El espionaje a Pablo Iglesias y otros fenómenos paranormales de cara al 28-A

El Congreso de los Diputados que salga de los comicios del 28-A va a ser tan extravagante como difícil de manejar. Aquí no se gobierna, solo se sobrevive

Foto: Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)
Vista general del hemiciclo del Congreso de los Diputados. (EFE)

Decía Ortega que la política es la arquitectura completa, incluidos los sótanos. Pues bien, lo más interesante de esta precampaña electoral es, precisamente, lo que está ocurriendo en los sótanos, movimientos bajo el radar que buscan configurar el próximo Gobierno de España.

En los últimos días, se está produciendo una serie de fenómenos, alguno de ellos cuasi paranormal, que viene a embarrar el ya de por sí complicado panorama político. La personación de Pablo Iglesias en el caso Villarejo, las aparentemente inoportunas declaraciones de Iceta, la ruptura de Urkullu con Puigdemont o la propaganda a Vox en los informativos ‘prime time’ de TVE no resultan baladíes ni tampoco casuales, sino que son movimientos calculados que obedecen a intereses concretos. Extraños fenómenos todos ellos que reman a favor de Pedro Sánchez y su continuidad al frente del Ejecutivo.

Mientras PP y Ciudadanos continúan su camino hacia la autodestrucción con una estrategia mal definida y peor ejecutada, la campaña del PSOE parece un trabajo de orfebrería fina salido de los jardines de Bomarzo. ¿El objetivo? Montar un matrimonio de conveniencia de los socialistas con Podemos para poder formar Gobierno. Si los números no dan, sumar entonces al PNV. Y si con los nacionalistas vascos resultara insuficiente, atraer a los de ERC.

Así es, en definitiva, cómo Iván Redondo está bosquejando el próximo Gobierno. Y no, en su esquema no se encuentra Ciudadanos.

El secretario general de Podemos y candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias.(EFE)
El secretario general de Podemos y candidato de Unidas Podemos, Pablo Iglesias.(EFE)

El espionaje a Iglesias

El hecho de que coincidan en el tiempo la reaparición en la vida pública de Pablo Iglesias, la recuperación del discurso contra “esa trama criminal que vincula a policías corruptos, a medios de comunicación y a grandes empresarios” y el presunto espionaje de Villarejo al líder de la formación morada parece de todo menos casual. Especialmente si se tiene en cuenta que lo del comisario obedece a cuestiones de índole personal, que no tanto políticas, aunque se quiera vender ante la opinión pública como la gran conspiración para acabar con Podemos.

Incluso se ha asegurado en las últimas horas que los datos que había en el teléfono de su colaboradora fueron los culpables del fracaso de las negociaciones entre Podemos y PSOE para formar Gobierno tras las generales de 2015. El verdadero motivo no fue ese sino que Iglesias estaba convencido de que en una nueva convocatoria daría el sorpaso a los socialistas. Pese a ello, el partido de los círculos ha aprovechado este episodio para victimizarse y atraer de nuevo el foco de los grandes medios. El propio secretario general de Podemos admitió este sábado en Pamplona que el 'affaire' del teléfono le ha permitido “cambiar la agenda de la precampaña”.

Si ya de por sí llama la atención que Iglesias supiera que la investigación en la Audiencia Nacional estaba en marcha —como declaró a Pepa Bueno en la Cadena SER— cuando el procedimiento está bajo secreto de sumario, más misterioso resulta todavía que fuera animado por las instancias oficiales a que se personase en el caso Tándem como otra víctima del comisario Villarejo en vísperas de los comicios del 28-A.

Los datos del móvil fueron localizados en la vivienda del Policía en noviembre de 2017. No estaban encriptados, así que la Policía y la Fiscalía Anticorrupción pudieron acceder a la información de manera inmediata. ¿Por qué salta el escándalo ahora, año y medio después de los datos, sólo cuatro días después del regreso de Iglesias y coincidiendo con la recta final de la campaña? ¿Y para qué?

Quizá la respuesta se halle en una doble necesidad electoral: la de Podemos para recuperar el pulso tras la debacle de las encuestas y la del PSOE, que busca socio con el que sumar.

