Covid-19, mes II: cacerolas contra Sánchez

La orquesta se escucha cada vez más numerosa. La percusión suena afinada. Uno pensaba que la maquinaria de 'agitprop' solo le funcionaba a la izquierda. Estábamos equivocados

Foto: Un hombre protesta con una cacerola desde su balcón en Valladolid. (EFE)
Un hombre protesta con una cacerola desde su balcón en Valladolid. (EFE)

El Gobierno abre los chiqueros y los españoles salimos en tromba. El centro de Madrid se parece a la M-30 en hora punta: ciclistas y patinadores ocupando los carriles de Gran Vía, aglomeraciones en Plaza de Oriente y rededores sin guardar la distancia social, 'runners', mayores, niños, caniches... ¿De verdad teníamos tantos vecinos en nuestro barrio? El estado de alarma ha devenido en estado de jeringonza.

Al mediodía comparece el presidente del Gobierno. En un tono fronterizo entre la amenaza y la advertencia, supedita las medidas sociales ya anunciadas a la prórroga del estado de alarma cuando en realidad no hay ninguna vinculación jurídica entre ambas. Sánchez dice a la oposición que tienen que apoyarle sí o sí, que no hay plan B.

A las 20:00, se sale a los balcones a aplaudir. Al principio de la pandemia era por el personal sanitario, pero ahora no se sabe muy bien por qué. Como el perro de Paulov: suenan las campanas y nos ponemos a salivar. ‘Facciamo finta che tutto va ben’.

A las 21:00, toca el turno a la cacerolada contra el Gobierno. Hay que organizarse para cumplir con la agenda del día. La orquesta se escucha cada vez más numerosa. La percusión suena afinada. Uno pensaba que la maquinaria de 'agitprop' solo le funcionaba a la izquierda. Estábamos equivocados.

La ironía y nivel de crítica contra el Ejecutivo que exhiben las redes sociales, uno de los mejores termómetros de la crisis, continúan en ascenso. Razones hay. Han muerto más de 25.000 personas en España (algunos expertos hablan de más de 40.000) y la economía se desploma y amenaza con llevarse por delante a la menguante clase media de nuestro país.

El pasado 9 de marzo, horas antes de que cerraran los colegios de Madrid, cuando Fernando Simón era considerado todavía un gurú de la cosa sanitaria, no había epidemiólogo que pudiera refutarle y faltaban días para que el Ejecutivo declarase el estado de alarma, nos preguntábamos en esta misma columna si Pedro Sánchez pasaría el test de coronavirus.

“Está por ver si nos adentramos en un periodo de recesión, que hará tambalear de nuevo los cimientos de los países y hará caer gobiernos europeos”. Aunque el escrito data de hace dos meses es ahora cuando comienzan a vislumbrarse la respuesta y escucharse las cacerolas.

Pedro Sánchez, protegido con mascarilla y guantes, acompañado de los ministros de Industria, Reyes Maroto, y Sanidad, Salvador Illa. (EFE)
Pedro Sánchez, protegido con mascarilla y guantes, acompañado de los ministros de Industria, Reyes Maroto, y Sanidad, Salvador Illa. (EFE)

En Francia, la popularidad de Macron se resiente. Su imagen de estadista en Europa no sirve dentro de sus fronteras. La mochila de la crisis sanitaria, con decenas de miles de fallecidos, le pesa al mandatario galo. La confianza en el presidente de la República cae al 39%.

A Trump tampoco le va mucho mejor. Ha fumigado su popularidad con el mismo desinfectante que recomienda usar contra el virus. Una encuesta del centro Pew revela que el 65% de los estadounidenses cree que fue “demasiado lento” a la hora de tomar medidas.

¿Y aquí en España? ¿Qué sucede con el Gobierno de Pedro Sánchez? Aunque son varios los informes que señalan que el Ejecutivo no genera confianza con sus decisiones en la gestión de la crisis, la imagen de Pedro Sánchez no se está resintiendo en exceso en intención de voto, tal vez porque las épocas de incertidumbre son campo abonado para el bipartidismo.

Las pocas encuestas realizadas —que hay que coger entre alfileres por su dificultad para la realización técnica— apuntan a que el PSOE bajaría respecto a los últimos comicios, en torno a ocho y diez diputados. El PP, por su lado, subiría cerca de 20 escaños. Empate técnico. Pablo Casado, que se entera de las medidas que toma el Ejecutivo por la prensa, ya ha empezado a madurar la idea de que no es necesaria una nueva prórroga ni más restricción de derechos.

Pero el terremoto político todavía no ha llegado.

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado. (EFE)

Estamos en el mes dos de la pandemia. En breve, se empezará a notar la verdadera dimensión de la debacle. “Tras la crisis de 2007-09, los políticos fueron incapaces de hacer frente a las quejas de los ciudadanos y se produjo un cambio que llevó también a un aumento del populismo”, escribe 'The Economist' en uno de sus editoriales recientes. “La precariedad actual de la economía puede llevar a un sufrimiento mayor. La ira puede alimentar el proteccionismo, la xenofobia y el intervencionismo gubernamental como no hemos visto en décadas”.

En la crisis de 2007, España partía de una tasa de desempleo del 8,6%. Para afrontar la actual recesión, con una caída del PIB no visto desde la Guerra Civil, lo hacemos desde el 13,8%. En 2007, la deuda pública ascendía a tan solo el 35,8% del PIB. Ahora se encuentra en el 95,5%. Puede que la recuperación sea más rápida de lo que barruntan algunos servicios de estudio, pero el punto de partida también es mucho peor y tendrá consecuencias a corto plazo.

“En tres meses, Europa intervendrá España. Ahora nos dan fondos sin condicionar. Después de verano máximo, los 140 mil millones de rescate vendrán condicionados a que Europa tome las riendas”, reza uno de los muchos rumores sobre una posible intervención de España que circulan como la pólvora por los grupos de WhatsApp.

Como explica nuestro corresponsal en Bruselas, Nacho Alarcón, ni España va a perder acceso a los mercados en dos meses, ni el programa del BCE va a naufragar como para forzar la situación. Sin embargo, los comentarios resultan recurrentes. ¿El objetivo de los mismos? Fomentar ese discurso identitario —España pierde su soberanía, deja de ser para los españoles, se activan los hombres de negro— del que nos advertía 'The Economist' y que tanto está calando en los países de nuestro entorno.

Caza Mayor
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