Cuatro sencillos pasos para convertir al votante en un cafre

La política pragmática casi ha desaparecido devorada por la soflama cultural e identitaria

Foto: Foto: EFE.
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Atascar una sociedad no es fácil. Los ciudadanos, sean cuales sean sus ideas políticas y sus sentimientos patrióticos, tienen en realidad unas necesidades comunes bastante básicas. Vivir bajo techo, trabajar, disponer de tiempo libre y de dinero para ciertos lujos, educar y criar a los hijos con seguridad, no tener miedo al futuro, entregar impuestos y recibir beneficios sociales con la confianza de que nadie roba de las arcas públicas, vivir en ciudades con buenos servicios públicos y baja criminalidad, etc.

La crisis económica truncó algunas de estas necesidades y nos entregó a un mundo nuevo de gran incertidumbre. Desde entonces, en lugar de trabajar por resolver los problemas y despejar la incertidumbre, los políticos se han dedicado a inventar problemas nuevos y convocar nuevas incertidumbres. Cataluña es un caso paradigmático. Que Marta Rovira e Inés Arrimadas fueran incapaces de cantarle a Évole la cifra del paro en Cataluña no resulta extraordinario. Es una señal clara de que la política pragmática casi ha desaparecido devorada por la soflama cultural e identitaria.

Pero este juego no empieza en Cataluña. Lo hemos visto, por ejemplo, en la situación de ridículo partidista después de las elecciones de diciembre de 2016, cuando la pelea a cara de perro de Podemos con el PSOE y Ciudadanos por cuestiones de propaganda hizo imposible retirar a Mariano Rajoy de La Moncloa. Las elecciones del 21-D están planteadas de la misma forma. Todo se dirimirá en función de la identidad y del sentimiento. Partidos con muchos puntos en común en sus programas van a mostrarse reacios a pactar una salida práctica al lío de las patrias, porque han convencido a sus votantes de que el juego lo gana una bandera u otra. Echaron el freno de mano y ahora no les compensa levantarlo.

Un país, llámese como quiera, que no consigue recuperarse de la atrofia, donde empiezan a inflarse nuevas burbujas, donde se ha sustituido el modelo de bienestar inflacionista por uno de mediocridad y supervivencia; un país bien jodido tiene al frente un montón de políticos que pueden permitirse distraer al votante con cuestiones sentimentales y de identidad porque les votan igual. ¿Cómo lo han conseguido? ¿Qué clase de propaganda han utilizado?

Estos son los cuatro pasos básicos para sustituir la política pragmática por la política cuántica y convertir a los votantes en auténticos cafres:

Paso número 1: renuncia a explicar al votante lo que no sabe.

Ante problemas de enorme complejidad, existen dos alternativas. La primera, hacer el esfuerzo de trasladar esta complejidad a los ciudadanos. Para ello hay que emplear grandes dosis de pedagogía y confiar en que el resto de los partidos usarán la misma táctica. La segunda es engañar al votante recurriendo a soluciones populistas, es decir, hablar de un universo paralelo donde las cosas no son como son, sino como yo digo que son. En el universo paralelo puedes decirle al votante que todo se va a arreglar si hay una independencia, o que todo se va a arreglar si hacemos desaparecer a los independentistas. Una vez que la mayoría de los partidos se comportan así, el resto debe jugar al mismo juego para no quedar fuera de la competición. El nivel lo rebaja la mayoría.

Los partidos están llenos de gente preparada. Comparados con los expertos que se agazapan tras la tercera línea, los líderes son bustos parlantes

Paso número 2: convierte al líder en un tótem.

Los partidos están llenos de gente preparada. Comparados con los expertos que se agazapan tras la tercera línea, los líderes son simples bustos parlantes. Los partidos pueden funcionar a los pies del líder o utilizar al líder para vender de forma atractiva sus propuestas. En España, todos los partidos han acabado convirtiendo a sus líderes en capitanes generales. El encarcelamiento de los 'consellers' ha sido de mucha ayuda para convertir las personalidades en tótems. El PDeCAT, devorado por un Puigdemont que actúa al margen de cualquier estrategia consensuada, es paradigmático. Desgraciadamente, no es el único.

Paso número 3: la identificación por encima de todo.

No importa cuáles sean tus soluciones concretas, lo importante es que el votante sienta que actuarás como lo dictaría él en la barra de un bar. La arrogancia de los votantes es un fenómeno poco comentado, pero la política contemporánea se ha plegado totalmente a ella. Así, uno ES independentista, o ES constitucionalista, o ES del PP, o del PSOE, o de Ciudadanos, o de Podemos. Uno vota a los suyos a toda costa, les perdona todos sus errores, los seguirá votando aunque esté constatado que roban, que engañan, que manipulan. La identificación disuelve la decepción en un mar de entusiasmo bélico. Penetramos, como señalaba Sebastian Haffner, en el reino de la camaradería.

Uno vota a los suyos a toda costa, les perdona todos sus errores, los seguirá votando aunque esté constatado que roban, que engañan, que manipulan

Paso número 4: deshumaniza a quien no use tus pinturas de guerra.

Una vez que todos los partidos se comunican con sencillez populista, que colocan al líder por encima de todo y emplean la identificación como estrategia, lo único que falta es deshumanizar a todo aquel que no comparta nuestras pinturas de guerra. Los equipos de campaña disponen de un montón de etiquetas para reducir a quien no piensa según los cánones en hereje, en basura. Tiene dos ventajas: la primera es que suprimes la autocrítica, la segunda que favoreces purgas y depuraciones de traidores (véase el caso Errejón o el caso Vila). Estas mismas etiquetas aparecerán en los medios de comunicación, porque dan clics. Las emplean los ciudadanos para sacarse los ojos los unos a los otros en las redes sociales, y el político cuántico habrá logrado algo esencial para sus fines: un jaleo espeluznante marcado por la polarización.

Estos cuatro sencillos pasos se han cumplido a rajatabla en España durante los últimos 10 años. Durante este tiempo, hemos visto nacer nuevos partidos y hemos celebrado tantas elecciones que ya ni siquiera sabemos cuándo van a ser las siguientes. El 21 de diciembre habrá unas en Cataluña. Al día siguiente estaremos exactamente igual que hoy, por más que cambie el color de las pinturas de guerra.

Crónicas desde la República cuántica
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