España en el mundo: un nuevo impulso que obliga a Gobierno y oposición

La Ministra de Exteriores se ha propuesto la tarea de intentar corregir el déficit entre el lugar que España ocupa en el mundo en PIB o población y su debilidad estructural en la escena internacional

Foto: Foto: iStock.
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La región de Nariño, en el sur de Colombia, fue durante años un territorio dedicado principalmente al cultivo de la hoja de coca. Los acuerdos de paz en aquel país, y la necesidad de dar alguna clase de ocupación a cientos de excombatientes de las FARC, empujaron a algunos campesinos de la zona a lanzarse al cultivo de limones para su exportación. Pero para que esa iniciativa tuviera éxito no bastaba plantar y cosechar. Hacía falta saber entrar en el circuito comercial internacional de cítricos, identificar los mercados, adaptarse a las normativas fitosanitarias de los países de destino… Esta iniciativa, aparentemente comercial y económica, pero en realidad intensamente política como forma práctica de apoyo a la transición de Colombia hacia la paz, logró una esencial financiación y asistencia técnica desde un organismo de Naciones Unidas dedicado al cruce de caminos entre comercio y desarrollo. No es difícil suponer que un proyecto semejante, en evidente concurrencia con otros en la lucha por recursos limitados, no hubiera logrado el mismo apoyo entusiasta que recibió, si la persona encargada de tomar la decisión no hubiera sido una española conocedora de la realidad colombiana, y sensible hacia su conflicto y sus necesidades, a la que no costó convencer de la importancia indirecta de lo que tenía delante.

Cuando se habla de la importancia de la presencia de españoles en los organismos internacionales se está hablando de situaciones como esta. La responsable de impulsar y financiar el proyecto en Nariño desde el International Trade Centre de Ginebra es hoy la flamante Ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación del Gobierno español. Y, desde esa experiencia, anuncia que se ha propuesto la enorme tarea de intentar corregir ese gran déficit entre el lugar que España ocupa en el mundo en términos de PIB, de población, de capacidades en tantos ámbitos, y su debilidad estructural en la escena internacional.

La ministra de Exteriores, Arancha Gonzalez Laya. Foto: EFE.
La ministra de Exteriores, Arancha Gonzalez Laya. Foto: EFE.

Como he hecho en alguna otra ocasión en este mismo espacio, me parece muy útil acudir al diccionario: tener influencia es tener poder para determinar o alterar la forma de pensar o de actuar de alguien. Es fácil perder la perspectiva de lo que significa tener o no tener “influencia” en los grandes foros de poder de este planeta nuestro. Hablamos de influencia en decisiones del poder político directo e indirecto, del poder regulatorio en tantos ámbitos, del poder económico y financiero, del poder comercial, del poder militar...

Tener influencia no es mandar: es mucho más sutil que eso. Y la influencia ni se adquiere ni se ejerce de golpe, de un día para otro; ni se consigue solo con voluntarismo. La influencia, en este caso entendida como la capacidad de determinar o alterar la agenda de un organismo internacional, o de uno o varios países en sus decisiones geoestratégicas, o el contenido de sus medidas y planes de largo alcance, no se puede ganar por decreto. Es algo que solo se logra después de años de trabajo y presencia constantes, con discreción; de relación personal; de comunicación bien planteada y bien ejecutada; de aproximación inteligente a los intereses ajenos, incluso los que parecen irrelevantes en clave nacional, de forma que un día pueda ser más sencillo hacer comprender a otros los intereses propios.

En los países serios el esfuerzo por la influencia internacional es un esfuerzo de Estado que se proyecta de forma constante y a largo plazo

En los países serios, aquellos capaces de entender cuáles son sus intereses colectivos fundamentales, esos que no dependen del color político de la Presidencia del Gobierno, este esfuerzo por la influencia internacional es un esfuerzo de Estado que se proyecta de forma constante y con visión de largo plazo. Porque la verdad es que mande quien mande en La Moncloa, España seguirá siendo una península, seguirá estando en el Mediterráneo, seguirá pegada a África, seguirá sintiendo los graves efectos de la crisis climática, seguirá siendo un país grande del sur de Europa, seguirá siendo una potencia turística, seguirá teniendo las amenazas del terrorismo global, seguirá compartiendo lengua y cultura y lazos emocionales con Iberoamérica, seguirá… La lista de los intereses estratégicos de nuestro país es larga. Lista que se completa con matices y notas de color e intensidad marcados por la agenda del gobierno de turno. Pero en lo esencial es una lista compartida, en la que gobierno y oposición tienen la obligación de trabajar juntos.

Y trabajar juntos significa aquí muchas cosas, porque hay mucho por hacer. Para empezar, España tiene un cuerpo diplomático de primerísimo nivel en formación y calidad profesional. Pero los medios y recursos humanos y materiales dedicados a hacer valer su voz en el mundo son ínfimos comparados con los que deberían ser y con la legítima ambición de nuestro país. La presencia de españoles en puestos relevantes de dirección en los organismos internacionales es muy inferior también a la que debería ser, incluso si solo atendemos a la aportación financiera española a los presupuestos de esas organizaciones. Incluso en la UE, aunque el nombramiento de Borrell es de suma importancia, el peso de España en el conjunto del sistema no está a la altura de lo que debería.

Por otro lado, la comunicación entre españoles o españolas con cierto nivel de autoridad en esos espacios multilaterales y quienes desde la Administración o el Gobierno conocen mejor lo que conviene más o menos a los intereses españoles es escasa o simplemente inexistente. Aunque anecdótico, no deja de ser ilustrativo que una gran mayoría de los diplomáticos españoles no hubieran pronunciado nunca el nombre de “su” nueva Ministra ni conocieran de su existencia hasta el día de su nombramiento, a pesar de que desde 2013, tras su designación por el entonces Secretario General Ban Ki Moon, era sin duda una de las españolas de más alto nivel en todo el sistema de Naciones Unidas.

No se me escapa que las relaciones globales no son solo entre gobiernos. Y los llamados “intereses” de España no se identifican ni defienden solo desde el poder político. De hecho, en el mundo de las grandes ONGs de relevancia mundial (IntermonOxfam, Médicos sin Fronteras, Amnistía Internacional, Greenpeace…) las voces españolas han tenido siempre un peso importante. Más débil (casi siempre por abandono, por incomparecencia) ha sido la influencia de la España empresarial en los debates y tendencias de los grandes foros económicos, financieros o tecnológicos, con excepciones muy contadas que intentan corregir esa tendencia algo aislacionista de las patronales de nuestro país. Lo mismo puede decirse del mundo sindical, y de otros mimbres de nuestro complejo entramado social.

Por eso la influencia internacional de España no es algo que dependa solo de Moncloa ni de quien ocupe el Palacio de Santa Cruz. Pero si estos se proponen rectificar este rumbo como anuncian, bienvenida sea la tarea. Y solo queda pedir que la oposición entienda que apoyar ese esfuerzo y aislarlo de otros debates y broncas es también parte esencial de sus obligaciones.

Atando cabos
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