Urgoiti y Manrique: de la cultura del pelotazo al “España nos duele”
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Nacho Cardero

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Urgoiti y Manrique: de la cultura del pelotazo al “España nos duele”

El destino ha querido que Juan Manuel Urgoiti y Manuel Manrique expíen sus pecados en el infierno de los concursos y los affaires internacionales.

El destino ha querido que Juan Manuel Urgoiti y Manuel Manrique expíen sus pecados en el infierno de los concursos de acreedores y los affaires internacionales. Los ha colocado al frente de Pescanova y Sacyr igual que Dante situaba a los derrochadores en el cuarto círculo, donde cargaban con enormes fardos de oro a modo de penitencia. Ambos sufren el devenir de los tiempos, las nefastas consecuencias de una forma arraigada, puede decirse que atávica, de entender los negocios en España. Si antes los acuerdos se cerraban en las fincas de la beauty, en la cena previa al ojeo de perdices del día posterior, ahora se rubrican en los juzgados y en las cortes de arbitraje. Y no con plumas de ganso y frasco de tinta, sino con los bolígrafos de toda la vida, esos Bic que se venden en paquetes de a diez.

Juan Manuel Urgoiti (Madrid, 1939) pasaba por ser un óptimo ejecutivo de banca, primero del Vizcaya y luego del Bilbao Vizcaya, hasta que en uno de esos caprichos de la edad tuvo la ocurrencia de ir un escalón más allá y jugar a ser banquero de verdad, como los March o los Botín-Sanz de Sautuola. Casado con una Girod, hija del conocido relojero suizo, se dejó llevar por los fastos de la jet set madrileña y así las cosas, entre bocarte y bocarte, se lanzó a montar su propia entidad financiera. En 1991, fundó Banco21 junto a otros empresarios y expertos del mundo de las finanzas. La entidad estaba radicada en Madrid y orientada a altos patrimonios y créditos a empresas. En 1993, adquirió la totalidad de Banco Gallego. Su juguete financiero.

placeholder El presidente de Pescanova, Juan Manuel Urgoiti. (EFE)

Todo eran parabienes hasta que irrumpió la crisis. Entonces, las palmaditas en la espalda se tornaron en afilados cuchillos. La entidad no cumplía ni con los tres primeros capítulos del Código de Buenas Prácticas y se encontraba próxima a la quiebra. Su frágil situación la llevó a ser devorada por NCG e intervenida por el Estado. En 2013, el FROB vendió Banco Gallego por un solo euro. El coste para el erario público, sin embargo, fue mucho mayor y alcanzó los 525 millones de euros: 80 al ser rescatado, 245 al endosarlo al Sabadell y otros 200 millones de crédito fiscal. Salvo milagro, es más que probable que estas cantidades no se recuperen nunca.

“Le tuvimos que convencer para que nos acompañara en el lío de Pescanova. Aunque al principio se lo pedimos como un favor, ahora se ha convertido en un proyecto vital para Urgoiti. Después de su salida de Banco Gallego, aquí tiene una posibilidad de redimirse”, comentan sus compañeros en el grupo pesquero. “Sólo nos puso una condición, mejor dicho, nos hizo una pregunta: '¿Vais en serio? ¿Os la queréis jugar en Pescanova?' En julio, nos dijo que sí, que tiraba del carro, y nos pusimos a llamar a posibles aliados para hacernos con el control y gestión de la compañía”. Entre estos aliados se encontraba Luis Sánchez-Merlo, hombre clave de la Transición, exjefe de gabinete de Leopoldo Calvo Sotelo, actual consejero de la Sareb y marido de una prima hermana del rey Juan Carlos. Sánchez-Merlo, uno de los dos consejeros independientes promocionados a instancias del grupo Carceller, abandonó la compañía a principios de año. Arguyó “temas personales”. ¿La realidad? “Aquello era un infierno”. 

Para desgracia de Urgoiti, los buitres sobrevuelan Pescanova como en los westerns de Sergio Leone. Huelen sangre. Algunos de ellos tantean la posibilidad de hacerse con el grupo a precios de derribo para dentro de cinco, diez años, desguazarlo y vender cada una de las líneas de negocio al mejor postor. Es la idea que le ronda a Centerbridge, que trata de arrebatar la compañía al consorcio liderado por Damm (Carceller) sin más oferta, o más armas, que un powerpoint “sujeto a revisión” al que ni siquiera acompaña una carta firmada por el responsable del fondo.

Otro tanto los chilenos, que pretenden engordar su bolsa aprovechando el orgullo mellado del otrora buque insigne de la Marca España. Los bancos de aquel país, conscientes de la debilidad de Pescanova, le exigen hasta los higadillos para no ejecutar a su filial. “Va a ser difícil hacer una salida ordenada de Chile con resultados positivos. Ya hemos ido dos veces y las dos veces nos hemos vuelto con las orejas gachas. No ha habido posibilidad de acuerdo”, recalcan en el grupo. La junta de acreedores rechazó su propuesta de alargar el proceso de venta de Pesca Chile y sus filiales salmoneras Acuinova y Nova Austral hasta mayo o junio, al tiempo que desestimaba el adelanto de un pago inicial de 30 millones para afrontar créditos inmediatos. “Los bancos se van a quedar por 300 millones de deuda con una compañía que, dentro de unos años, va a valer 500”, se lamentan. 

Como tercer obstáculo para Urgoiti –el más relevante de todos– aparece la banca española. Quizá porque el mundo de los negocios no sabe de patrias, estas entidades exhiben una dureza similar a la de sus colegas chilenos. Cuando ya daba por desbrozado el camino para llegar a un acuerdo con los acreedores, se ha topado con auténticas rocas, con toros más difíciles de manejar que los de Guisando. Para desbloquear las conversaciones, la cervecera Damm y sus aliados de KKR, Luxempart y Ergon Capital, se han visto forzados a ofrecer otro 10% de la pesquera a las entidades financieras, así como una quita de la deuda inferior al 80% inicialmente previsto.

