Puigdemont en el Ayuntamiento, Junqueras en La Moncloa

Quien crea que el líder de ERC se va a lanzar a los brazos del Gobierno de Madrid a cambio de la presidencia de la Generalitat se equivoca

Foto: Carles Puigdemont (c), Oriol Junqueras (i) y Raül Romeva, en la conferencia 'Un referéndum para Cataluña. Invitación a un acuerdo democrático'. (EFE)
Carles Puigdemont (c), Oriol Junqueras (i) y Raül Romeva, en la conferencia 'Un referéndum para Cataluña. Invitación a un acuerdo democrático'. (EFE)

No es una cuestión exclusiva de los medios de Madrid, ya saben, esos periódicos con pelo de la dehesa que se han vendido al poder central (sic) para desmontar el andamiaje soberanista. Quienes se hacen esta pregunta son destacados dirigentes de la Generalitat, miembros del PDeCAT que desconfían del líder de ERC porque consideran que, cinco minutos antes del choque, se bajará del tren y dejará que Puigdemont se estrelle contra el Estado para luego erigirse en flamante 'president'.

Elucubran con un plan maestro trazado por Soraya Sáenz de Santamaría, vicepresidenta del Gobierno, la misma que eleva sus hombros para que el de Esquerra pueda reposar sus dedos. La pregunta va y viene: “¿Es verdad que Junqueras ya ha pactado con Moncloa?”, insisten estos dirigentes provenientes de la extinta CDC. La especie que no cesa.

Ignacio VarelaIgnacio Varela

Especulan sobre un plan trazado desde Madrid para resquebrajar la unidad de la Generalitat, sobre unas elecciones anticipadas en las que quede disuelta la ‘liaison’ de Junts Pel Sí y un futurible acercamiento de Iceta en la nueva era Sánchez para conformar un Gobierno de izquierdas. Amén de algunos gestos que para ellos son algo más que indicios y que muestran una clara intencionalidad, como el hecho de que el de ERC encuentre más fácil acomodo en la capital de España que su jefe de gobierno, Carles Puigdemont.

A Junqueras le reciben a todas horas y en todos los lugares. Al contrario que al 'president' de la Generalitat, quien carece de interlocución alguna. Por no tener, Puigdemont no tenía ni lugar donde dar la conferencia de ayer. Después de que dos hoteles cinco estrellas lo rechazaran, tuvo que ser la siempre hospitalaria alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, para quien tuvo muchas y cariñosas palabras, quien le prestara el ayuntamiento para la celebración de tan polémico acto.

Tal vez por tratarse de la Caja de la Música de Cibeles, los conferenciantes Puigdemont, el vicepresidente Junqueras y el 'conseller' Raül Romeva, tocaron la misma melodía. Una intervención coral sin apenas fisuras que pone tierra de por medio con las teorías conspiranoicas. Parecía una instantánea sacada de un CD de los tres tenores, nada que ver con la fotografía de las primarias del PSOE, esa imagen para la posteridad con los tres candidatos socialistas estrechándose las manos por no agarrarse el cuello.

Maneras exquisitas. Tono amistoso. El aforo era reducido, de apenas 262 asientos, que entre periodistas y diputados catalanes se llenó sin dificultad. Al margen de la comitiva que arrastraba consigo Puigdemont, también se encontraban Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, Josep Sánchez Llibre, de la CEOE, y José María Álvarez, de UGT, entre otros.

Si bien es verdad que acertó en las formas, en el fondo, en cambio, falló. Sus argumentos exhibían escaso rigor político y sobre todo jurídico. Tampoco lanzó ninguna fecha para el referéndum, como algunos habían previsto. Ninguna novedad en tanto a lo ya expuesto en anteriores ocasiones. Puigdemont se refirió a una “operación de Estado” como la de Tarradellas antes de la Constitución y advirtió de que, si no se da este acuerdo con el Gobierno, “celebraremos el referéndum y será a partir de entonces cuando propondremos un nuevo diálogo, pero entonces no será para celebrar la consulta sino para implementar el nuevo Estado catalán, que mantendrá sus lazos con España, que nada ni nadie podrá seccionar”. Una partitura que sonaba reiterativa, como tocada en anteriores ocasiones.

E. B.E. B.

En Puigdemont se percibió cierta urgencia, como si le hubieran entrado las prisas. Reclamó “sinceridad” en las propuestas y “no perder el tiempo” ni poner “trampas” como le ocurrió a Ibarretxe. Apenas sacó a relucir la palabra 'independencia' salvo en un par de ocasiones, y obvió referirse a su plan B, del que daba cuenta ayer este periódico, según el cual se prevé una declaración unilateral de independencia (DUI) el 11 de septiembre de este año, seguida de unas 'elecciones constituyentes', en caso de que no haya referéndum.

Además de erigirse en la catarsis que los independentistas necesitan para tensionar a los suyos ahora que el 'procés' se encuentra en horas bajas, tal y como muestran las encuestas y la escasa movilización en las calles, este plan B lo que busca realmente es poner en un brete a Rajoy que le obligue a reaccionar más allá de los recursos al Tribunal Constitucional.

“Madrid no puede dejar que se voten las leyes de desconexión porque implican otro orden institucional, la independencia 'de facto' de Cataluña. España dejaría de tener el control. Ese será el punto de inflexión. El inicio de algo”, indica una persona próxima a Artur Mas.

Puigdemont en el Ayuntamiento, Junqueras en La Moncloa

Los independentistas se frotan las manos ante la mera posibilidad de que Madrid aplique parcialmente el artículo 155 de la Constitución, intervenga la Generalitat y sustituyan a Carles Puigdemont por el delegado del Gobierno, Enric Millo. Sería orgiástico. La excusa perfecta. Lo sería para Puigdemont, lo sería para Mas y lo sería también para Junqueras.

Quien crea que el líder de ERC se va a lanzar a los brazos del Gobierno de Madrid a cambio de la presidencia de la Generalitat se equivoca. “¿Ha pactado ya con Moncloa?”, se preguntaban ayer haciendo continuismo de la especie que se ha extendido aquí y acullá. La respuesta es no. No lo hará jamás. Si es necesario, volverá a pactar con el PDeCAT pese a todos los casos de corrupción que sobrevuelan la antigua Convergència.

Es como el escorpión. Por mucho tono de sacristía que adopte en su discurso, al final terminará picando a la rana. Más que de izquierdas, más que republicano, Junqueras es sobre todo un obseso de la independencia.

Caza Mayor

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