Pactos: el lobo, la cabra y la col

En este momento concreto de nuestra historia política, ese escenario de "Gobierno constitucionalista" causaría un grave y quizá irreversible daño al sistema político

Foto: Foto: El Herrero
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Hacia mediados del siglo VIII un monje benedictino, conocido como Alcuino de York, escribió una serie de problemas matemáticos "para agudizar la mente de los jóvenes". Esas 'Propositiones ad acuendos juvenes' incluyen un problema que en forma de cuento ha sobrevivido a los siglos, en diversas versiones. Plantea Alcuino que en cierta ocasión un pastor debía transportar un lobo, una cabra y una col, en un viaje para el que debía cruzar un río. Quien le podía prestar una barca le impuso una condición: solo podría transportar en cada cruce a uno de los tres: el lobo, la cabra o la col. Pero hacer viajes sucesivos suponía dejar a solas en una u otra orilla al lobo que se comería la cabra, o a la cabra que haría lo propio con la col.

Si en su juventud no les resolvieron el problema, tampoco lo haré yo ahora. Pero el hecho es que a mí me viene a la cabeza esta imagen de forma recurrente cada vez que pienso en las opciones de pactos que pueden permitir una mayoría de investidura tras el 10-N.

En muchos medios se ha publicado estos días un simulador de votaciones. Vaya Ud. asignando síes, noes y abstenciones a cada grupo político en ese cuadro de colorines, y así verá Ud. cuántas opciones aritméticas existen para elegir a un presidente y —da miedo hasta escribirlo— evitar así la convocatoria de otras elecciones. El ejercicio es divertido, pero sus resultados no dicen la verdad. Como el lobo con la cabra, o la cabra con la col, hay combinaciones que, aunque aparentemente, matemáticamente, sean posibles, en realidad no son opciones políticas viables.

Solo podría transportar en cada cruce a uno de los tres: el lobo, la cabra o la col. (Unsplash)
Solo podría transportar en cada cruce a uno de los tres: el lobo, la cabra o la col. (Unsplash)

Lo primero que es falso o erróneo en ese juego sumatorio es pensar que aquí se trata de superar la primera o la segunda vuelta de la investidura. Error equivalente al de los novios que piensen que casarse se reduce a escoger el menú de la boda, el color del vestido o la mejor 'playlist' para la fiesta. Cierto, una mayoría parlamentaria y un Gobierno no aspiran a la estabilidad media de un matrimonio, pero sí deben poder pasar de la noche de bodas. Y por eso no todos los pactos son posibles.

Estaremos todos de acuerdo (al menos, todos los demócratas) en que el próximo Gobierno deber estar presidido por Pedro Sánchez y apoyarse, como primer componente de la mayoría, en el Partido Socialista. Y por el momento el Partido Socialista ha decidido que el segundo integrante de esa mayoría, con derechos y deberes políticos en forma de coalición de gobierno, ha de ser Unidas Podemos. Quien a su vez se niega dar sus votos al candidato Sánchez sin ese acuerdo. Y por eso, siendo realistas, o hay investidura de ese Gobierno de coalición, o vamos a elecciones. Creo que no hay más.

A diferencia de lo que ocurría con Ciudadanos en la difunta legislatura anterior, el PSOE no tiene otro socio posible al que ofrecer un pacto de coalición de condiciones semejantes o simétricas, con capacidad de proyectar una acción política y legislativa conjunta durante dos, tres o cuatro años. No existe tal opción alternativa. No existe porque, aunque la aritmética lo permita, una súper coalición de gobierno de populares y socialistas es políticamente inverosímil. Ese escenario es casi metafísicamente incompatible con la realidad de los pactos que sostienen los gobiernos de Andalucía y Madrid, que ni el socialista más centrado podría aceptar, ni el PP va a abandonar. Ese escenario dejaría en la oposición frontal al Gobierno a una "coalición negativa" de la derecha extrema, todos los partidos nacionalistas e independentistas, y por supuesto a la izquierda más radical que, debilitada pero todavía muy importante, representa Pablo Iglesias y los suyos. Y con ellos, a millones de votantes de toda España que sabrían que el Gobierno, ese supuesto Gobierno PP-PSOE, no se basaría en coincidencias para hacer nada juntos, sino tan solo en el rechazo supuestamente "constitucional" a todo cuanto ellas y ellos defienden.

En otras palabras: en este momento concreto de nuestra historia política, ese escenario de "Gobierno constitucionalista" nacido de un pacto formal entre el PP y el PSOE causaría un grave y quizá irreversible daño al sistema político y a la Constitución de 1978, que habría quedado definitivamente desautorizada ante muchos millones de españoles.

Y viceversa: creo que en este tiempo políticamente complejo que vivimos, con los datos electorales en la mano, pocas cosas pueden reforzar y regenerar más el Pacto Constitucional que dar entrada al Consejo de Ministros a quienes se proclaman herederos de la primera revuelta callejera contra la Transición. Y lo creo, entre otras cosas, porque conozco la Constitución y confío en las estructuras del Estado creadas para defenderla. Y por eso sé que cualquier reforma económica o social que se intente (y algunas son urgentes y necesarias) no podrá basarse en impuestos confiscatorios, ni cuestionar la libertad de empresa, o a la propiedad privada, o la igualdad, o el propio equilibrio presupuestario. No: aunque discrepe poco o mucho de algunas reformas que vayan a intentar, no temo una revolución a la vista; y esas sirenas de alarma que atruenan desde ciertos rincones del 'establishment' (que por cierto nadie comparte desde Europa) me parecen poco democráticas y falsamente exageradas.

De todos modos, sabemos que ese pacto de gobierno, aun siendo el único posible en la actual coyuntura, no es suficiente para salir del 'impasse'. Y el diálogo con los independentistas de ERC para lograr su abstención está sujeto tanto a los estrechos límites constitucionales como a los de la supervivencia política de ambas partes y sus líderes. Ciudadanos bien podría ser la solución inesperada, en un acto de coraje político, incluso con alguna condición que ni PSOE ni Podemos pudieran rechazar.

En unas semanas veremos cómo se ha resuelto esta adaptación del problema de Alcuino… o si al final la barca se queda sin poder cruzar el río.

Atando cabos
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