Los mercados reaccionan al desafío soberanista

En el mercado de Santa Caterina, en mi barrio, que es el Borne, se puede leer el discurrir del país y de la ciudad con los ojos puestos en los carteles de las verdulerías

Foto: Foto: Edgar Melo.
Foto: Edgar Melo.

Nos hemos acostumbrado a que las noticias políticas más importantes lleguen siempre a nuestras casas acompañadas de la carabina. Junto a los cambios en un parlamento, en un ayuntamiento o en una comunidad de vecinos, siempre esa nota gris pero alarmante sobre el humor con que se toman los mercados el cambio. El mundo está tan fiscalizado por los ojos de la usura que ya se anticipan, y nos dicen que a los mercados no les gustaría que votásemos a este, y que, al contrario, prefieren que votemos a aquel de más allá. De ahí que Pablo Iglesias acuse a Rivera de ser el favorito del Ibex 35: es una acusación análoga en el mundo de la izquierda a la de burgués en los tiempos de la URSS.

Lo cierto es que el celo de los mercados por nuestras decisiones políticas llega a ser irritante. Dentro de poco, quizá tendremos que preguntarle al cajero automático qué piensa del ligue que arrastramos hacia nuestra casa, y este nos expenderá un extracto con los peligros de la nueva relación, y con una serie de recomendaciones para maximizar nuestro beneficio sentimental con otra chica que sea mejor partido. En realidad, los mercados y todos sus sacerdotes, desde los obispos del FMI a los frailecillos de las tertulias de la tele, han venido para llenar un hueco. Los hombres siempre han recurrido a los oráculos y han tenido temor de que sus audacias desatasen la furia de los dioses.

Sin embargo, es sano recuperar el valor antiguo de las palabras, así que esta semana he salido a preguntar al mercado qué es lo que piensan del desafío soberanista. En el mercado de Santa Caterina, en mi barrio, que es el Borne, se puede leer el discurrir del país y de la ciudad con los ojos puestos en los carteles de las verdulerías. Manzanas de los Alpes suizos a menos de un euro el kilo me recuerdan las aventuras de una familia catalana aficionada al esquí y a los coches de lujo. Le mento los Pujol a Marta, la frutera, y le pregunto si entre las manzanas suizas hay alguna podrida. Ella se echa a reír por la ocurrencia: para ella las manzanas, suizas o Fuji, son tan evocadoras como las naranjas de Valencia, las coles de Bruselas o la cebolla de Figueras.

En este mercado muta el olor a cada paso como si uno cambiase de país, y en realidad huele como en todos los abastos de España. En las ciudades pequeñas, los lugares como este se extinguen paulatinamente, pero aquí deambulan manadas de turistas palpadores de boniatos. Van en rebaños hechizados con cada producto, preguntan por todo lo que ven y al final no se llevan más que una mandarina. Para ellos, Barcelona es un decorado y cada señora con carrito un motivo para sacar una foto. Marina, la de los encurtidos, dice que son los que han salvado su negocio en los años más duros de la crisis económica.

Entre los vendedores, no gusta demasiado Ada Colau, que quiere poner trabas a los turistas. Marina es una mujer rellena con el pelo negro y rizado que no quiere mojarse en estos temas: “Cuando viene un cliente muy de derechas, pues que viva Franco y la Guardia Civil; y si viene uno muy de izquierdas, pues lo que tú quieras, viva China y viva Fidel”. La escucho y pienso que he dado con la ideología secreta de los mercados. Por cambiar de tema, le pregunto si conoce gente que se haya ido de Cataluña por temor a la secesión.

-No. Yo supongo que alguna gente se iría, pero aquí lo que importa es el dinero. Mira: yo no soy independentista, pero aquí, para algunas cosas, pagamos hasta un 70% más de impuestos. ¿Qué quieres? Pues vendes tu casa de Barcelona por 200.000 euros y con lo que sacas te vas a vivir a Castro Urdiales. Y allí eres la 'jet set'. ¡Pero la 'jet set' de Castro Urdiales, ja ja ja!

