El Puigdemont rampante

Sus compañeros van desfilando camino de distintas cárceles españolas mientras él concede entrevistas a todo el que se le acerca sin pasaporte español en la mano

Foto: El expresidente catalán Carles Puigdemont, durante una entrevista concedida a Reuters.
El expresidente catalán Carles Puigdemont, durante una entrevista concedida a Reuters.

En la novela de Italo Calvino 'El barón rampante', Cosimo se sube a un árbol después de una discusión familiar y se queda a vivir en lo alto. Desde allí envía cartas a su hermano, en las que le hace partícipe de sus aventuras. Cosimo no solo puede ver más allá de los contornos del hogar, sino que conecta con un mundo utópico, de árbol en árbol, donde se alimenta de lo que caza y se viste con pieles como un troglodita. Más adelante, emprenderá un viaje alucinado por un universo demencial lleno de piratas, ladrones y hasta españoles, en compañía de un perro llamado Óptimo Máximo.

Nuestro Puigdemont rampante publicó el lunes una foto en Instagram donde se veía un camino y unos edificios al fondo. Era la frontera española de la provincia de Girona, y el edificio blanco un cuartel. Su foto ocasionó una cascada de noticias y comentarios delirantes, activó todas las suspicacias. Sonreí para mis adentros pensando que Puigdemont quizás había utilizado una foto cualquiera para confundir al personal desde lo alto de los árboles, y recordé la frase que supuestamente dijo Indira Gandhi en una entrevista: “De no ser por mi sentido del humor, hace ya tiempo que me habría suicidado”.

Me dicen que en Bélgica ya hay quien lo llama, con mundana maledicencia, Quijote, colocándole a la vez las medallas de loco y de español

Rampante significa trepador, según la RAE, y tiene también la connotación de ambicioso y sin escrúpulos. Me dicen que en Bélgica ya hay quien lo llama, con mundana maledicencia, Quijote, colocándole a la vez las medallas de loco y de español, y yo me pregunto cuál de las dos le parece más molesta. Pero más allá de las comparaciones con personajes de la literatura universal, Puigdemont es un político, y como político está logrando algo que nadie ha querido atribuirle todavía. Puigdemont está pacificando la situación política de Cataluña.

Lo está haciendo a fuerza de bochorno. El independentismo intuyó que su huida podía ser una traición aunque nadie quería decirlo muy alto. Sus compañeros iban desfilando camino de distintas cárceles españolas mientras él concedía entrevistas a todo el que se le acercara sin pasaporte español en la mano. Puigdemont se convirtió en el Primer Presidente Youtuber de una República que No Existe, y empezó a enviar cartas a sus hermanos para contar lo que se ve desde los árboles.

Nos llegaba así la noticia de esta república que solo percibes cuando tus pies ha dejado de pisar suelo firme, y prometió que si ganaba las elecciones volvería para ser investido 'president', pero los días pasan inexorablemente. Puigdemont toma la apariencia de un Godot y deja que lo esperen hasta hartarse.

Durante mis vacaciones he pensado mucho en una cosa que me dijo José Antonio Zarzalejos en Málaga comiendo pescaíto. Me dijo que en Cataluña no iba a pasar nada gordo, ni tan siquiera en el caso, entonces poco probable, de que el Estado optase por la vía dura. Yo le aseguré que se equivocaba. Utilicé la falacia de que vivo en Barcelona, añadí que los ánimos estaban al rojo, y concluí que la represión traería violencia a las calles. Él puso sobre la mesa la servilleta con delicadeza cuasi femenina y mencionó la ilegalización de Batasuna.

El 'procés' no derivó en su última etapa hacia el caos y la barbarie, como aseguraban los agoreros, sino hacia el ridículo y el aburrimiento

Entonces no había pasado lo que luego pasó. No había llegado el 1 de octubre con sus urnas sorpresa y sus cargas policiales, ni la falsa DUI, ni las manifestaciones constantes y masivas, ni el duelo a banderazos de Goya, ni el 155 y la pérdida de la Generalitat, ni las pintadas y el éxodo de empresas, ni la subida al árbol del Puigdemont, ni los encarcelamientos, ni las elecciones, ni los autos judiciales que alargarán los encarcelamientos. Pero Zarzalejos ya sabía que no iba a pasar gran cosa. Y Puigdemont ha querido darle la razón.

El 'procés' no derivó en su última etapa hacia el caos y la barbarie, como aseguraban los agoreros, sino hacia el ridículo y el aburrimiento, como sostenía Zarzalejos. No deja de sorprenderme lo bien que lidiamos con las injusticias simbólicas, incluso con las que nos tocan de cerca. El pueblo catalán independentista, manso como el español, ha empezado a hacer su vida entre presuntos exiliados y presos políticos. ¿Acaso intuye que los políticos no son tan fundamentales?

Estamos esperando ahora una investidura y discutiendo si el plasma es razonable, y toda la energía tanática que parecía amasarse en el horizonte se desfoga en los sumideros de las redes sociales. Puigdemont, desde lo alto de los árboles, sigue siendo el jefe de Estado de su República Cuántica, y su gente está dispuesta a votarle, porque algo habrá que votar. Pero, felizmente, nadie se parte la cara por un líder que se fue a vivir a las alturas.

Crónicas desde la República cuántica
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