La cúpula de Cs se confiesa: "El 1 de octubre colapsamos. Fue un sálvese quien pueda…"

Está por ver si Cs puede recuperar la fe sin la figura totémica de Rivera, espacio político hay. Más difícil es encontrar un líder con carisma. Podría serlo Arrimadas, pero tampoco está claro que quiera

Foto: Albert Rivera, durante la comparecencia de este lunes en la que ha anunciado su dimisión como líder de Cs. (Reuters)
Albert Rivera, durante la comparecencia de este lunes en la que ha anunciado su dimisión como líder de Cs. (Reuters)

Hace seis meses que Albert Rivera dejó de coger el teléfono a los capitostes del Ibex, los César Alierta ‘et alii’, que le llamaban para explicarle cual parvulario cómo debía dirigir el partido y por qué debía pactar con Sánchez. El domingo por la noche, tras materializarse la debacle, también dejó de cogérselo a sus compañeros de partido. Solo los miembros del ‘war room’ de Ciudadanos, esto es, José Manuel Villegas, Fernando de Páramo, Daniel Bardavío y David Martínez, estaban al tanto de lo que pasaba. Y lo que pasaba es que el líder de Cs había decidido capitular.

Dimitía. Solo faltaba decidir cuándo. Primero pensó en anunciarlo el mismo domingo por la noche. Luego acordaron hacerlo a la mañana siguiente. Lo del congreso extraordinario era un trampantojo. La cifra no daba opción: menos 47. De los 57 diputados cosechados el 28 de abril a tan solo 10 en estas últimas generales. Era el fin de Rivera. En Moncloa brindaban con champán. Muchos, incluidos gerifaltes de Cs, maliciaban que también suponía la liquidación del partido.

La cúpula de Cs se confiesa: "El 1 de octubre colapsamos. Fue un sálvese quien pueda…"

Lo sabían. No les pilló de improviso. El ‘war room’ sabía del descalabro mucho antes que cerraran los colegios electorales. Las encuestas internas que manejaban dos semanas antes, el 25 de octubre, no dejaban resquicio a la duda: 29% de votos para el PSOE, 19% para el PP y 7,2% para Ciudadanos. Era el hundimiento.

Rivera perdió el debate. Lo perdió a medias. Lo lógico es que se hubiera roto. No lo hizo. A esas alturas, el ambiente en Alcalá 253 era irrespirable

En el debate a cinco del 4 de noviembre, Rivera se presentó consciente de lo que se le venía encima. Fue el perdedor por unanimidad. Elementos pirotécnicos de 'marketing' y propaganda como los del perro Lucas y el adoquín de Barcelona, que otrora hubieran sido aciertos sacados del magín de la nueva política, no parecían sino recursos de mercachifle. Provocaba repulsión. De ser el novio que toda madre de centro derecha hubiera querido para su hija, se había convertido en el apestado de la política española. Hasta los tertulianos afines le daban la espalda. No había nada que hacer.

Rivera perdió el debate. En puridad, lo perdió a medias. Lo lógico es que se hubiera roto. No lo hizo. Aguantó. A esas alturas, el ambiente en Alcalá 253, sede de Cs, resultaba irrespirable.

Algunos quieren situar el principio del fin de Rivera en la semana de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno y que dejó al líder naranja noqueado como si hubiera recibido un gancho de Foreman. Fue incapaz de prever tal escenario. Hoy todavía se pellizca.

Otros piensan que la culpa fue de la foto de la plaza de Colón, que derechizó su imagen hasta situarla al mismo nivel que los de Abascal. Algunos creen que fue por el ‘no es no’ al presidente en funciones que prolongaba la ingobernabilidad en España. Nada de eso.

Los pretorianos marcan el comienzo de la caída de Rivera en la segunda quincena de agosto, cuando a la vuelta de las vacaciones se percataron, no sin cierto asombro, de que Sánchez no iba de farol: se negaba a cerrar un gobierno de coalición con Pablo Iglesias y la posibilidad de unas segundas elecciones iba tomando cuerpo.

Lo tuvo muy cerca. Pecó de exceso de confianza y se encastilló. Este viernes cumple 40 años y no se veía esperando otros cuatro para el asalto definitivo

Albert Rivera había jugado a un Ejecutivo del PSOE con Unidas Podemos mientras él le disputaba a Casado el liderazgo de la oposición en el Congreso de los Diputados. Así lo habían bosquejado entre libretas y post-it. Por eso se habían quedado a unos 200.000 votos del sorpaso.

Unas segundas elecciones, sin embargo, lo cambiaban todo. Les mataba políticamente. Además de resucitar al PP y aupar a Vox por mor del descontento social, existía el riesgo de que los españoles responsabilizaran a la formación naranja de tener que colocar las urnas de nuevo. Como decía Rubén Amón en este mismo periódico, “el líder exánime de Cs ha contorsionado a sus votantes sin fidelizarlos antes. No los ha confortado ni cuidado”.

El votante medio de Ciudadanos es ese público moderado que necesita más matices que las meras opciones binarias. Es ese individuo abonado a Netflix y HBO que no ve ninguna de las dos plataformas porque está trabajando y que, si no se le cuida, termina dándose de baja.

Cuando las segundas elecciones resultaban ya insalvables, los pretorianos de Cs recomendaron un acercamiento a Sánchez de última hora para evitarlas. Rivera dijo que no. Luego propusieron que se subiera al invento de la España Suma que se había sacado el PP de la manga para diluir el batacazo en ciernes. Tampoco quiso.

Las razones de semejante encastillamiento resultan un misterio. Tal vez por un exceso de confianza, por verse tan cerca de liderar la oposición y tal vez llegar a la presidencia del Gobierno, porque este viernes cumple 40 años y no se veía esperando otros cuatro para tratar el asalto a Moncloa. Prefirió jugar fuerte a pesar de los funestos vaticinios que le indicaban desde fuera. No sería la primera vez que doblaba la cerviz a los malos presagios. Volvió a jugar fuerte, pero esta vez perdió.

“El 1 de octubre, cuando arrancamos la campaña, colapsamos. Nadie hizo caso al guion. Fue un sálvese quien pueda”, confiesan en la cúpula de Cs. El partido se quedó sin energías y sin proyectos. El secretario de organización de la formación, Fran Hervías, desapareció del mapa como si con él no fuera la cosa. No fue el único. Está por ver si Cs puede levantarse y recuperar la fe sin la figura totémica de Rivera. Necesitará poner a San Judas Tadeo 47 velas, tantos como diputados perdidos. Espacio político hay. Más difícil es encontrar un líder con carisma. Podría serlo Inés Arrimadas, pero tampoco está muy claro que quiera. En el Congreso, con solo diez diputados, hace mucho frío.

Caza Mayor
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