'Millennials' y otros (presuntos) conflictos

Los 'millennials' se encuentran en un punto intermedio entre dos grupos: los que temen (salvo excepciones, claro está) y los que no. Los que 'disrumpirán' y los que no

Foto: Foto: Reuters.
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A lo largo del último año, hemos podido leer decenas de artículos, unos más polémicos que otros, sobre los llamados 'millennials' (jóvenes nacidos entre 1980 y 2000; aunque esta horquilla temporal varía según quién escriba sobre el tema). En ellos se acusa a esta categoría de la población de distintos 'pecados', como el de aspirar a una vida fácil ofreciendo poco (o nada) a cambio. También se les atribuye una preocupante desconfianza hacia las instituciones y estructuras democráticas, políticas y financieras establecidas. La mayoría de estos artículos coinciden, en general, en su intento de etiquetar, únicamente por su edad, a un grupo poblacional (bastante heterogéneo, en nuestra opinión), simplificando sus aspiraciones vitales y costumbres, para enfrentarlo a otras generaciones que presumiblemente hacen las cosas como se deberían hacer. Nosotros no compartimos este tipo de enfoques, puesto que ponen el acento en las diferencias e ignoran, deliberadamente, que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa de las generaciones anteriores (y con seguridad, de las posteriores).

Tal y como reflejamos en la introducción a nuestras 'Conclusiones de los #JóvenesFide sobre colaboración intergeneracional', como presuntos 'millennials' preferimos que se nos considere como una 'generación bisagra' con una importante función: ser el nexo inevitable entre quienes actualmente dirigen las empresas y las instituciones —que en muchos casos carecen de un perfil tecnológico— y los nativos digitales. No cabe duda de que vivimos en un momento histórico de cambio, marcado por nuevos retos tecnológicos como la robótica, la inteligencia artificial, el 'big data', la biotecnología o la nanociencia (por mencionar solo algunos de ellos). Muchos de sus efectos en nuestras vidas profesionales y personales todavía se están diseñando y no están claros, pero ya nos podemos imaginar algunos: ¿coches que se conducen solos? ¿Seres humanos con capacidades mejoradas gracias a la tecnología y a la modificación genética? ¿Sexo, o incluso matrimonio, con robots? ¿Almacenamiento de nuestra memoria personal en la nube?

Todas estas nuevas realidades, que pronto serán asumidas como naturales por las generaciones más jóvenes (si es que no lo son ya), pueden inquietar a una gran parte de la sociedad. Y ello es perfectamente comprensible, pues plantean no pocos dilemas éticos y jurídicos. Imaginemos cómo modificarán las relaciones sociales, personales o familiares; en qué trabajaremos dentro de 25 años, o cómo nos transportaremos por las ciudades. En paralelo, pensemos en los riesgos que estos cambios conllevarán, pero sin olvidar las oportunidades que van a generar. Es fácil asustarse y caer en esa sensación —tan humana— del miedo a lo desconocido.

Los 'millennials' se encuentran en un punto intermedio entre dos grupos: los que temen (salvo excepciones, claro está) y los que no. Los que 'disrumpirán' y los que no. (Nótese que el verbo 'disrumpir' todavía no está admitido por la RAE). Los que liderarán el cambio y los que principalmente lo sufrirán. Contribuir a suavizar esta dura transición ha de ser parte de nuestro trabajo.

Como jóvenes juristas —o, si se quiere, 'abogados millennial'—, tenemos la responsabilidad, junto con nuestros colegas economistas, filósofos, arquitectos, ingenieros, etc., de interesarnos por conocer las innovaciones tecnológicas y los nuevos modelos de negocio que se están desarrollando. Debemos tener la mente abierta y, con prudencia, equilibrar el debate, acercando a las generaciones no nativas digitales a la tecnología, pero también contribuyendo a ordenar la disrupción. A menudo, las posturas se radicalizan y la tensión se convierte en enfrentamiento abierto. La irrupción de Uber y Cabify en España ilustra muy bien las consecuencias de este enfrentamiento (llegando incluso a la violencia), que está generando un gran malestar en algunos sectores socio-económicos. Sin embargo, la respuesta nunca puede ser 'solo prohibir' o 'solo permitir'. Forzosamente, la respuesta ha de ser 'ordenar'.

Tenemos que ser globales, pues los problemas asociados con el cambio climático, la genómica o la ciberseguridad no aceptan enfoques sesgados

Además, en un mundo más conectado que nunca, tenemos que hacer el esfuerzo por abordar esta situación con nuestros coetáneos de distintos países. Profundizar y aplicar nuestros conocimientos de la normativa europea e internacional, pero especialmente de los principios y pilares en los que se asientan otras sociedades, resulta extremadamente necesario. Hoy, más que nunca, tenemos que ser globales, pues los problemas asociados con el cambio climático, la ciberseguridad o la genómica no aceptan enfoques locales ni sesgados.

En todo caso, creemos que hay lugar para el optimismo y que todos los sectores (incluido el legal) evolucionarán. Superarán los problemas y se enfrentarán a otros nuevos. Evolucionará la tecnología, pero también los principios y las normas, así como los procesos y los procedimientos. En definitiva, como 'millennials', somos conscientes del papel que jugamos en nuestro momento y de la responsabilidad moral que nos corresponde.

*Grupo #JóvenesFide

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