La fábula de Fadesa: así vive Fernando Martín dos años después de la gran quiebra

“Fernando Martín era como los jugadores de ruleta”, comenta uno de sus antiguos socios. “Apostaba al rojo, ganaba, doblaba el dinero y lo apostaba de nuevo

Fernando Martín era como los jugadores de ruleta”, comenta uno de sus antiguos socios. “Apostaba al rojo, ganaba, doblaba el dinero y lo apostaba de nuevo todo al rojo. La bola siempre caía en su casilla. Llegó a acumular más fichas que nadie. Hacía torres con ellas. Era un hombre desafiante y con suerte. Hasta que compró Fadesa. Ese día salió negro y lo perdió todo”. El 14 de julio de 2008, Martinsa-Fadesa se declaró en suspensión de pagos con una deuda próxima a los 7.000 millones de euros, lo que la convertía en la mayor quiebra de la historia de España.

Sus compañeros del ladrillo se apresuraron a darle cristiana sepultura, pues nunca lo consideraron uno de los suyos. Martín tiene un punto introvertido que hace que sólo se fíe de su mujer, María Jesús del Agua. Con el resto guarda las distancias. Martinsa bien podría seguir enterrada dos pies bajo tierra si no hubiera sido por la testarudez de este matrimonio. Este martes 4 de enero de 2011, dos años y medio después de la gran quiebra, tanto Martinsa como sus filiales salen del concurso de acreedores.

Pocas cosas parecen haber cambiado en este tiempo en Castellana 93, edificio donde ocupa oficinas Fernando Martín. Su despacho abarca una planta entera, silencioso, parco en mobiliario y paradigma de la austeridad castellana que marca a fuego el carácter de este empresario de Trigueros del Valle, provincia de Valladolid. De paredes desnudas, sillones de cuero negro y alfombras desvaídas, podría valer como tablero de ajedrez gigante. Allí se pasa los días golpeando la calculadora para que le cuadren los números. “Trabajar mañana, tarde y noche. Una esclavitud a prueba de bombas. Gracias a eso he podido levantar la compañía”.

Quería ser más rico que Florentino, más influyente que Florentino, más alto que Florentino. Sin lugar a dudas, el peor síndrome que padecía 'El Chato', sobrenombre con el que se le conoce, era el de Florentino

Fernando Martín, 67, licenciado en Ciencias Químicas, lleva gafas caídas como zapatero remendón, habla en el mismo tono que un comerciante de provincia y presume de memoria prodigiosa. Presumir y fabular le van en el cargo. Viejos compañeros de fatigas aseguran que es tan mago como Houdini, que se ha inventado su propia historia y que, de tanto repetirla, la ha terminado haciendo realidad.

Igual que idéo levantar la mayor inmobiliaria del país, también pergeñó en su magín hacerse con la presidencia del Real Madrid y, a fuer de imaginarlo, lo consiguió. Todavía hoy dice seguir manteniendo una relación cordial con el equipo blanco a pesar de salir de aquella forma. “Me llevo muy bien con la plantilla. No he perdido el contacto y sigo yendo al Bernabéu. Me invitan todos los fines de semana. La historia con Florentino Pérez es agua pasada. Sabemos lo que pasó: que al día siguiente de irse ya quería volver a la presidencia. Alguna vez he hablado con él e incluso me ha pedido perdón”.

Desde sus inicios ya padecía el síndrome de Florentino. Esto es, quería ser más rico que Florentino, más influyente que Florentino, más alto que Florentino. El Chato, sobrenombre con el que se le conoce tanto en su pueblo como en el palco del Bernabéu, es un coleccionista de síndromes (el de la Moncloa, el de Sísifo, el de Estocolmo), pero ninguno como el de Florentino.

“He estado jodido, muy jodido, pero ahora me encuentro bien”, confiesa Fernando Martín. “Mi gran fracaso ha sido Fadesa”, reconoce. “Jove me la ofreció y me gustó porque tenía mucho suelo a desarrollar, que era mi negocio, donde yo soy experto. Además, cotizaba en bolsa y había emprendido su expansión internacional. Era atractiva. Lo que desconocía era todo lo que ocultaba detrás”.

Tras la adquisición de Fadesa, los hechos se sucedieron con rapidez: suspensión de pagos, expedientes de regulación de empleo, pérdidas mil millonarias. El juez designó a administradores concursales tras la declaración de insolvencia, pero Fernando Martín se las apañó para continuar al frente del timón. “No os refinanciéis”, decía a todo promotor que quisiera escucharle. “Meteos en concurso. De esa forma seguiréis mandando en la empresa”.

