Sánchez se rearma para 2023: no son ministros; son candidatos a las autonómicas
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Nacho Cardero

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Sánchez se rearma para 2023: no son ministros; son candidatos a las autonómicas

Un Ejecutivo de perfil bajo para blindarse y unas ministras con ínfulas de presidentas

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Imagen: Diseño EC.

Jamás nadie tuvo tanto poder en la Moncloa. Ni Alberto Aza, director del gabinete de Adolfo Suárez; ni José Enrique Serrano, con González y Zapatero; ni Carlos Aragonés, con Aznar, y mucho menos Jorge Moragas, con Rajoy. Era el todopoderoso Iván Redondo, al que todos situaban, 'de facto', como vicepresidente. Pues bien, Sánchez lo ha tirado por el barranco. Como con Carmen Calvo y José Luis Ábalos. Sin amigos, sin piedad, sin prisioneros. Puro Sánchez.

El presidente del Gobierno lleva al papel la idea desarrollada por Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. Actúa como nadie espera que lo haga. Con determinación y agresividad. Calvo y Redondo estaban enfrentados desde hacía tiempo y, en vez de decantarse por uno, tira por la calle de en medio y prescinde de ambos. Al parecer, Redondo quiso ser Calvo, jugó fuerte con el presidente y midió mal sus fuerzas.

Se lamina sin pestañear a su guardia de corps y deja en el cargo a aquellos ministros que estaban señalados. Los titulares de Interior (Fernando Grande-Marlaska) e Industria, Comercio y Turismo (Reyes Maroto) se mantienen al frente de sus ministerios cuando muy pocos apostaban por su continuidad. No hay mejor formar de blindarte que darte por finiquitado.

Foto: La carta de despedida de Iván Redondo.

Este nuevo Ejecutivo es más Sánchez, más presidencialista. Al pasar por la trituradora a su núcleo duro de colaboradores lo que hace también es sacudirse los contrapesos, a aquellos ministros que en este corto periodo de tiempo habían comenzado a desarrollar vida propia.

Se ha especulado sobremanera de los motivos que le han movido a realizar esta crisis, desde una estrategia volcada a los fondos europeos hasta un intento de relegar los indultos y la cosa catalana a un segundo plano. Siendo todo ello cierto, lo que ha hecho el presidente es actuar hábilmente para blindarse en el poder y acabar la legislatura y, sobre todo, para rearmar al PSOE de cara a las municipales y autonómicas de mayo de 2023.

Con esta remodelación, Ferraz toma posiciones en Moncloa y gana peso después de meses de críticas soterradas al ninguneo al que había sido sometido por agentes ajenos al partido.

El objetivo de Sánchez con esta crisis a lo Tarantino, según acertada expresión de Rubén Amón, es, en definitiva, llenar el Ejecutivo de candidatos autonómicos de cara a los comicios de 2023. Mientras tanto, a los barones empiezan a temblarles las canillas. Especialmente, a los más críticos.

Sánchez llena el Ejecutivo de candidatos autonómicos para el 2023. A los barones más críticos les tiemblan las canillas

Lanza a la alcaldesa de Puertollano, Isabel Rodríguez, como nueva portavoz y ministra de Política Territorial, y la sitúa potencialmente como posible sustituta de Emiliano García-Page, un presidente autonómico incómodo y a la baja en los sondeos.

En Aragón, hace lo propio promocionando a la delegada del Gobierno, Pilar Alegría, y colocándola en la cartera de Educación y Formación Profesional, lo que supone un aviso a navegantes para Javier Lambán y la estructura del PSOE en aquella comunidad.

Se podría decir lo mismo en Valencia con Ximo Puig y la designación de la alcaldesa de Gandía, Diana Morant, como nueva ministra de Ciencia. En este caso, sin embargo, la relación de Sánchez con el presidente valenciano pasa por un momento de vino y rosas, y el premio a Morant se interpreta, a su vez, como un premio a Puig.

Para Madrid no ha necesitado buscar ministra, ya que cuenta con una dentro, la titular de Defensa, Margarita Robles, de la que ya se escuchó su nombre como candidata para los comicios del 4-M. Es, precisamente, la debacle de Madrid, los malos presagios que ofrecen los sondeos y los rumores de cambio de ciclo en favor del PP los que han conducido a Sánchez a forzar esta crisis preelectoral con vistas a 2023.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE) Opinión

Hay que recordar que a Sánchez se le había puesto el viento de cara. Ocurrió con la victoria arrolladora de Ayuso y un PSOE desmoralizado al cual se le había llenado el camino de obstáculos cuando pensaba que lo tenía expedito. Desmoralizado por los buenos datos demoscópicos del PP y fiascos internacionales como los de Biden y Marruecos.

Ahora, Ferraz vuelve al Gobierno y recupera el optimismo perdido. En su comparecencia para anunciar los cambios, Sánchez quiso destacar tanto el recambio generacional como el factor de la “proximidad”, al incorporar a ministros que provienen de la gestión municipal. El objetivo está claro. Los barones han de tomar nota.

La aparente falta de escrúpulos con la que gobierna Pedro Sánchez, que igual le lleva hoy a decir una cosa y mañana la contraria, que a matar ‘políticamente’ a su círculo de confianza sin que le duelan prendas, se ve compensada con creces por su habilidad para gestionar los tiempos y sorprender a la opinión pública con movimientos tan inteligentes como atrevidos.

Acierta Sánchez con la crisis de Gobierno en su afán por recuperar una iniciativa que había perdido, reestableciendo puentes con el partido y pensando en el largo plazo. Un Ejecutivo de perfil bajo para blindarse y unas ministras con ínfulas de presidentas autonómicas.

Jamás nadie tuvo tanto poder en la Moncloa. Ni Alberto Aza, director del gabinete de Adolfo Suárez; ni José Enrique Serrano, con González y Zapatero; ni Carlos Aragonés, con Aznar, y mucho menos Jorge Moragas, con Rajoy. Era el todopoderoso Iván Redondo, al que todos situaban, 'de facto', como vicepresidente. Pues bien, Sánchez lo ha tirado por el barranco. Como con Carmen Calvo y José Luis Ábalos. Sin amigos, sin piedad, sin prisioneros. Puro Sánchez.

Pedro Sánchez