Primero Andalucía, luego Madrid: Vox y Cs se comen al PP

A la formación liderada por Pablo Casado le están haciendo un emparedado entre Ciudadanos de Rivera y Vox de Abascal. Ambos le están dejando sin hueco. Le están asfixiando

Foto:  Montaje: EC.
Montaje: EC.

Al Partido Popular se le está quedando cara de Nicolas Sarkozy. Al igual que Los Republicanos —el gaullista y otrora poderoso partido del expresidente francés— ha devenido en marginal fagocitado desde el centro por Emmanuel Macron y desde la extrema derecha por Marine Le Pen, al PP le está ocurriendo tres cuartas partes de lo mismo en España. A la formación liderada por Pablo Casado le están haciendo un emparedado entre Ciudadanos de Albert Rivera y Vox de Santiago Abascal. Ambos le están dejando sin hueco. Le están asfixiando.

En Génova preocupa en particular la efervescencia de Vox, los titulares que protagoniza en la prensa, los vídeos de su líder en Llodio que circulan como la pólvora por WhatsApp, la naturalidad con la que algunos electores del PP han acogido a esta formación de ultraderecha. En los comicios andaluces del 2-D, el PP caía a los 26 diputados tras perder siete respecto a 2015, mientras la formación de Abascal pescaba en su caladero y se llevaba 12 escaños.

Es un bocado similar al que podrían sufrir en otras plazas de singular relieve, caso de Madrid. Aunque el PP de esta comunidad desdramatiza la situación asegurando que los sondeos que maneja no son tan negativos como algunos quieren hacer ver, lo cierto es que los análisis que circulan por la capital reproducen en Madrid tendencias ya vistas en Andalucía.

A la hora de buscar culpables, sería injusto señalar únicamente al presidente del partido, Pablo Casado, pues al margen de sus errores de estrategia, ha heredado una gaviota que ya venía con plomo en las alas. El problema de la caída del Partido Popular solo es achacable al Partido Popular.

Aunque el PP desdramatiza la situación, lo cierto es que algunos análisis que circulan por Madrid reproducen tendencias ya vistas en Andalucía

El pasado 22 de noviembre, oficiaron el funeral en Madrid, Iglesia de San Francisco de Borja, Serrano 104, de Mariano Rajoy Sobredo, padre del expresidente del Gobierno. Asistencia media. Bien porque no se le dio publicidad a la ceremonia, bien porque cuando pierdes el cetro te abandonan las tropas, lo cierto es que faltaron diputados de la bancada popular. Quienes sí estuvieron fueron sus próximos de Galicia y los miembros de su antiguo gabinete en Moncloa.

Acudió desde Fráncfort Luis de Guindos, uno de los pocos que se salvaron de la quema al erigirse en vicepresidente del Banco Central Europeo; estaba Sáenz de Santamaría, ahora consejera electiva del Consejo de Estado; andaba por allí María Dolores de Cospedal, ya sin acta de diputada por culpa del ‘affaire’ Villarejo, y estaba, cómo no, Pablo Casado, quien también parecía recibir el pésame de los presentes por los pronósticos que entonces se hacían de sus resultados en las andaluzas.

El líder del PP, Pablo Casado (i), y el de Ciudadanos, Albert Rivera (d), en los Princesa de Asturias. (EFE)
El líder del PP, Pablo Casado (i), y el de Ciudadanos, Albert Rivera (d), en los Princesa de Asturias. (EFE)

Se respiraba, en definitiva, un ambiente enrarecido, como de familia rota. José Antonio Zarzalejos hablaba aquí de partido en descomposición por eso de que Rajoy perdió el poder por una moción de censura que jamás llegó a prever. Luego, en las primarias, maniobró entre sombras pensando que controlaba la formación, pero los suyos le dieron la espalda y encumbraron a Pablo Casado. Y con Casado como nuevo rey de los predios de Génova 13, la cosa tampoco terminó de enderezarse: ni estrategia, ni candidatos potentes para las municipales y autonómicas, ni encuestas favorables.

Tanto es así que entre los propios gerifaltes del PP se empezó a extender la idea de la catarsis. Se especulaba con la probable defenestración del secretario general en Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, ahora fortalecido con los resultados, y se daba por seguro el recambio en la portavocía del PP en el Congreso, donde Dolors Montserrat no termina de cuajar, y en el Senado, después de que Ignacio Cosidó metiera la pata hasta el corvejón con sus mensajes sobre el CGPJ.

Los cambios previstos en el organigrama del PP han quedado 'enterrados' temporalmente ante la posibilidad de alzarse con la Junta andaluza

Ahora, estos comentarios han quedado enterrados temporalmente ante la posibilidad más que real de que el PP se alce con la Junta andaluza. Y si hacen falta cambios, se acometerán desde una posición de fortaleza. Andalucía ha supuesto la rehabilitación de Pablo Casado, pero ni mucho menos parece que vaya a ser la salvación del PP. Más bien al contrario. Parafraseando a Lluís Bassets, la posible ‘conquista’ de Andalucía por los populares solo es una “mera pausa” ante la oleada populista que se cierne sobre España al igual que lo ha hecho sobre Europa.

Ahora bien, si damos por buenas las palabras de Manuel Azaña, que decía que él no era ningún estadista, “que lo único que me interesa en política es mandar”, y atendemos a esta declaración de principios, según la cual no importan tanto la estrategia ni los sesudos análisis como la consecución de los objetivos que persiguen los partidos, esto es, el poder y el mantenimiento del mismo, debemos concluir que Pablo Casado va camino de convertirse en Winston Churchill.

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Cuanto más cae el PP, más sube Cs y más se revaloriza Vox, despertando a unos electores que permanecían en periodo de hibernación y propiciando que el bloque de derechas sume en territorios en estos momentos gobernados por la izquierda. Tal es el escenario que se puede dar la paradoja de que los populares se hundan en intención de voto pero, al mismo tiempo, ganen poder territorial en las próximas municipales y autonómicas.

Tanto al líder del PP como al propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, les dieron en algún momento por amortizados y los dos han conseguido, con las tropas diezmadas y las encuestas a la baja, lo que no pudieron sus predecesores: el primero, alcanzar La Moncloa; el segundo, desbancar al PSOE en Andalucía después de 36 años de gobierno y sistema clientelar.

Paradójicamente, al tiempo que los populares caen en intención de voto, pueden ganar poder territorial en las municipales y autonómicas gracias a Vox

Las críticas aceradas recibidas al principio de sus respectivos liderazgos hacen que ambos políticos, situados en las antípodas ideológicas, empaticen sin querer el uno con el otro y se sientan cómplices de sus destinos. Cosas de un bipartidismo en vías de extinción.

En el caso de Sánchez, coadyuvaron la crisis catalana y los deseos de los independentistas por desalojar a Rajoy del poder; en el de Casado, la irrupción de Vox y la aritmética, que le puede dar el poder en Andalucía y también en otras plazas como Madrid. La cuestión ahora es saber si, como escribía Rafael Méndez en este diario, el PP se va a atrever a “morder la manzana de Vox” y pactar con Abascal… incluso a costa de su propia supervivencia.

Caza Mayor
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