Para tratar de sumarlas a la causa, Pescanova apela al “España nos duele”. Los mismos que unos años atrás vivían entre oropeles y dormían con el último ejemplar de Forbes bajo la almohada son los que ahora, en concurso o a punto del mismo, piden árnica para sus empresas alegando que lo que es bueno para ellas, lo es para el país. “Si tenemos 3.600 millones de pasivo y 700 corresponden a entidades extranjeras, que no se van a sentar a negociar conmigo, entonces, señores de España, ustedes me tienen que echar una mano. La cuestión es muy sencilla: ¿nos conviene poner al borde de la desaparición a una compañía que ha sido imagen de país?”.

placeholder El presidente de Sacyr, Manuel Manrique. (Reuters)

El presidente de Sacyr, Manuel Manrique (1954, Navas de San Juan, Jaén), toma prestada esta misma salmodia para protegerse de los nubarrones que se ciernen sobre su compañía. “España le duele” a Manrique lo que a Carlos V los ataques de gota. Se queja de que este es un país cainita, que se alegra de los males del vecino, de los juicios sumarísimos, de las empresas con problemas económicos, en definitiva, de las desgracias ajenas. “En lo de la ampliación del Canal, en el AVE a la Meca… ¿podemos hacer una piña con los españoles? Nunca la hacemos. Somos así…”.

Sacyr, acrónimo de Sociedad Anónima Caminos y Regadíos, nació en 1986 de la mano de cuatro ingenieros de caminos –Loureda, Del Rivero, Riezu y Manrique–, todos ellos procedentes de Ferrovial. Gente sencilla a la que se veía con frecuencia por las obras departiendo con los aparejadores. Al poco llegaron los años de bonanza. Entonces, se quitaron el casco y empezaron a preferir las plusvalías de la Plaza de la Lealtad, sede de la Bolsa, antes que los exiguos márgenes de las viviendas de protección oficial. Entre 2004 y 2011, transcurrieron los siete años ominosos de Luis del Rivero. Fueron los tiempos del ataque a BBVA y Repsol.

Los actuales gestores reniegan de aquella época como de una enfermedad venérea, pero lo cierto es que en aquellos años todos se dejaban llevar por el living la vida loca. Manrique, sin ir más lejos, se ufanaba de tierras y casoplón. Adquirió por la nada desdeñable cifra de 52 millones de euros una finca, El Santo, a Juan Herrera Fernández, casado con una Martínez Campos, sobrino del cardenal Ángel Herrera Oria, marqués de Viesca de la Sierra y condecorado con las Grandes Cruces de Isabel la Católica, del Mérito Civil, del Mérito Nacional, de Alfonso X el Sabio y de San Gregorio Magno. En la operación de compraventa, Manrique ‘heredó’ unos terrenos escasamente productivos y una hipoteca de quitar el hipo, pero no así los títulos y medallas. Esos se quedaron en la casa de los Herrera Fernández.

La crisis ha sacado a Manrique de semejante trampantojo. La crisis y la megalomanía del anterior presidente de Sacyr, Luis del Rivero. “Manolo está pasando por una de las etapas más difíciles de su vida”, reconocen sus próximos. Se está dejando sangre, sudor y alguna lágrima por llegar a un acuerdo dinerario con la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), continuar con las obras de ampliación y esquivar el estigma reputacional que podría ser fatal tanto para la constructora española como para nuestro país. “Nosotros creímos que la solución que puso sobre la mesa Zurich [la aseguradora de las obras del Canal] antes de Nochebuena la firmábamos. La presentamos en el Consejo y dio su visto bueno. Zurich nos dijo que había un preacuerdo con la Administración panameña. Creíamos que se firmaba… Pero no fue así”.

En Sacyr tienen la sensación de que, por muchas propuestas que hagan, todas terminan encallando en el muro de la ACP. No hay afán en llegar a ningún tipo de pacto. La última de ellas, a instancias también de Zurich, se está negociando estos días y se muestra como una solución salomónica. Así, la aseguradora que cubre la fianza en caso de incumplimiento ofrece los 600 millones de dólares del seguro para financiar la terminación de las esclusas si la ACP aporta otros 500 y no exige a Sacyr la devolución de los adelantos de 780 millones hasta que se diriman los arbitrajes.

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“Se nos ha atacado mucho por los sobrecostes, pero esto es algo normal en cualquier obra. En la del Canal de la Mancha, por ejemplo, el presupuesto se multiplicó por cinco. Aquí hablamos del 50%, no del 500%, lo cual entra dentro de la normalidad en un proyecto tan complejo como este. (...) Bechtel, el otro candidato a hacerse con las obras del Canal, también tiene sus claims. En el aeropuerto de Doha, por ejemplo, llevan dos años de retraso”.

En Sacyr se malician que Panamá ha ideado un plan B para terminar las obras sin contar con la constructora. La prueba del siete la tienen en las ofertas que la ACP está realizando a los ingenieros españoles para que cambien de bando y se vayan a trabajar con ellos. “Llevan meses tras sus pasos”, reconocen. Sacyr, al igual que otras compañías nacionales, están pagando por los excesos del pasado. En su afán por que no les roben la cartera en el extranjero, se embuten la casulla de patriota e invocan el “España nos duele” como si el ciudadano de a pie fuera el responsable de sus males, cuando no es más que el paganini de una fiesta a la que nunca le invitaron.  

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