Bruno Figueras, el empresario repudiado por la burguesía catalana

Le han dado la espalda. Aquella burguesía catalana a la que pertenecía por sangre y cuna, que seguramente no por vocación, con la que departía en

Le han dado la espalda. Aquella burguesía catalana a la que pertenecía por sangre y cuna, que seguramente no por vocación, con la que departía en recepciones y compartía palco unas veces en el Liceo, otras en el Palau, la de los Rodés, Cuatrecasas, Andic y demás ilustres apellidos del seny, le ha dado la espalda. “Ya no se le ve. Ha desaparecido”, reconocen en este círculo de notables. “Es lo que sucede cuando engañas a la gente que te rodea y tienes problemas con los bancos, sobre todo en una ciudad como Barcelona, que es muy pequeña y nos conocemos todos”, agregan.

 

La existencia de Bruno Figueras, propietario de Habitat, cambió por completo el día en que embarcó a un puñado de ricachones de la Ciudad Condal –incautos, dicen unos; avariciosos, les acusan otros- en la operación de compra de Ferrovial Inmobiliaria para, meses después, declararse en quiebra. Aquel fiasco tuvo dos consecuencias: el desprecio de los suyos, primera; y unas cuentas demandas, segunda.

 

Bruno Figueras, 55, aguanta el chaparrón como puede. “Está muy solo”, reconocen los próximos. Para combatir tal desánimo, se refugia en sus fundaciones, en su faceta de mecenas y coleccionista de arte, donde se encuentra como pez en el agua, y en su grupo de música, Pesadijazz, donde toca la guitarra de forma anónima -sin que nadie le señale con el dedo como el empresario del ladrillo que es- en los conciertos que dan en los aledaños de la barcelonesa Plaza Real. Y allí, subido al escenario, se pregunta con frecuencia cómo alguien como él, con sus inquietudes intelectuales y su desapego al dinero, ha terminado envuelto en aquel embrollo de abogados, acreedores y farragosos documentos en papel verjurado imposibles de descifrar. La respuesta no se le escapa a nadie: aquel mundo, el que versa sobre activos, pasivos y ratios, no era su mundo sino el de su padre, Josep María Figueras, prócer catalán y fundador de Habitat.

 

“Bruno es empresario porque ha nacido en una familia de empresarios, pero posee una vida interior que va más allá de una mera cuenta de resultados”, señalan sus íntimos. “Está más influenciado por el mundo de la cultura que por el del dinero. Lo que sucede es que heredas lo que heredas”. A la figura de Bruno Figueras siempre le ha perseguido la sombra de su padre Josep María, un hombre que despuntó desde muy joven, que hizo sus pinitos en política, que fue presidente de la Cámara de Comercio y de la Fira de Barcelona y que impulsó los edificios Trade, justo detrás de la Avenida Diagonal, cuatro torres monumentales que están catalogadas como edificios de interés arquitectónico. Cuando su padre creó en 1953 la constructora Fisu, más tarde conocida como Habitat, Bruno todavía no había nacido. Esas cosas marcan.

 

Progenitor y vástago pertenecen a dos generaciones distintas. Bruno Figueras, MBA por Stanford, dista de parecerse a un ejecutivo al uso. Viste de forma estrambótica, con colores llamativos y corbatas transgresoras con dibujos inidentificables, y reside en una casa que escapa a cualquier estereotipo, entre psicodélica y minimalista, así que cuando tomó las riendas de la compañía no dudó en llevar esta peculiar forma de entender la vida a la gestión de Habitat, esto es, con un management intuitivo, cercano a la gente, poco dado a gestos grandilocuentes. ¿Se veía con fuerzas suficientes para continuar con el legado de su padre? Seguramente sí. ¿Era ése su destino? Probablemente no.

 

Puso en marcha una división hotelera con ambiciones y cuidada arquitectura, véase el Sky de Barcelona o el Bauzá de Madrid, establecimientos de los que se sentía especialmente orgulloso y de los que se ha tenido que ir desprendiendo para hacer frente a los pagos (todavía conserva el Hotel de las Letras, ubicado en la Gran Vía madrileña); acometió la expansión internacional en países tan exóticos como la India, a donde viajó personalmente para desbrozar el camino, y a finales de 2006 se dio de bruces con Ferrovial Inmobiliaria, filial a la que la familia Del Pino había envuelto con lazo y papel celofán para colocar en el mercado. Ni siquiera un ‘intelectual’ como Bruno Figueras pudo escapar a los cantos de sirena que llegaban desde Madrid por boca de bañuelos, portillos y otros señores del ladrillo. El oasis catalán se le quedaba pequeño y en Madrid había dinero. Mucho dinero.

