Los machos poderosos van dejando de ser impunes

Ante las acusaciones al cantante, fue y sigue siendo muy legítimo criticar cualquier forma de caza de brujas, apelar a la presunción de inocencia, esperar a investigaciones exhaustivas

Foto: El cantante de ópera Placido Domingo. (EFE)
El cantante de ópera Placido Domingo. (EFE)
Adelantado en

Asistía por primera vez al Festival de Venecia. Llevaba puesto mi esmoquin, con su pajarita de rigor. La Sala Grande del Palazzo del Cinema estaba ya completamente llena; apenas faltaban unos minutos para aquel estreno en competición. De repente, se montó uno de esos revuelos difíciles de comprender en un primer momento. Ruidos, susurros, gestos que rompían la paz de quien se dispone a ver una película. Alguien había entrado en la sala, en el anfiteatro, y todos cuantos lo habían visto sentían la necesidad de comentarlo a sus vecinos más próximos, dirigiendo la mirada hacia esa zona y generando una especie de tensión que corría entre las butacas a más velocidad de la que corre la llama en una mecha.

Recuerdo que intenté identificar en ese corrillo a alguna celebridad conocida repasando mi repertorio mental de divos y divas, pero solo conseguí ver a una serie de hombres carentes del más mínimo glamour. Y entonces me llegó la voz: "¡Están los Weinstein!". Creo que la Reina de Inglaterra no habría provocado mayor impresión entre profesionales del cine que la presencia en la sala, para asistir al pase de una película europea, de quienes dirigían entonces todavía los poderosos estudios Miramax.

Cuando años más tarde empecé a leer las sórdidas imputaciones contra el mayor de ambos hermanos recordé esta escena, y no necesité ningún complemento de información para entender el poder que este hombre podía tener como ojeador de talentos y proyectos, y como hacedor (o destructor) de carreras en la industria del cine. Ese largo proceso se ha cerrado esa semana, y Harvey Weinstein es ya un violador condenado por diversos ataques sexuales, cometidos antes de aquella entrada en olor de multitud en el Lido de Venecia.

Confirmando la existencia de un "claro modelo de conducta sexual inapropiada y de abuso de poder a lo largo de al menos dos décadas"

A los pocos días de la decisión del Jurado en ese asunto/caso, y también en la ciudad de Nueva York, la poderosa AGMA (American Guild of Musical Artists), que representa los intereses de "los artistas que crean el patrimonio operístico, musical y de danza de América", según su propia definición, hacía público su extenso informe sobre las acusaciones vertidas por veintisiete mujeres (refrendadas por el testimonio indirecto de otras trece) contra Plácido Domingo, confirmando la existencia de un "claro modelo de conducta sexual inapropiada y de abuso de poder a lo largo de al menos dos décadas".

Ciertamente, los hechos en uno y otro caso son muy distintos en su gravedad y en su relevancia penal. Como son también distintas las notas a lo largo de una misma escala musical, o los colores de una paleta. Pero es evidente que tienen, tuvieron, elementos comunes en el tiempo en que se produjeron… y que han necesitado de actos de coraje muy similares por parte de muchas mujeres para poder salir a la luz.

El artista Plácido Domingo. (EFE)
El artista Plácido Domingo. (EFE)

En unos meses hemos pasado de una portavoz del tenor que proclamaba: "La actual campaña para denigrar a Plácido Domingo no solo es imprecisa, sino contraria a la ética; estas nuevas acusaciones están plagadas de inconsistencias", o él mismo con un "las acusaciones que me hacen no tienen sentido", a una nota de prensa con "respeto que estas mujeres finalmente se sintieran lo suficientemente cómodas para hablar, y quiero que sepan que estoy realmente arrepentido por el daño que les causé. Acepto la plena responsabilidad de mis acciones…".

Ante las acusaciones al cantante, fue y sigue siendo muy legítimo criticar cualquier forma de caza de brujas, apelar a la presunción de inocencia, esperar a investigaciones exhaustivas antes de ninguna conclusión. Pero ya entonces fue irresponsable despreciar como un ataque gratuito lo que era ya resultado de una seria, valiente y contrastada investigación periodística. Demasiados medios, demasiados opinadores, incluso demasiados políticos tomaron las informaciones como una afrenta al orgullo nacional, en lugar de como una grave acusación con suficientes indicios clamando por una llamada a la prudencia. Y cuantos reaccionaron así no solo protegían al tenor sin más base que su palabra, que se ha demostrado falsa; estaban también descalificando y despreciando los testimonios de todas esas mujeres que habían tenido el coraje de decir basta.

Quizá por eso es muy posible que —sin pretenderlo— la cobardía inicial de nuestro héroe lírico, negando los hechos y buscando la descalificación de quien los difundió, haya prestado un importante servicio para la concienciación colectiva en esta delicada materia en España. Porque en el futuro —y no lo duden, no tardaremos en escuchar cosas similares— va a ser ya muy difícil dar la misma credibilidad a quien pretenda rechazar de plano una acusación semejante, de fuente seria y con origen testimonio creíbles. En ese sentido, quizá hemos dado un importante paso en la buena dirección. Debería haber quedado claro que no siempre hace falta una sentencia judicial para que determinadas amenazas indirectas a la absoluta libertad personal sean socialmente reprobables. Por supuesto, ahí deber estar también la justicia para proteger a quien pueda ser víctima de chantajes y de acusaciones sin fundamento. Pero tenemos que "cambiar el chip", si me permiten la expresión.

Tras su confesión, Plácido Domingo ha asumido también el compromiso público de luchar contra esa lacra en el lugar de trabajo

Porque la forma en que nuestra sociedad reaccione ante estos abusos será también reflejo de la protección y el respeto que estamos dispuestos a ofrecer a las víctimas actuales o futuras. No basta con construir un entorno que proclame la tolerancia cero hacia el acoso y el abuso. Se trata también de "empoderar" con hechos a cualquier víctima de esas intromisiones no deseadas en su libre espacio sexual personal. Y de hacerles saber que las cosas han cambiado, y tendrán siempre a su lado a la sociedad frente a las amenazas y presiones sutiles, disimuladas, también si proceden de cualquier macho que pueda seguir creyéndose inmune, poderoso y socialmente protegido.

Tras su confesión, Plácido Domingo ha asumido también el compromiso público de luchar contra esa lacra en el lugar de trabajo, "para que nadie más deba pasar por esa experiencia". Bienvenido en ese esfuerzo.

Atando cabos
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
13 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios