Chirac: se fue un animal político de una especie en extinción

Con la personalidad necesaria para liderar hacia lo que creía responsable, bueno o conveniente para su país, sin dejarse empujar por estudios de opinión ni por asesores o gurús

Foto: Una persona escribe en el libro de condolencias para el fallecido Jacques Chirac en el Palacio del Elíseo. (Reuters)
Una persona escribe en el libro de condolencias para el fallecido Jacques Chirac en el Palacio del Elíseo. (Reuters)

Estaba todavía muy lejos de la llegada de Twitter a la vida política. Y solo los muy ricos tenían teléfono móvil, sin cámara alguna. Pero ese día de junio de 1991 una cámara de televisión de las de toda la vida filmó a Jacques Chirac (1932-2019), quizá con algún vaso de más, dirigiéndose a los suyos micrófono en mano al final de una cena coloquio. El debate migratorio ya daba y quitaba votos en la Francia de entonces. El político explicaba a su audiencia en tono coloquial cómo debía sentirse —según él— una pareja de trabajadores franceses que tuviera por vecinos a una familia de inmigrantes llegados al país regada por las ayudas sociales. Y entonces, imaginando las incomodidades provocadas en esos franceses de bien por esos supuestos vecinos, soltó esas palabras que le marcarían de por vida: "¡Piensen en ese ruido y ese olor!". El ruido y el olor de la inmigración. Hoy, esa expresión le bruit et l’odeur de aquel Chirac tiene su artículo propio en Wikipedia; sirvió de eje a un disco completo de una banda de rock, y ha sido citado docenas de veces en canciones y en guiones de teatro. Y es seguro que ha vuelto hoy a la cabeza como primer pensamiento de muchos ante el fallecimiento de su autor.

Chirac fue un personaje con tantas sombras como luces a lo largo de sus casi 50 años de vida pública

Quedarse ahí sería deformar la realidad de una vida compleja. Quizá por ello en este final de septiembre se van a contar por millones quienes presencialmente o por televisión, de derechas y de izquierdas, seguirán con emoción, con dolor y en todo caso con inmenso respeto las exequias de quien fue el presidente de la República más votado jamás. Un sentimiento colectivo ante la muerte de quien ocupó el Palacio del Elíseo durante doce intensos años que es algo más complejo que la clásica reacción (que tan bien conocemos en España) de entregar a los políticos muertos lo que se les había denegado en vida.

Chirac fue un personaje con tantas sombras como luces a lo largo de sus casi cincuenta años de vida pública. Y no pretendo borrar el recuerdo de las huellas más oscuras: sus discursos sobre inmigración, sus políticas dañinas en materia social en París, las actuaciones claramente autoritarias de alguno de sus gobiernos, o sus corruptelas como alcalde de Paris para favorecer a su partido que le merecieron una condena de dos años de cárcel… Pero el respeto a la verdad obliga a recordar también decisiones y gestos que exigieron mucho coraje político por su parte, y han quedado ya fijadas como imborrables en la memoria colectiva de Francia y en algunos casos de Europa y del mundo. Luchó con fuerza contra la pena de muerte, votando con la izquierda en 1981 y enfrentándose para ello a la mayoría de su familia política (muchos olvidan que la última ejecución en Francia la firmó en 1977 un presidente que sigue vivo, Valéry Giscard d’Estaing). Fue el primer líder mundial en hablar con fuerza de la crisis climática, en un llamativo discurso durante la Cumbre de la Tierra en 2002. Y muchas de las grandes transformaciones sociales en materias como las parejas de hecho o la protección laboral de las personas LGTB se desarrollaron bajo su mandato.

Quienes estuvimos en la primera fila de aquel "¡No a la guerra!" recordamos muy bien hasta qué punto este hombre y su entonces Ministro de Exteriores nos ofrecieron a muchos un ideal de dignidad por el que merecía la pena pelear; y cómo fue esa postura firme y valiente de la Francia de Chirac la que más alas dio a la revuelta social en España contra aquella guerra demencial. Imborrable es también, ya en clave más francesa, que él fuera el primer presidente con el valor de reconocer que una parte del Estado francés, y con ese Estado una parte de la misma Francia, a la que él como presidente representaba, había tenido una complicidad activa en el Holocausto.

No fue nunca Chirac un europeísta de corazón, como sí lo fueron Mitterrand o Kohl, o entre nosotros Felipe González. El suyo fue siempre un europeísmo de la razón: aunque al inicio de su carrera defendió posiciones que hoy llamaríamos euroescépticas, pronto racionalizó las bondades que ofrecía la integración en Europa. Y siempre que le correspondió supo estar del lado del reforzamiento de las instituciones comunitarias, sin dejar de intentar proteger los intereses de Francia, en especial en materia de ayudas a la agricultura. Desgraciadamente, su falta de entusiasmo y la pobreza de su europeísmo emocional contribuyeron directamente a aquel estrepitoso grito del "¡NO!" con el que en mayo de 2005 sus paisanos mataron en referéndum a la Constitución Europea y tantos sueños que la acompañaban.

Era un animal político de inmensa ambición, con la personalidad necesaria para liderar hacia lo que creía responsable, bueno o conveniente para su país, sin dejarse empujar por estudios de opinión ni por asesores o gurús. Y combinó esa pasión política ejercida a veces sin escrúpulos con el mayor amor a la cultura y a las artes: aunque disfrutaba haciéndose pasar por un tipo simplón, más cercano a sus votantes rurales que a las élites de París, era realmente un gran humanista, con esa sólida preparación intelectual y sólido bagaje que solo se obtiene tras años de lecturas bien digeridas y muchas horas de contemplación del arte y del patrimonio cultural. Su pasión por la historia antigua y por la evolución de la escritura le habían llevado incluso a estudiar sánscrito. Y, con esa 'grandeur' algo monárquica tan propia de los presidentes franceses, impulsó con autoridad personal, con ilusión y con conocimiento de experto ese maravilloso museo antropológico de las civilizaciones no europeas que hoy visitan millones de turistas en el Quai Branly de Paris.

Con Chirac desparece uno de los últimos ejemplares de una especie política en progresiva extinción, en Europa y en todo el mundo democrático.

Atando cabos
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