Tal es así que, a pesar de la fila de acreedores que tiene llamando a su puerta, se fijó un ‘sueldo’ de 2,6 millones de euros en 2009. Los administradores no pusieron objeción alguna. “Ese dinero es casi regalado. Debería haber cobrado mucho más”, argumenta Fernando Martín. “Cuando dije a los bancos que iba a reiniciar viviendas en mitad del concurso, me miraron como si estuviera loco. Ahora me dan la razón. Sin mí, no podrían haberlo hecho. Les podía haber dejado y haberme ido a otro lado a hacer negocio. Pero me quedé. Poco me parecen 2,6 millones”.

VPO, el negocio de los pobres que le hizo rico

Cuando Ignacio Camuñas llegó de nuevas a Valladolid como cabeza de lista por la UCD allá por 1979 se encontró de secretario provincial del partido a un chico “muy inteligente y trabajador”, un tal Fernando Martín, del que no se podía imaginar entonces el papel protagonista que tendría años después. La aventura política le duró sólo tres años y medio, hasta que se produjo la debacle electoral de la UCD. Entonces Camuñas se lo llevó a Madrid y le metió en la compañía familiar, Prehogar Servicios Inmobiliarios, lo que supuso su primera toma de contacto con el mundo del ladrillo. “Allí fui subdirector, director y consejero delegado. Conseguí mucho dinero para ellos”.

Compraba suelo a precio de saldo a ACS y FCC y después lo revendía por el triple. “¿Por qué ACS y FCC se prestaban a ese juego? Nadie lo sabe", dice un cooperativista.

Tras dejar a los Camuñas, montó Promociones y Urbanizaciones Martín SA, conocida comercialmente como Martinsa. Su primera promoción fue en el barrio madrileño de Lacoma, “en la que tuve que negociar con el patriarca para el realojo de los gitanos y llegué a presenciar tiros por tema de drogas”, después vino Tres Olivos y ya más tarde los PAUs de Montecarmelo y Las Tablas, “mis grandes obras”, con las que comenzó a engrasar su caja registradora gracias a ese lucrativo negocio que en la Comunidad de Madrid supone la Vivienda de Protección Oficial (VPO).

Compraba suelo a precio de saldo a la ACS de Florentino Pérez y a la FCC Construcción de Emilio Cebamanos y después lo revendía por el triple. “¿Por qué ACS y FCC se prestaban a ese juego? Nadie lo sabe”, dice un cooperativista. Fernando Martín se hizo en enero de 2001 con la Parcela 37.3 de Montecarmelo por 2,4 millones de euros y la recolocó cuatro meses después por 6,2 millones; la Parcela 11.3 la adquirió por 1,75 millones y la vendió nueve meses más tarde por cuatro veces más: 7,7 millones.

La operativa era sencilla y consistía, grosso modo, en especular con la vivienda de protección oficial. Fernando Martín se quiso aprovechar de las lagunas de este mercado, igual que los los Pelayos se hicieron millonarios aprovechándose de las imperfecciones de las mesas de ruleta. “ACS y FCC no me regalaban el suelo. Yo se lo compraba. Es verdad que después se lo vendía a las cooperativas a un precio superior. No soy tonto”, dice.

Pero si lo que le hizo rico fue la VPO, lo que le convirtió en millonario fueron sus inversiones en bolsa. “Todo el mundo habla de lo que saqué en Sacyr, pero nadie de Fenosa”. Fue a raíz de estos pelotazos bursátiles cuando comenzó a creérselo de verdad. Sí, Fernando Martín, alias El Chato, podía superar a Florentino Pérez y convertirse en el hombre más rico de España. Pero en 2006 se topó con Fadesa, su “gran fracaso”, para la que se endeudó hasta la camisa del cuello y puso en marcha una polémica ampliación de capital que dejó un sinfín de ronchas entre quienes acudieron a ella. Y dos años después, en 2008 se dio de bruces con la “gran quiebra”.

En 2011, sin embargo, las tornas parecen haber cambiado. Martín se muestra eufórico. Sujeta entre sus manos un cuadro con las cifras de la compañía de la misma forma que el Rey Arturo blande su mágica Excalibur: más de 5.700 viviendas vendidas de 2008 a esta parte, una deuda reducida a 5.200 millones, unas pérdidas que a 31 de octubre del pasado año no llegaban a los cien millones frente a los 2.500 de hace dos ejercicios. “¿Cómo es posible que esté vendiendo tantas casas? Porque nadie tiene suelo a un precio tan bajo como el mío”. Fernando Martín ha vuelto. Se ha levantado y ha echado a andar. Es otro síndrome: el de Lázaro.

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Caza Mayor
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