Torra contra Torra: el dilema de un ‘president’ acorralado y peligroso

La Generalitat necesita meses y eso es lo que no tiene Torra: tiempo. La presión ejercida por una parte de la calle y algunos centros de opinión para que se implemente el mandato del 1-O resulta asfixiante

Foto: Ilustración: Raúl Arias.
Ilustración: Raúl Arias.

“En el fondo, pienso que nunca he elegido nada por mí mismo (...). Cuando de noche me despierto y pienso en eso, me entra pánico. ¿Quién soy? ¿Cómo soy en esencia? ¿Quién lleva las riendas de mi vida?”

Haruki Murakami ('Baila, baila, baila')

Torra está herido y acorralado, y el más peligroso es siempre el que está acorralado”, se maliciaba este fin de semana un diputado independentista. El ‘president’ se debate entre su faceta de activista al servicio de Puigdemont, quien ejerce de ventrílocuo en la sombra, y su papel institucional al frente de un Govern en el que la mayoría de los 'consellers' se decanta por la vía posibilista, esto es, mantener hilo directo con el Gobierno de Pedro Sánchez, sacar los Presupuestos catalanes, facilitar los de Madrid y esperar a la sentencia del Tribunal Supremo tras las municipales y, entonces sí, elevar la apuesta.

Pero para implementar esta hoja de ruta, la Generalitat necesitaría meses y eso es lo que no tiene Torra: tiempo. La presión ejercida por una parte de la calle y algunos centros de opinión para que se implemente el mandato del 1 de octubre empieza a resultar asfixiante.

No son solo los comités de defensa de la república (CDR). También están las proclamas maximalistas de Puigdemont desde Bruselas; el radicalismo del vicepresidente del Parlament, Josep Costa, “más puigdemontisa que el propio Puigdemont”, o artículos como los del historiador e ideólogo de la Crida Agustí Colomines, recientemente publicados en la prensa catalana, y que no hacen sino convertir Cataluña en una olla a presión.

Hasta la Asamblea Nacional Catalana (ANC), incapaz de embridar las calles y sumida en el descontrol tras la entrada de Jordi Sànchez en la cárcel y la llegada de Elisenda Paluzie a la presidencia, se ha unido al desafío y ha instado al Govern a que opte por la vía unilateral. Torra tiene hasta el 21 de diciembre para fijar una estrategia “única y nítida” e implementar la república. Si no lo hace, lo amenazan con movilizaciones, escraches y otras plagas del infierno.

A Torra le ocurre ahora lo mismo que le ocurrió a Puigdemont, que tiene vértigo. Basta recordar aquel 26 de octubre del año pasado en el que los suyos, con Rufián a la cabeza, comenzaron a llamar “traidor” al hoy exiliado de Bruselas ante el amago de este último de convocar elecciones y aparcar la declaración unilateral de independencia. El dilema de entonces es el mismo que atenaza hoy a Torra. Susto o muerte.

El secesionismo está abierto en canal. Puigdemont contra Junqueras, ERC contra JxCAT, la ANC contra el Govern, Torrent contra Artadi, Torra contra Torra. Todos contra todos. Es como si el independentismo mágico, ese movimiento que, en palabras del escritor y periodista Daniel Gascón, ofrece una “promesa de salvación colectiva, terrenal, inminente, total y, en cierto modo, milagrosa”, estuviera tocando a su fin.

Al contrario que en otras ocasiones, en las que hacían amago de pelearse de forma cuasi teatral, como en los guiñoles, para luego, al cabo de unas semanas, hacer de tripas corazón y volverse a juntar en aras del mandato popular recibido el 1 de octubre, esta vez no parece que haya pegamento que pueda unir los trozos. El hecho de que Junqueras se encuentre en la prisión de Lledoners, algo así como el nuevo 'coworking' del independentismo, y Puigdemont esté dando conferencias no resulta baladí.

La ministra Meritxell Batet (2d), el director general de la Fundación La Caixa, Jaume Giró (d), el presidente de la Generalitat, Quim Torra (2i), Artur Mas (i) y el presidente del Liceo, Salvador Alemany (c). (EFE)
La ministra Meritxell Batet (2d), el director general de la Fundación La Caixa, Jaume Giró (d), el presidente de la Generalitat, Quim Torra (2i), Artur Mas (i) y el presidente del Liceo, Salvador Alemany (c). (EFE)

Lo acaecido la pasada semana supone un punto de inflexión. El divorcio definitivo. Mientras el lunes los CDR más radicales eran apaleados por los Mossos a las puertas del Parlament, el viernes, los otros CDR, los que se alojan en la plaza Sant Jaume, los del ‘Coco Chanel’ y los lazos amarillos de ‘Swarovski’ en la solapa, acudían como si nada a la inauguración de la temporada en el Gran Teatro del Liceo. Viendo la ópera ‘I puritani’, debían pensar, se evitaban tener que escuchar los gritos que llegaban desde la Rambla reclamando esa república prometida que nunca termina de llegar.

Dijeron a sus votantes que arriarían las banderas españolas y ahí continúan, en todo lo alto; les aseguraron que tenían preparadas las estructuras del nuevo Estado catalán para luego, al abrir el cascarón, darse cuenta de que estaba vacío; les insuflaron ánimos en el aniversario del 1 de octubre, apretad, seguid apretando, pero lo cierto es que no dejan de sostener al Gobierno de Pedro Sánchez en el Congreso mientras los presos continúan en prisión.

A ver si va a ser verdad eso que han venido diciendo los españolistas de Madrid todo este tiempo, debe pensar alguno en el despertar del sueño, y hemos sido utilizados por las élites políticas y económicas catalanas, esas que igual tienen cuenta de ahorro en Barcelona que en Andorra, para continuar en el poder y seguir manejando a su antojo.

Con estos mimbres, a nadie escapa que la legislatura y la entente cordial con Pedro Sánchez pueden saltar por los aires en cualquier momento. Dependerá del volumen y frecuencia de los ataques a la Generalitat de una parte del independentismo —menos minoritaria de lo que en JxCAT quieren hacer ver— y de la permeabilidad de Torra a las embestidas.

Por lo que uno ve y lee, todo apunta a que el ‘president’ está dispuesto a inflamar la crisis con un bidón de gasolina.

Moncloa, mientras tanto, exhibe un optimismo naíf. Considera que su estrategia negociadora funciona y sirve para erosionar al bloque independentista, aunque no todos los miembros del Consejo de Ministros participan de esta visión. Algunos piensan que se debería ser más contundente ante las provocaciones que emanan del Parlament.

Al tiempo que esto ocurría, Albert Rivera (Ciudadanos) se daba un baño de simpatizantes en la plaza Sant Jaume, Pablo Casado (PP) pedía la ilegalización de los partidos secesionistas y Santiago Abascal (Vox) abarrotaba el palacio de Vistalegre.

Caza Mayor

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