 

El dossier de venta de Ferrovial Inmobiliaria se paseó sin éxito por los despachos de medio país a sabiendas de que, en aquella burbuja, bastaba con cambiar el rótulo de la puerta de entrada, de uno que pusiera ‘consulta del dentista’ a otro que dijera ‘se vende piso’, para centuplicar el valor de la compañía. Aquel documento cayó en manos de Bruno Figueras. Al principio, no veía la operación. Éste no es mi terreno, pensaba. Después se fue animando. Estaría pecando de incuria si no me aprovechara del contexto actual, le daba vueltas a la cabeza. Si no conformara una gran inmobiliaria y la sacara a bolsa, como ha hecho el resto de competidores, insistía. Con este argumento, se puso a buscar compañeros de viaje entre sus conocidos de la burguesía catalana.

 

Entre todos la mataron y ella sola se murió

 

Al olor del dinero llegaron la familia Rodés, fundadores de Media Planning; Isak Andic, propietario de la cadena de moda Mango; el abogado Emilio Cuatrecasas; Dolores Ortega, sobrina del dueño de Zara, y José Antonio Castro, presidente de los hoteles Hesperia. Entre todos ellos desembolsaron ciento cincuenta millones de euros. “Fue fácil. Bruno Figueras es una persona que cautiva en el cara a cara, un encantador de serpientes. Nos vino con lo de Ferrovial a cinco incautos como yo y nos engañó como chinos”, dice uno de los mencionados.

 

Se declararon en concurso en noviembre de 2008, ostentando el dudoso honor de ser la segunda mayor suspensión de pagos en la historia de España tras Martinsa-Fadesa

Quizá fuera por los repentinos aires de grandeza de Figueras; quizá fuera por la obcecación de Fernando Cirera, entonces director general de Habitat, en aras de culminar la operación; quizá fuera por las ansias de ese ambicioso grupo de inversores particulares; quizá fuera la exorbitante valoración que de Ferrovial Inmobiliaria hizo el banco de inversión N+1; quizá fuera por estas razones y por otras muchas más, pero el hecho es que todos ellos adquirieron Ferrovial Inmobiliaria por 2.200 millones de euros para meses después declarar el concurso de acreedores. Pusieron los avales en enero de 2007 y en septiembre, cuando fueron a firmar la ampliación de capital, ya eran conscientes de que les habían dado gato por liebre, de que su inversión no valía nada, de que caminaban indefectiblemente hacia la quiebra

 

Se declararon en concurso en noviembre de 2008, ostentando el dudoso honor de ser la segunda mayor suspensión de pagos en la historia de España tras Martinsa-Fadesa, y año y medio después, en abril de 2010, salieron del mismo tras firmar un convenio de acreedores cuyo primer pago se hará efectivo este mayo. Mientras tanto, Figueras y los socios minoritarios se han enzarzado en una batalla judicial que, entre demandas, fallos y recursos, tardará un tiempo en dirimirse.

 

Bruno Figueras se da un plazo de cinco años. “En ese período se dedicará intensivamente a cerrar estos embrollos y enderezar la compañía”. Una vez conseguidos estos objetivos, lo dejará todo. Al menos, la gestión diaria del negocio. En estos momentos tan duros, en los que reconoce que sólo ha recibido el apoyo de La Caixa, le duelen como dardos envenenados las palabras de sus otrora socios -que le acusan de haberles ocultado información- y la etiqueta de apestado que le han colocado en los cenáculos catalanes, los mismos que ponían una alfombra roja a los pies de su padre, el gran Josep María, cuando éste hacía acto de presencia.

 

Entregas anteriores:

 

- El comerciante de níscalos y la herencia maldita de Astroc (X)

 

- El exilio sevillano de Luis Portillo y otros relatos bélicos (IX)

 

- Carabante, el constructor que acabó con el descubridor de Fernando Alonso (VIII)

Caza Mayor
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