percibido en 2011 en el mundo del cine como una amenaza. Un enemigo acechando a las puertas de la ciudad

Foto: Una antigua televisión, convertida en acuario. (Foto: Unsplasj)
Una antigua televisión, convertida en acuario. (Foto: Unsplasj)

El Teatro Real nunca había acogido un evento similar. El 13 de febrero de 2011 la Gala de los XXV Premios Goya se celebraba por vez primera entre los terciopelos y los estucos dorados del templo lírico de la capital. Y ahí, desde ese escenario, el entonces Presidente de la Academia de Cine lanzó uno de los discursos más memorables de toda la historia de esa entidad: “¡Internet no es el futuro, como algunos creen!”. “¡Internet es el presente! Quiero decir claramente que no tenemos miedo a internet, porque internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine!”.

Esas palabras de Alex de la Iglesia levantaron ampollas. Escandalizaron a muchos de sus colegas y amigos, especialmente entre productores y distribuidores. A los oídos de muchos sonó algo así como si el presidente del sindicato de taxistas cantara las virtudes de Uber en el día de la patrona del gremio. Claro, no sentó bien. Internet era percibido en 2011 en el mundo del cine como una amenaza. Un enemigo acechando a las puertas de la ciudad. Y si había que morir peleando contra el monstruo, que así fuera: con dignidad. Pero ¿rendirse? ¡Jamás!

Han pasado menos de diez años, y cuantos paseamos estos días por las calles de San Sebastián disfrutando de uno de los mejores festivales cine de Europa lo hacemos frente a enormes vallas anunciando películas de Netflix. Y mucho más importante, una buena parte de los profesionales que acuden al certamen, creadores, directores, guionistas y productores, deben su supervivencia profesional y el pan de sus hijos a contratos con plataformas online. Sí, Alex tenía toda la razón: internet, entendido como todo ese mundo alternativo de producción, distribución y consumo audiovisual en 'streaming' hacia toda clase de pantallas, ha sido la salvación de la industria española.

La profecía era correcta, aunque no cabe duda de que el cambio de modelo de negocio en el audiovisual genera aún toda clase de incertidumbres, y nadie sabe con certeza adónde vamos. Hay espacio para pesimistas y nostálgicos: uno tras otro se van cerrando los cines tal como los hemos conocido, y cada sala que desaparece -esta misma semana ha caído el histórico cine Alameda de Sevilla- se percibe entre cinéfilos como una nueva confirmación de la inminente extinción de una especie. No he echado cuentas, pero intuyo que pronto habrá en España más ermitas románicas o monasterios que salas de cine.

El director Alex de la Iglesia. (EFE)
El director Alex de la Iglesia. (EFE)

Pero los optimistas también tienen sus razones: el cine por vía digital llega a centros culturales rurales y de ciudades pequeñas que nunca soñaron en ver una película “de estreno” ni en una copia de primera calidad. Y sigue habiendo quien cree que lo de compartir la gran pantalla merece una buena inversión. Nuevos cambios tecnológicos van en esa dirección nuevas experiencias de imagen y sonido que deberían sacar al público de sus casas y sillones. Por ejemplo, es probable que en pocos años desaparezca el concepto mismo de “proyección”: la mejor imagen ya se puede transmitir electrónicamente a miles de leds situados en la pantalla, de tal forma que (aunque técnicamente sea distinto) el público en la sala se reunirá para compartir emociones, aunque sea ante algo muy semejante a un monumental televisor plano de altísima resolución.

También sabemos que la gente consume hoy más producción audiovisual que en ningún otro tiempo pasado. O que en este proceso de cambio no se ha reducido una micra ni el talento ni la calidad de la creación; más bien al contrario. O que el mundo se está haciendo pequeño para la exportación creativa, como saben muy bien todos los admiradores del Profesor y de su grupo de atracadores cantando el Bella Ciao. O que grandes cineastas ya han dado ya el salto y ruedan producciones de calidad y alto presupuesto, aun sabiendo que jamás saldrán de lo que antes se llamaba “pequeña pantalla”.

Para quienes tenemos la deformación de mirar siempre la realidad desde la perspectiva de sus consecuencias sociales y políticas toda esta mutación apasionante no nos interesa solo como espectadores de una transformación empresarial o de hábitos de consumo. Están también en juego cosas como la preservación de una cierta diversidad cultural; la exigencia de un retorno fiscal justo al operador extranjero que recibe nuestras cuotas de pago; la transparencia contractual y la reacción del Estado ante posibles abusos de posición dominante; la necesaria revisión de unos sistemas de apoyo público pensados para un mundo audiovisual que se acaba … La lista es larga. Y en esa lista de consecuencias del nuevo mundo audiovisual que conviene examinar, personalmente me preocupa una a la que no creo que se preste la atención suficiente: ¿qué papel le quedará al servicio público audiovisual en este nuevo contexto?

Como es bien sabido este cambio afecta también de lleno a las formas de consumo de televisión. Apenas deben existir jóvenes -y no tan jóvenes- ya en España ni en toda Europa que enciendan un televisor como hacíamos antes: como quien abre un grifo para recibir el contenido que pueda brotar en cada momento. Para muchos en el presente y para todos en el futuro el consumo audiovisual está y estará en manos de plataformas digitales 'online'. Plataformas privadas. Sin servicio público. Sí, el archivo de RTVE y todo lo que produce se puede descargar. Cierto. También siguen abiertas las bibliotecas municipales. Pero RTVE no juega hoy en la liga digital de los mayores. La BBC lo intenta, con sus propios medios. En Francia el debate está abierto, y es objeto de discusión política y parlamentaria. Pero aquí… si no tenemos cuidado, si no reaccionamos, si nadie hace política seria al respecto, RTVE puede terminar pronto como una versión alternativa de las salas de arte y ensayo.

Atando cabos
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