El primer secretario del PSC, Miquel Iceta. (EFE)
El primer secretario del PSC, Miquel Iceta. (EFE)

Los guiños de Iceta

Las declaraciones de Iceta dejando la puerta entreabierta a una futura independencia de Cataluña, que hicieron que algunos dirigentes del PSOE pusieran pies en pared al entender que se trataba de un torpedo en mitad de campaña, están también más medidas de lo que las tertulias televisivas están dejando caer. No han de interpretarse en clave nacional sino de consumo interno, esto es, para Cataluña, una comunidad vital donde los socialistas no han sabido frenar su hemorragia de votos. Al menos, hasta ahora.

El mensaje del socialista va dirigido, en concreto, a los huérfanos de la antigua Convergència, de esa burguesía catalana que ya no se encuentra cómoda ni con el PDeCAT, donde el ala más posibilista ha sido purgada, ni con las excentricidades de Puigdemont. Los empresarios catalanes herederos del pujolismo se sienten ahora más identificados con Iceta que con el de Waterloo y su mini-yo de la plaza Sant Jaume.

Los sondeos parecen apuntalar la tesis. El último que ha salido sobre el Ayuntamiento de Barcelona sitúa a Collboni (PSC) por delante de Artadi (JxCAT) y Valls (Barcelona, capital europea), siendo los socialistas quienes más crecen respecto a los anteriores comicios.

El mensaje de Iceta también tiene otro destinatario: Oriol Junqueras. Lo que el analista de El Confidencial Ignacio Varela censuraba al líder socialista catalán, en tanto en cuanto le estaba sugiriendo al independentismo una hoja de ruta (ampliación de la base social, referéndum e independencia) calcada a la que el presidente de ERC defiende ante Torra y Puigdemont, no es sino un guiño a los republicanos, con los que tal vez tenga que pactar tras las generales.

Sabedor de que sus apoyos no le van a salir gratis, Pedro Sánchez descarta acercamiento alguno al PDeCAT, que lleva al Congreso y Senado una lista de ‘hooligans’, pero mantiene los puentes abiertos con los independentistas de ERC. Por su lado, los republicanos necesitan al PSOE como excusa para romper con el 'expresident' y empezar a formar gobiernos transversales que no pivoten en torno al eje del derecho a decidir.

El lendakari, Iñigo Urkullu. (EFE)
El lendakari, Iñigo Urkullu. (EFE)

Los miedos de Urkullu

El tercer vector de este puzle poselectoral es el lendakari vasco Iñigo Urkullu, cada vez más lejos de las tesis de Puigdemont y cada vez más cerca de Pedro Sánchez.

Urkullu ha cortado el pequeño cordón umbilical que le unía con el 'expresident' tras las invectivas de Puigdemont con motivo de la testifical del primero ante el Tribunal Supremo. Puigdemont lo acusó de mentir y “ocultar la integridad de las negociaciones” de octubre de 2017, mientras el lendakari respondía: “Mi actitud y mi actuación fueron absolutamente honestas, sinceras, de buena fe, transparentes y leales para con las instituciones catalanas”.

Consecuencia de esta ruptura ha sido la decisión del PNV de no reeditar la coalición electoral junto al PDeCAT con la que concurrió a las pasadas elecciones al Parlamento Europeo, aunque se arriesgue a quedarse sin presencia en Bruselas, tal y como vaticinan las encuestas.

El espionaje a Pablo Iglesias y otros fenómenos paranormales de cara al 28-A

Urkullu tiene miedo a que el virus catalán y la ‘borrokización’ promovida por Puigdemont se extiendan por el resto del país, alcanzando a la política vasca y alimentando a esa hidra de siete cabezas que representa EH-Bildu. En Sabin Etxea, son conscientes de que, para frenar esta corriente, es necesario apagar el altavoz al 'expresident' y evitar que las ‘tres derechas’ se hagan con el Gobierno. Para ello, necesitan a Sánchez.

Sea como fuere, el Congreso de los Diputados que salga de los comicios del 28-A va a ser tan extravagante como difícil de manejar. Polarizados ideológicamente y sin apenas experiencia política, la actividad de sus señorías acabará indefectiblemente en bloqueo. Ni más ni menos que en los ejercicios anteriores. Aquí no se gobierna, solo se sobrevive.

Caza Mayor
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