Edmond Safra y los orígenes de la lista Falciani en España

El banquero Edmond Safra falleció el 3 de diciembre de 1999 en extrañas circunstancias. Murió en Monte Carlo, en su ático del palacio Belle Époque, joya

Foto: Ilustración: Raúl Arias
Ilustración: Raúl Arias

El banquero Edmond Safra falleció el 3 de diciembre de 1999 en extrañas circunstancias. Murió en Monte Carlo, en su ático del palacio Belle Époque, joya arquitectónica valorada en cerca de 250 millones de euros. Un incendio provocado acabó con su vida. Safra y su asistenta trataron de evitar el fuego encerrándose en una habitación blindada. Ambos murieron asfixiados. Su esposa Lily y su hija corrieron mejor suerte. Aunque la Fiscalía de Mónaco apuntó en un principio a las mafias rusas, finalmente el único condenado fue un enfermero, el estadounidense Ted Maher, al que sentenciaron a 10 años de prisión. Más tarde, Maher negaría la autoría del incendio e insistiría en que su confesión había sido arrancada bajo presiones. El banquero tenía más de dos millones de clientes en el mundo. Muchos de ellos pertenecientes a la elite internacional. Muchos de ellos, españoles. Muchos de estos nombres son los que aparecen hoy en la lista Falciani.   

Edmond J. Safra. (Meravl21)
Edmond J. Safra. (Meravl21)

La actividad de Edmond Safra (1932-1999), judío sefardí bautizado como Mistery Man por Business Week, comenzó en el triángulo comprendido entre Beirut –de donde era oriundo–, Tánger y Ginebra. Procedente de una familia que había hecho fortuna financiando caravanas de camellos y traficando con oro, montó su primer banco en los años cincuenta, el Trade Development Bank (TDB), que luego vendió a American Express. La operación no estuvo exenta de problemas y la entidad norteamericana terminó acusando al financiero de blanquear dinero y estar involucrado en el escándalo Irán-Contra, afirmaciones que a la postre resultarían falsas. Safra se centró entonces en otra de sus entidades, el Republic National Bank de Nueva York, un gigante de las finanzas con sede en Ginebra que comenzó con el menudeo del retail en Estados Unidos y acabó expandiéndose con un ambicioso entramado internacional en el que se incluía España.  

Safra era un viejo conocido en nuestro país. Lo fue desde el principio, desde que eligió el norte de Marruecos como una de sus bases de operaciones. No resultaba difícil verle sentado a la mesa un día con Emilio Botín y al siguiente con Vilarasau y Fainé. Los banqueros españoles lo tenían en alta estima y lo consideraban, por su perfil conservador, como un Luis Valls Taberner del Internacional. Con este pedigrí, consiguió arrastrar a grandes familias nacionales y a un nutrido grupo de la comunidad judía tales que Maxín, Toledano o Hatchwell, según desvela la investigación llevada a cabo por El Confidencial y laSexta junto a un consorcio de medios internacionales liderado por Le Monde y el ICIJ. Algunos abrieron cuenta en Suiza para evitar pagar impuestos; otros, simplemente, lo hicieron por una cuestión de supervivencia. Era el caso del capital judío que, después de la Segunda Guerra Mundial, buscaba más la protección que la rentabilidad.

El banquero libanés, cansado y enfermo de párkinson, decidió en 1999 vender el Republic National Bank al HSBC por 10.300 millones de dólares. Como si el destino estuviera escrito de antemano, Safra falleció apenas unos días antes de que se cerrara la operación, prevista para enero de 2000. Su asesinato, además de convulsionar los mentideros financieros, hizo que la venta de la entidad se llevara a cabo sin el tutelaje del alma máter y dejando muchos cabos sueltos. Esto provocó que los clientes de Safra, cuyos números de cuenta parecían estar registrados únicamente en la mente del multimillonario, vieran peligrar su anonimato con tan luctuoso acontecimiento.

