El exilio sevillano de Luis Portillo y otros relatos bélicos

El ex presidente de Colonial Luis Portillo, junto a Esther Koplowitz (EFE)Sus antiguos socios no lo tienen localizado. Sí, alguna vez nos lo hemos encontrado en

El ex presidente de Colonial Luis Portillo, junto a Esther Koplowitz (EFE)

El ex presidente de Colonial Luis Portillo, junto a Esther Koplowitz (EFE)

Sus antiguos socios no lo tienen localizado. Sí, alguna vez nos lo hemos encontrado en el AVE, dicen, pero sinceramente no sabemos qué ha sido de él. Nadie lo sabe. Ha hecho ahora tres años que Luis Portillo, 48, el hijo de albañil que jamás cursó estudios superiores, que quedó deslumbrado por el boato de la gran ciudad, que convenció a los analistas de que aquella caja de fósforos vacía que acababa de adquirir valía casi tanto como Google, que marcó un antes y un después en el sector del ladrillo, hace tres años, digo, que Luis Portillo decidió desaparecer de la faz de la tierra. Le sucedió lo que a Charlie Croker, aquel personaje de la América profunda que Tom Wolfe retrataba en Todo un Hombre, un empresario inmobiliario que coleccionaba rascacielos como otros coleccionan sellos y acabó roto y acorralado por un crédito bancario que no podía pagar.

 

Igual que le sucedió a Croker, Portillo se ha ido desprendiendo de sus bienes para hacer frente a las deudas que le atenazan. Jets privados, coches, acciones. Los ha ido vendiendo según le apretaban los acreedores. Poco le queda ya. La Altabaja, fastuosa finca que poseía en el parque natural de la Sierra de Hornachuelos, en la que abundaban los alcornocales y en la que los fusiles encaraban los venados al tiempo que se amarraban los negocios, también ha sido embargada. Se la quedó recientemente la antigua Caja Castilla-La Mancha. Así consta en el Boletín Oficial del Registro Mercantil de fecha 2 de noviembre de 2010. Hay quien recuerda cómo el constructor se valía de un helicóptero de su propiedad para transportar alimentos a los muflones para que no se le murieran. Nada se sabe del helicóptero, ni de los muflones, ni tampoco de Portillo. Este diario ha intentado ponerse en contacto con el empresario y tampoco ha tenido éxito.

 

A sus puertas, sin embargo, ya no llaman los alcaldes ni los banqueros, a no ser que sea para que les abonen las facturas pendientes. Hasta Deloitte, el auditor de sus sociedades, se muestra receloso de cruzar el umbral

Sí conserva su palacete de la sevillana avenida de la Palmera, donde se ubican las oficinas de Zent Inversiones, su grupo empresarial, un inmueble preciosista al que se conoce como Casa Luca de Tena por haber sido propiedad de los fundadores del diario ABC. De estilo regionalista andaluz, fue diseñado por Aníbal González, el arquitecto de la burguesía sevillana, el mismo que hizo la Plaza de España para la Exposición Iberoamericana que se celebró en la capital hispalense y la ampliación del Edificio del ABC en la Castellana de Madrid. La actual sede de Zent fue construida entre 1923 y 1926, y destaca por la fachada de arquería de medio punto en ladrillo tallado y azulejos polícromos. Dicen que la Casa Luca de Tena fue uno de los cuarteles desde los que se dirigió el alzamiento de las tropas franquistas comandadas por el teniente general Queipo de Llano. Si las paredes de este palacio hablaran, podrían relatar numerosas historias de los caídos en combate. Tanto durante la guerra como ahora con el crash del ladrillo.

 

Es en esta majestuosa mansión adecentada para el business donde Luis Portillo mantiene su centro de operaciones. A sus puertas, sin embargo, ya no llaman los alcaldes ni los banqueros, a no ser que sea para que les abonen las facturas pendientes. Hasta Deloitte, el auditor de sus sociedades, se muestra receloso de cruzar el umbral. Tal es así que se ha negado a avalar las últimas cuentas de Zent, las correspondientes a 2009, por sus numerosas anomalías. Una realidad que se encuentra en las antípodas de lo que ocurría hace poco más de cinco años, cuando el empresario comenzaba a despuntar y los financieros de media España hacían cola en su palacete para ser recibidos por el gurú Portillo.  

 

Sede de Zent Inversiones en Sevilla (ARCHIVO)

Sede de Zent Inversiones en Sevilla (ARCHIVO)

Entraban en su despacho y el sevillano los saludaba con la misma familiaridad que a los amigos de la infancia. No los conocía de nada salvo por el apunte de su secretaria en la agenda, pero se desnudaba ante ellos sin ninguna impudicia. Sacaba del cajón la fotografía del jet privado que se acababa de comprar para mostrársela, después los llevaba hasta la ventana para enseñarles el Lamborghini que le habían traído del extranjero porque el modelo que quería no se encontraba en España, y entre una cosa y la otra, se paraba en la pantalla de cuarenta pulgadas que tenía en medio del despacho para seguir minuto a minuto la cotización del BBVA. Había adquirido cien millones de euros en acciones del banco y ya había doblado la inversión.

