El Tinder de Pedro Sánchez

Al presidente en funciones, que se ha mostrado como un consumado adalid del 'veletismo', no parece hacerle mella su enorme facilidad para cambiar de 'pareja' y de discurso

Foto: Pedro Sánchez junto a Emmanuel Macron en el Consejo Europeo de diciembre. (EFE)
Pedro Sánchez junto a Emmanuel Macron en el Consejo Europeo de diciembre. (EFE)
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Los electores echaron a Albert Rivera con cajas destempladas por hacer justo lo que dijo que iba a hacer: renunciar a investir a Sánchez: “Ningún voto que vaya a Ciudadanos permitirá que pueda ser presidente”.

Las urnas parecieron premiar la decisión otorgándole 57 escaños y situándolo a 200.000 papeletas del PP. Unos meses después, sin embargo, los electores vapuleaban a la formación naranja por las mismas razones por las que antes la habían aupado: bloquear la gobernabilidad y negarse a pactar con el PSOE. Los que escribían en ditirambos de la figura de Rivera ahora le asaeteaban con una dureza que ni Atila, rey de los hunos. Cs se quedaba reducido a solo 10 diputados. Rivera dimitía. El casino de la política le daba la espalda. Apostó fuerte y perdió.

En contraste con la aparente coherencia con la que se ha movido el otrora líder naranja, al todavía presidente en funciones, Pedro Sánchez, que se ha mostrado como un consumado adalid del ‘veletismo’, no parecen hacerle mella sus continuos vaivenes discursivos.

Las últimas encuestas le sitúan con un robusto músculo electoral y los columnistas que le arropaban en vísperas de las generales del 10 de noviembre, alabando su sentido de Estado y su determinación a no pactar con los independentistas, especulando incluso con la posibilidad de activar el 155, aplauden ahora la ductilidad política y las negociaciones con ERC, tirando de hemeroteca para rememorar el pacto del Majestic, esto es, el pacto de investidura firmado entre Aznar y Pujol, y justificar lo que no es justificable.

Las fluctuaciones en la cosa catalana vaticinan un futuro claroscuro para aquellos que, como España Global, se batieron el cobre contra el secesionismo

Parecen querer elevar a Sánchez a la categoría de ‘capitán nacido del cuerno del cielo’, que es así como Sun Tzu se refiere en ‘El arte de la guerra’ a aquel que puede modificar sus tácticas en función de su oponente y conseguir la victoria. Porque efectivamente, en esto de modificar estrategias, hay que reconocerlo, no hay mayores expertos que los inquilinos de La Moncloa, que en cuestión de nanosegundos pasaron de no poder dormir tranquilamente por las noches con Podemos en el Gobierno a meterse directamente en la cama con él y cambiar el problema de convivencia a problema político para referirse a Cataluña. Todo ello sin despeinarse.

Tales fluctuaciones en la cosa catalana vaticinan un futuro claroscuro para aquellos que, a instancias del Ejecutivo, se batieron el cobre contra el independentismo y ahora quedan poco más que a los pies de los caballos. Es el caso de España Global, la secretaría de Estado que dirige Irene Lozano y que tan firmemente ha luchado contra las tesis secesionistas.

Dolores Delgado, junto al presidente de la Sala Penal del TS, Manuel Marchena y Enrique López. (EFE)
Dolores Delgado, junto al presidente de la Sala Penal del TS, Manuel Marchena y Enrique López. (EFE)

Merece la pena recordar aquel hilvanado documento de 90 páginas en el que desmontaba cada una de las mentiras vertidas por el Govern: desde ‘el Estado expolia a Cataluña en términos fiscales y económicos’, pasando por el ‘España no deja votar a Cataluña’ y terminando por el ‘tras la independencia seguiremos en la Unión Europea’. ¿En qué situación queda este organismo que tanto defendió la limpieza del juicio al procés con los malabares que trata de hacer la Abogacía del Estado para dejar en libertad a Junqueras?

Señalaba Isidoro Tapia en El Confidencial que el mejor término para resumir este 2019 que está a punto de concluir era el del populismo. Efectivamente, el 2019 fue el año en el que el populismo triunfó en España. No solo por el despegue fulgurante de Vox, que también, sino especialmente por Pedro Sánchez: “Que Sánchez era un político mutable, ventoso, era conocido. Pero en 2019 ha marcado unos hitos difíciles de superar”.

Este populismo va íntimamente unido a ese otro fenómeno que irrumpió hace unos años, el de las posverdad. Por 'post-truth' o posverdad se entiende todo “lo relativo a situaciones en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia personal”. ‘The Economist’ le dedicó varias portadas: “El arte de las mentiras. La posverdad en la era de las redes sociales”.

No gusta la cita con la rubia, te pasas a la morena, del vigoréxico al hípster, cambias de ligue, de idea, de candidato, en un pestañear, según convenga

Tiempos líquidos, vaporosos. Es como Tinder. No te gusta la cita con la rubia, te pasas rápidamente a la morena, del vigoréxico al hípster, cambias de ligue, de idea, de candidato, todo en un pestañear. Según conveniencia. Cero tolerancia a la frustración. La sensación de que puedes colmar tus aspiraciones a golpe de clic. La rápida expansión de grandes plataformas de comunicación descentralizadas, como Facebook, WhatsApp o YouTube, están ejerciendo una presión significativa sobre el sistema democrático, los medios de comunicación y la difusión de ideas, con un impacto en la percepción pública de la audiencia.

Lleva razón mi admirado Rafa Latorre cuando rezonga del discurso lastimero generacional, porque “no es verdad que vivamos peor que nuestros padres”. Pero siendo ello así, también es cierto que el binomio populismo-posverdad, aderezado por la revolución digital y la mayor desigualdad que las nuevas tecnologías que están trayendo consigo, propicia un peligroso caldo de cultivo. No solo porque dan carta de legitimidad a la posverdad, sino especialmente por la posibilidad de que la creciente fuerza de los movimientos populistas pueda ser manifestación temprana de una transformación a largo plazo más estructural dentro de las democracias occidentales. Una transformación que, a día de hoy, dista de ser un Shangri-La.

Muchos partidos de los denominados ‘clásicos’ han desaparecido o tienden a la marginalidad, y las grandes formaciones que todavía conservan su fortaleza, caso de los tories en Reino Unido o los republicanos en Estados Unidos, lo son porque han comprado los argumentos populistas y los han hecho propios. En el primer caso, para subirse a la fiebre del Brexit que tantos buenos réditos estaba dando a UKIP; en el segundo, para vencer al ‘establishment’.

España y la cuestión catalana no escapan a esta corriente. Eso lo ha sabido ver Pedro Sánchez, que ha tomado buena nota de la memoria de pez de los votantes y ha cambiado al Partido Socialista de tal forma que, como diría Guerra, ya no lo reconoce ni la madre que lo parió.

Caza Mayor
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