Esto solo lo arregla un catalán en La Moncloa

-Imaginaos que gana Mas -dijo Iceta- y quienes lo acompañan en esta 'kermesse' han de gobernar. Pues bien, no podrán gobernar, y cuando digo que no podrán, es porque no están de acuerdo en nada

Foto: El candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat, Miquel Iceta (c), durante el acto de campaña celebrado en L´Hospitalet. (EFE)
El candidato del PSC a la presidencia de la Generalitat, Miquel Iceta (c), durante el acto de campaña celebrado en L´Hospitalet. (EFE)

A los hombres bajos, simpáticos y rechonchos se les permite mostrarse como sabios, porque sus rivales jamás les envidian. Es el quid de la victoria de la tortuga sobre la liebre y es el arma más poderosa de Miquel Iceta. Quienes lo conocen personalmente me han asegurado que esconde en la boca una lengua de fuego. Algo sospeché por la contención que mostraba en los debates y las frases breves y envenenadas, pero no ha sido hasta el acto central de la campaña del PSC, celebrado anoche en Hospitalet, que el candidato se ha soltado la melena, siempre metafóricamente.

Dos señoras, madre e hija, unos minutos antes le estaban gritando guapo a Pedro Sánchez. El guapo anduvo en la tarima interpretando el papel de líder después de que pasara por las tablas Felipe González. Cuando el guapo le cedió el paso a Iceta, la mayoría de las señoras todavía hiperventilaban y escribían sus sonetos a Pedro Pedro Pedro, como si las hubiera poseído Penélope Cruz. Nadie le hizo al bajito demasiado caso, y algunos jubilados daban por terminado el espectáculo y se levantaban para marcharse a casa.

-Imaginaos que gana Mas -dijo Iceta- y quienes lo acompañan en esta 'kermesse' han de gobernar. Pues bien, no podrán gobernar, y cuando digo que no podrán, no es porque no vayan a tener los diputados, es porque ahí no están de acuerdo en nada. Solo en una cosa están de acuerdo: el día que voten la independencia, la montan parda. Pero ¿y el resto de días? ¿Qué harán el resto de días?

Felipe González y Pedro Sánchez. (EFE)
Felipe González y Pedro Sánchez. (EFE)

En lo que duran esas palabras, la vocecilla cantarina de catalán relleno y amanerado que tiene Iceta había ido escalando octavas y, volviéndose más grave y más ronca, se había transformado en una manta de ruido gigante que envolvió a la concurrencia, y cuando llegó a las preguntas retóricas, de la guapura de Sánchez solo quedaban las fotos. En ese momento el PSC recobró un poco de oxígeno. Veremos a ver qué pasa el 28.

El resto del acto central de campaña había resultado previsible. Unos cuantos miles de señores y señoras con la pegatina socialista en la pechera y las banderas de plástico de un solo uso, una feria de congresos reducida con bambalinas para asegurarse un lleno, y canciones de Serrat por la megafonía.

Intervino primero la alcaldesa de Hospitalet pero todos estaban impacientes por escuchar a Felipe González. Cuando apareció en el estrado, me rodeó un aire de PSOE de toda la vida. En los ojos de las señoras brillaba el resplandor de los niños que viajaban a Barcelona para ver al gorila Copito de Nieve. El expresidente, en virtud de sus años, dirigió sus iras contra Mas, contra Rajoy y contra Pablo Iglesias Jr, y señaló a Venezuela y a Grecia como lo que no le conviene a España.

Se fue un poco por las ramas, empezó por Cervantes y terminó en Colombia, como le pasó a un amigo mío muy culto que se enganchó a la cocaína. Palabras de Felipe:

- Cervantes dijo: Yo soy sevillano de nación. Yo también soy sevillano de nación, y ciudadano español. Y ahora, que empiece a discutirse sobre nacionalidades, con esos líos que se monta Rajoy con la ciudadanía europea, me da vergüenza. Pues hay más: el presidente Santos de Colombia me ha hecho ciudadano colombiano en diciembre. ¿Quién me puede negar que soy andaluz, español, europeo y latinoamericano? ¿A quién le estorba eso? ¿Quién, pudiendo ser grande, quiere ser pequeñito?

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La gente aplaudía, quería más, y a González se le fue la mano con el 'timing' como les pasa siempre a los expresidentes. En algunos momentos, González hablaba de sí mismo en tercera persona -“la sanidad universal gratuita llegó en el primer gobierno de Felipe González”- y al finalizar, que la bajona no perdona, le dio unos cuantos consejos a su sucesor y puso en cierto brete pasajero el discurso oficial de su partido:

-Nosotros no vamos a cambiar la Constitución aceptando un derecho de autodeterminación que rompería España. Tenéis que decirlo, Miquel y Pedro, tenéis que decirlo claro: no lo vamos a hacer. Solo conozco un texto constitucional donde se reconoció el derecho de autodeterminación: el de la URSS. Y ya no existe.

Todavía humeaba la tarima cuando subió a hablar Sánchez, que se dedicó media horilla a hacer lo que sabe: repitió los ejes centrales de la campaña, se ciñó al guion tanto como se había alejado González, movió la mano derecha arriba y abajo para dar énfasis a las frases, cambió de una postura a otra y, en este sentido, su discurso resultó menos enmarañado que el de su bisabuelo político.

En palabras de Sánchez, o del argumentario socialista a través de Sánchez, “vamos a decir que España es algo más que Rajoy, y que Cataluña es algo más que Mas. Vamos a aplicar al señor Mas la reforma laboral que aprobó con el PP: despido procedente por causas objetivas”.

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También derramó cifras y estadísticas sobre la concurrencia, sabiéndose poseedor del 'sex appeal' que hace falta para encadenar porcentajes sin dormir al público, y alternó con algunas otras frases lapidarias -“los recortes no son ni de España ni de Cataluña, los recortes son de derechas”.

Pero quedaba Iceta, que salió sin bailar al escenario: esta noche estaba aquí para dar gritos y para anunciar que, trayendo a Sánchez, González y a la presidenta de la Junta, ha devuelto el PSC al seno del partido nacional.

Primero de todo, tuvo la elegancia de abandonar el discurso del ganar y ganar con que sus antecesores habían espoleado al ganado. Sabe que el PSC es una nave devastada y que su victoria es imposible en estas elecciones, así que desistió de ponerse la corona del Burger King y agitar el cetro de plástico: “El 27-S me veo como presidente, pero si no pudiese ser, yo cogería con responsabilidad la figura de jefe de la oposición”.

En sus diagnósticos puso unas gotas de lírica: “Hoy ni Cataluña ni España funcionan, pero con decir que no, no basta. Esto nos lo ha demostrado Rajoy diciendo 'no' desde 2011. Nosotros no haremos una negociación con quien quiere saltarse la ley, pero yo quiero vencer a los independentistas presentando un proyecto mejor: quiero a Dalí y a Miró, y a Velázquez y a Sorolla. Si nos metemos en líos, ¿a quién le asignamos Picasso? Ahora lo tenemos todo en nuestras manos".

Con cosas por el estilo no se ganan unas elecciones, pero se había ganado al público. Su discurso, de todas formas, sonaba a futuro más que a presente. Las encuestas dan a Cataluña un gobierno imposible sin otro color ideológico que la independencia, y todas las leyes españolas y europeas impiden que la independencia se produzca. Oyendo a Iceta, me daba la sensación de que lo sabe, y de que espera. Al salir del acto compartí estos pensamientos con un militante.

-Este sin Dios de Cataluña con España -me dijo- solo lo arregla un catalán en la Moncloa.

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