Safra no montaba estructuras locales. Tampoco en España. Al contrario que el HSBC, cuyas filiales estaban perfectamente comunicadas unas con otras y funcionaban como un engrasado reloj suizo –nunca mejor dicho–, lo del banquero libanés era un cartapacio virtual del que pocos tenían constancia. Al culminar la compra del Republic, la entidad británica conectó estos ‘clientes escondidos’ con sus miles de oficinas repartidas por el mundo y el entramado salió al descubierto. Después llegó Hervé Falciani y se los llevó en una lista.

En una conversación de El Confidencial con el abogado Jorge Trías Sagnier, este ponía negro sobre blanco el barullo producido tras la fusión y reconocía que, hasta que no vio su nombre en la lista Falciani, desconocía que hubiera tenido cuenta en el HSBC: “Llamé al banco en busca de una explicación porque yo jamás he abierto cuenta alguna en las oficinas del HSBC. Sí la tuve en Republic National Bank of New York, sucursal de Ginebra, que fue vendido por su propietario Edmond Safra –al que conocí– a HSBC en 1999, cuando yo ya no tenía relación alguna con esa entidad. Abrí esa cuenta para poder percibir unos honorarios profesionales, 30.000 euros, que fueron traídos y declarados oportunamente en España”.  

Decir que el listado se nutre únicamente de los clientes de Safra sería una conclusión demasiado simplista, además de falsa. Aparte de la comunidad judía y de los vips del multimillonario libanés, al HSBC también acudieron fortunas patrias en busca de una fórmula para proteger su capital de la inestabilidad y la devaluación de la peseta y, sobre todo, para ahorrarse impuestos. A finales de los ochenta, los noventa y primera década del siglo XXI, años de pelotazos y corrupción, otros protagonistas de dudosa reputación trataron de levantar puentes con la suiza HSBC para ocultar lo que no querían que nadie viese: millones de euros camuflados bajo el manto de negocios legales e inversiones lucrativas. Incluso hoy, ya destapado el escándalo, los representantes del mundo del dinero se muestran permisivos y se interesan por la ‘maléfica’ lista en un tono condescendiente, no tanto para evitar que salga su nombre sino al contrario, preocupados por que no aparezca. Si no estás en la lista Falciani, deben pensar, no eres nadie.

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La Hacienda española se ha valido de todo el arsenal que tenía a su alcance para 'invitar' a regularizar a los evasores: burofaxes, cartas y llamadas telefónicas a oficinas y casas particulares. Si la mujer abría inocentemente la puerta al ‘cartero’, cogía el sobre que estaba a nombre de su marido y estampaba la firma preceptiva pensando que se trataba de una tarjeta de puntos o del catálogo de una subasta de joyas, ya no había vuelta atrás. Los ‘anónimos’ evasores quedaban atrapados y el fisco se les echaba encima como tigres de bengala. La lista Falciani ha provocado auténticos dramas familiares, de herencias que, para no aflorar lo que no estaba bien visto, decidieron permanecer en los cajones de Ginebra. Así hasta que Hacienda se hizo con el dosier y se desataron las hostilidades. Todo valía. Como en la guerra, los inspectores premiaban incluso la delación entre miembros de la propia familia para recuperar el dinero sustraído a las arcas del Estado.

La lista Falciani es algo más que una lista de evasores con cuenta en Suiza, más que una solitaria campaña de Hacienda para cazar defraudadores. La lista Falciani es el retrato de Dorian Gray de esa sociedad española de moral laxa que se creía impune. Lo fue hasta que estalló la Gran Crisis de 2008, hito necesario para contextualizar lo sucedido y entenderlo en su verdadera dimensión. La lista Falciani es la lista de una España en recesión, de compañías en quiebra y corrupción, de esa España que se ocultaba entre cortinas, y presumía de ello.

Caza Mayor
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