A la pescadera Dori le pregunto si nota alguna clase de temor entre la clientela, y dice que lo que está notando es que va un poco mejor el negocio, y que tensión, ninguna. “Cansancio, en todo caso. Yo creo que la gente ya no se cree nada, que todo es un teatrillo para tapar la corrupción de unos y de otros”.

Hablando de teatro, David el carnicero me cuenta que aquí todos vienen a hacer una representación. Son vendedores, y la política y el fútbol se quedan en casa. Le pregunto por sus proveedores: muchos son del resto de España. Le pregunto si cree que sus proveedores dejarían de venderle si Cataluña se independizara: se ríe en mi cara.

-¿Tú crees que mis proveedores pueden permitirse dejar de venderme carne a mí? Eso de los proveedores no se lo cree nadie que tenga un negocio, ni en Barcelona ni en Valladolid. Mis proveedores y yo buscamos hacer negocio. Como te digo, la política se queda en casa.

Pero mientras doy vueltas, detecto en la barra del bar el ruido característico de las charlas políticas españolas, esto es: un grupo de voces fuertes que podrían estar hablando de Rajoy, de Pedro Sánchez, del Barça o del Español. Hablan de la corrupción, que según dicen, es igual en todas partes, y yo me encamino al puesto de un verdadero experto en chorizos.

-Mira -me dice-, los chorizos que vendo yo, por lo menos no hacen daño a nadie. Chorizos de los otros, de los de corbata... todos iguales. Tú llegas a presidente de tu escalera y en 10 años haces alguna, seguro.

A él, particularmente, le tiene más cabreado el alegato de la OMS contra las carnes procesadas. Dice que ha venido una señora esta mañana y le ha dicho que su marido se murió de “cáncer de carne”, y que no se lo ha dicho en broma, sino llorando. “A ver qué decís luego, que aquí todo el producto es de primera calidad”. Cuando a un periodista le hablan en primera persona del plural, es tiempo de cambiar de puesto. Pero José, el de los congelados, tiene otra acusación para la prensa.

-Siempre que hay una noticia alarmista, vacas locas, fiebre aftosa, gripe del pollo, sacan en la televisión imágenes de mercados de barrio. Y luego, cuando mejora la economía, cuando aumentan las ventas de algo, siempre salen imágenes de supermercados. Parece que lo hagan a mala leche.

José se apoya encima de una de sus neveras. Cuando le pregunto si prefiere rotular en español o en catalán, él señala su Groenlandia de zanahorias, alcachofas, calamares y croquetas heladas y define elocuentemente lo mucho que se exagera en Madrid ese asunto de la rotulación.

-En estas neveras abiertas hay una pantalla de aire frío que mantiene los productos ultracongelados y, como ves, pongo el nombre del producto en esos cartelitos. Pues bien: si tuviera que poner el nombre en los dos idiomas, el cartelito sería demasiado alto y me rompería la pantalla de aire frío. ¿Te das cuenta qué absurdo? Pues algunas de las cosas las pongo en catalán y otras las pongo en castellano. Y te digo una cosa: yo creo que nadie tiene problemas más grandes que el mío por esta tontería de la rotulación.

Algunos esperan que llegue la independencia, pero no encontré a ninguno que la espere para cenar. Los mercados son los mercados, y aquí lo que les preocupa es que Cataluña pueda mejorar su financiación. Un pescadero me dice que él votó a JxS, pero que cambiaría su voto si hubiera una mejor financiación.

-Aquí lo que nos jode es pagar más impuestos que nadie. Somos negociantes, pequeños empresarios. Tenemos familias y muchos gastos. A nosotros, el folclore nos importa tres cojones. Que nos den una financiación más justa, que podamos pagar menos impuestos, y verás tú lo que dura la independencia... Pero no lo harán, porque les interesa.

Un murciano en la corte del rey Artur
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