Cuidado con el síndrome Albert Boadella

Cuando los que tienes cerca te atacan por tus ideas te sientes solo, y cuando te sientes solo aceptas el consuelo de cualquiera que te lo ofrezca. A veces, es un consuelo envenenado. Una trampa

Foto: El actor, director y dramaturgo Albert Boadella. (EFE)
El actor, director y dramaturgo Albert Boadella. (EFE)

“Cuidado con el síndrome Boadella”. Se me ocurrió decirle esto a Isabel Coixet en un japonés de Gracia. Que nadie piense que estoy metiéndome con Albert Boadella, nada más lejos de mi intención. Su nombre salió así: Coixet me contaba que una manada de 'indepes' fueraborda le habían hecho un escrache y que otro subnormal la había llamado fascista en la puerta de su casa cuando ella iba con las bolsas de la compra. Coixet, que en situaciones pacíficas es todo inteligencia y sensibilidad, andaba esos días agobiada, triste y rabiosa. La presión de los chalados sobre algunas figuras públicas es uno de los daños colaterales del 'procés'.

A la figura pública se la supone invulnerable. Se la sitúa en una ficticia torre de marfil y se la insulta en las redes, la prensa y la calle sin cuidado. Pero cuando tus vecinos te increpan no te queda otra que sufrir. Vivimos en una sociedad que adora a las víctimas. Tendemos a creer que el sufrimiento glorifica y nos hace más buenos, pero aunque la víctima sea sagrada, hay que consignar que el sufrimiento también agarrota y puede convertirnos en monstruos.

El 'procés', en este sentido, ha sido una fábrica de víctimas. Existe un mito sobre el 'procés': que es un movimiento pacífico y festivo. Esto es cierto sólo en parte. La movilización independentista es pacífica en las grandes cifras. Los procesistas son civilizados cuando se juntan entre ellos sin disidencias, en sus demostraciones masivas. Pero en el cara a cara y las distancias cortas, la cosa cambia. Nadie puede negar que han proliferado los episodios crueles. Rencillas entre estudiantes Montescos y Capuletos, artistas vapuleados por sus opiniones políticas, pintadas y carteles amenazantes, etc. Casos aislados, sí. Y demasiado numerosos.

Total: Coixet se desahogaba a la manera de los dragones, soltando fuego por la boca. El wasabi palidecía y entonces le dije esas palabras que luego me dejaron pensando: “Pase lo que pase, tenemos que evitar que esta situación nos contagie del síndrome Albert Boadella”. En seguida entendió a qué me refería. Albert Boadella es, para mí, un caso paradigmático del lugar al que puede arrojarte el odio de tus vecinos. Una persona inteligente y de altura cordial lanzada, como tantos otros, a una trinchera ofuscada en la que sólo puedes estar a la contra de manera permanente. Un artista obsesionado.

La lucha contra el extremismo nacionalista y otras furias ha dejado muchas víctimas de lo que llamo síndrome Boadella. Jon Juaristi y Fernando Savater en el País Vasco serían dos ejemplos en los que se aprecia un distinto grado de daño. Lo que les ha pasado a ambos es lo que puede pasarle a cualquiera. Cuando los que tienes cerca te atacan por tus ideas te sientes solo, y cuando te sientes solo aceptas el consuelo de cualquiera que te lo ofrezca. A veces, es un consuelo envenenado. Una trampa.

Grandes intelectuales y artistas han terminado cayendo en la trampa que les habían puesto: creer que el otro es siempre como su extremo

Muchas veces, ese que te abre la puerta con tanta generosidad no es más que el mismo que te la cerraba al otro lado, pero con distinta bandera. Muchas veces ese supuesto aliado no hace más que utilizarte para sus propósitos. Así es como la intransigencia de unos extremistas termina arrojándote a los brazos de los extremistas del bando contrario. Estás igual que estabas, pero te sientes mejor en la trinchera de enfrente. Lo has pasado tan mal, te han atacado tan injustamente, que ahora te permites atacar tú injustamente y pierdes parte de tu sentido crítico. A los radicales de tu nueva trinchera los llamarás moderados porque sólo hay una cosa que puede dejarte más sordo que el ataque feroz: el aplauso feroz.

El síndrome Boadella se produce porque todo extremismo crea otro extremismo en el espejo. Los ataques crueles y constantes que han soportado quienes se levantaron como voces divergentes en su aldea ideológica terminan por formar un callo que endurece las mentes más flexibles. Así, grandes intelectuales y artistas, bajo ese fuego, han terminado cayendo en la trampa que les habían puesto: creer que el otro (en este caso el nacionalista) es siempre como su extremo. Ver al demonio (el extremismo) en todas partes. En una palabra: radicalizándose.

España está jodida porque el síndrome Boadella se extiende a medida que el 'procés' se recrudece. También hay aquejados de este síndrome en las filas independentistas: personas que han encontrado siempre una afrenta cuando comunicaban sus pensamientos y que han dejado de ver a los cafres de su nuevo bando como lo que son: la misma mierda que hay al otro lado. Por eso, cuando Isabel Coixet se quejaba de las atrocidades que ha tenido que aguantar, yo le pedí que estuviera atenta consigo misma. Inmediatamente después caí en la cuenta de que esto nos pasa a todos, y le pedí que me vigilase a mí. Cuidado si notas que he dejado de contemporizar, que me estoy radicalizando, que me encierro en cualquiera de los dos extremos, que voy de víctima, y sobre todo: cuidado si ves que estoy cómodo ante el aplauso de los gilipollas de mi bando.

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