 

Hay dos cualidades que marcan el carácter de Portillo: una osadía temeraria y una ambición que no conoce límites, sin poder discernir cuál de las dos prima sobre la otra. Es como aquél al que preguntaron cuánto dinero quería llegar a tener y éste contestó lacónico: un poco más. Pasar de uno a dos millones, de dos a diez, de diez a veinte, de veinte a cien, de cien a mil. Siempre un poco más.

 

Colonial, un muerto más en el cementerio de la bolsa

 

Luis Portillo comenzó su particular conquista de Madrid en 2004 de la mano de Domingo Díaz de Mera. Sevillano el uno, ciudadrealeño el otro, pusieron su primera pica en la capital coincidiendo con la ofensiva lanzada por Caltagirone para hacerse con Metrovacesa. Aprovechándose de esta circunstancia, ambos se ofrecieron a Joaquín Rivero, entonces presidente de la inmobiliaria, para entrar en el capital y así frustrar las pretensiones del italiano, lo que finalmente consiguieron. Esta experiencia le sirvió a Portillo para comprobar la velocidad con la que se movía el dinero en Madrid y las puertas que se abrían a los que poseían el vil metal. Con el paso de los meses, su ambición se fue sofisticando. No era sólo riqueza. También se trataba de poder.

 

Fue el inicio de la vorágine bursátil: primero se hizo con Inmocaral (antigua Fosforera), cuyas acciones puso en órbita tras una ‘artificial’ ampliación de capital en la que entraron nombres como Alicia Koplowitz o Rafael del Pino; acto seguido le tocó el turno a Colonial, operación que cerró en un abrir y cerrar de ojos después de que le chivaran que Brufau y Rivero estaban almorzando para tratar el asunto y robarle la compañía; también entró en el capital de FCC, de donde obtuvo una fotografía con la bella Esther Koplowitz, algo que no está al alcance de cualquiera; y se hizo con el cien por cien de Riofisa, una compañía que los expertos valoraban en cuatrocientos millones de euros, que salió a bolsa por novecientos y que Portillo compró por dos mil. Todo en cuestión de meses. Fue tan exorbitante la oferta que Mario Losantos, dueño de Riofisa, no dudó en vender la compañía y deshacerse de la herencia de su padre.   

 

La Colonial, la nueva Colonial levantada por Portillo, llegó a valer en el parqué madrileño cerca de 10.000 millones de euros. Hoy cualquiera puede comprar una acción por tan sólo cinco céntimos. El cementerio de la bolsa está repleto de inmobiliarias que cotizan por debajo del euro. “Tengo un millón de títulos de la compañía –dice un minorista damnificado-. Antes era una pasta, ahora poco más de 50.000 euros y en un futuro sólo me servirán como papelitos para decorar el trastero de mi casa”.

 

Pidió árnica a esos bancos que tan dadivosos fueron a la hora de concederle los préstamos con unas condiciones ventajosas que hoy causarían pavor, pero también le dieron la espalda

Un día el viento dejó de soplar del norte y se puso a soplar del sur. Ese día, los inversores dieron la espalda a Portillo y su megaproyecto inmobiliario. Por sistema, todos los viernes caía la cotización de Colonial entre un quince y un treinta por ciento. Era como un ritual. Casi un entretenimiento. Bastaba clavar la mirada en la pantalla para ser testigo de la debacle. El sevillano intentó frenar el desplome con la compra de acciones. El mal fue todavía mayor. Nadie, ni siquiera Portillo, podía ir contra el mercado. Pidió árnica a esos bancos (Bankinter, CCM, Citi, etcétera) que tan dadivosos fueron a la hora de concederle los préstamos con unas condiciones ventajosas que hoy causarían pavor y que justificaban con unos análisis que hoy provocarían vergüenza, pero también le dieron la espalda. En diciembre de 2007, abandonaba la compañía.

 

Fue entonces cuando decidió exiliarse a su Sevilla natal para olvidarse de los sinsabores de Madrid y empezar de nuevo con algo más de humildad, como cuando hacía obras para la Expo de Sevilla, o como cuando se levantaba en medio de la reunión para entregar las llaves del piso a sus clientes. Junto a su mujer, María Jesús Valero, con la que comparte sociedades, ha vuelto a sus orígenes, a Dos Hermanas, donde le han adjudicado la construcción de viviendas protegidas. También cuenta con promociones en otros puntos de Andalucía. De Madrid no quiere saber nada. Apenas alguna conversación por teléfono con alguno de sus antiguos socios.

 

- ¿Qué tal va tu compañía? –preguntó Portillo a uno de ellos-. Es que tengo unos ahorrillos de mi padre por eso de la jubilación y los quería invertir.

- No sé qué decirte –le contestó-. Mira cómo está el panorama. Tú mismo.

- Es que yo creo que tu empresa es de lo mejor que hay y su evolución en bolsa no ha sido mala.

- ¿Pero a cuánto ascienden los 'ahorrillos' de tu padre? –preguntó su ex socio.

- Nada, unos diez millones de euros –respondió el sevillano.

 

Así es Portillo. ¿Y cuánto dinero quiere Portillo? Más, siempre un poco más. 

 

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Caza Mayor
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