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Lo que hizo González y no se atreve Sánchez
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Nacho Cardero

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Lo que hizo González y no se atreve Sánchez

Lo de Escrivá con las pensiones, más que una reforma, se parece a un bálsamo de Fierabrás para contentar a Bruselas para que suelte la guita de los fondos europeos

Foto: Felipe González, junto a Pedro Sánchez. (Reuters/Javier Barbancho)
Felipe González, junto a Pedro Sánchez. (Reuters/Javier Barbancho)
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Muchos parecen haber olvidado que la reforma de las pensiones de 1985 promovida por Felipe González provocó una huelga general de CCOO y un choque frontal con UGT, que hizo tambalear al Gobierno socialista de entonces. Nicolás Redondo, aquí un amigo, votó en contra y renunció a su escaño poco después como protesta. ¿Se imaginan hoy una escena similar protagonizada por Pedro Sánchez y Yolanda Díaz? Pues eso. González se mantuvo en sus trece. Redondo tomó las de Villadiego. Eran otros tiempos y otra forma de entender la política. Aquella reforma salvó el sistema de pensiones durante 25 años.

Agotado este plazo, es decir, desde el año 2010, los gastos de la Seguridad Social vienen superando los ingresos, hasta el punto de haber agotado el Fondo de Reservas y generar una deuda que alcanza el 7,9% del PIB en el tercer trimestre de este año. La culpa la tienen el envejecimiento de la población, la reducción de la tasa de natalidad y también algunas decisiones políticas que buscaban más el voto que la pervivencia del sistema.

Escribía Luis Garicano en un brillante artículo en este mismo periódico que España debía afrontar de forma urgente reformas de calado para no perder otra década, como ocurrió de 2011 a 2021, y que para eso debíamos olvidarnos de promesas electorales absurdas, lo que parece más una voz que clama en el desierto que una posibilidad real, dado el momento actual, dominado por el descreimiento en la democracia liberal y la economía de mercado, la marginación de la meritocracia y el auge de los predicadores del decrecimiento.

Si alguien piensa que con estas medidas cosméticas impulsadas se va a arreglar el quilombo, 'rien de rien'

Una de las reformas que más ocupan y preocupan al economista es, lógicamente, la sostenibilidad de las pensiones, donde no augura gran recorrido a la ley del ministro Escrivá recientemente aprobada en el Congreso de los Diputados. En su opinión, la revalorización con el IPC, la derogación del factor de sostenibilidad y la elección de los mejores años de las carreras de cotización para el cálculo de la pensión llevarán a España a ser el país europeo con mayor gasto en esta partida en las próximas décadas. Así que si alguien piensa que con estas medidas cosméticas se va a arreglar el quilombo, ‘rien de rien’.

Lo de Escrivá con las pensiones, más que una reforma, se parece a un bálsamo de Fierabrás para contentar a Bruselas para que suelte la guita de los fondos europeos y mantener a raya a unos ciudadanos que, con independencia de que sean de izquierdas o derechas, consideran ‘casus belli’ el hecho de que les toquen el dinero de la jubilación. Como muestra, el informe sobre pensiones de Metroscopia publicado en diciembre y convertido en vademécum de la clase política para no meterse en más charcos de los debidos.

Según este sondeo, la mayoría de los encuestados (88%) considera que el actual sistema de pensiones es insostenible y necesita de reformas urgentes. También cree que ni el actual Ejecutivo ni un alternativo del PP cuentan con un plan para solventar el problema, o, en román paladino, que se trata de una patata caliente que nadie sabe qué hacer con ella.

Escrivá se ha sacado de la manga una reforma de las pensiones cortoplacista que deja contento a todo el mundo y no gusta a nadie

A pesar de esta preocupación creciente sobre la jubilación, los españoles no parecen estar dispuestos a realizar ningún sacrificio para salvar el sistema: el 81% se opone a la ampliación de la edad de jubilación; el 80% se muestra a favor de la actualización anual de las pensiones en función del IPC; el 67% se declara contrario a la ampliación del número de años trabajados para el cálculo de la pensión, y el 54% (frente al 25%) cree preferible mantener el actual importe de las pensiones, aunque tal circunstancia suponga poner en riesgo las de las generaciones futuras. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

Foto: Sesión ministerial de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). (EFE)

Realizar una reforma en profundidad del sistema de pensiones sería como ponerse en contra a tres cuartas partes de la población. Si en tiempos de González resultaba complicado, imagínense en la era de las redes sociales, campo abonado para la demagogia y el populismo a gran escala. En definitiva, el ministro Escrivá se ha sacado de la manga una reforma de las pensiones cortoplacista que, permítanme el oxímoron, deja contento a todo el mundo y no gusta a nadie.

“Se trata de medidas parciales, incluso revirtiendo algunas de las anteriores, que amenazan de nuevo y en mayor grado la sostenibilidad del sistema” por carecer de visión de largo plazo, se pronunciaba el Círculo de Empresarios. Este 'think tank' abogaba, entre otros puntos, por un sistema de cuentas nocionales (sistema individual de reparto y contribución implementado en países como Suiza) y un retraso de la edad de jubilación hasta los 70 años, lo que ha generado la airada reacción de tuiteros y 'tiktokers' de toda clase y condición.

Una reforma que, como señala Garicano, nos dejará desnudos en la próxima crisis. Pan para hoy y hambre para mañana

Con independencia de la intencionalidad provocadora del Círculo, al que siempre le gusta situarse en una posición negociadora de máximos, lo cierto es que hace falta ambición para evitar la quiebra del sistema.

La reforma de Escrivá es bienintencionada, pero se queda corta y nos endeuda como jamás antes. Además, nace sin el consenso parlamentario del que ha gozado hasta ahora el Pacto de Toledo y tampoco cuenta con el acuerdo necesario entre los agentes económicos y sociales. En definitiva, una reforma que, como señala Garicano, nos dejará desnudos en la próxima crisis. Pan para hoy y hambre para mañana.

Muchos parecen haber olvidado que la reforma de las pensiones de 1985 promovida por Felipe González provocó una huelga general de CCOO y un choque frontal con UGT, que hizo tambalear al Gobierno socialista de entonces. Nicolás Redondo, aquí un amigo, votó en contra y renunció a su escaño poco después como protesta. ¿Se imaginan hoy una escena similar protagonizada por Pedro Sánchez y Yolanda Díaz? Pues eso. González se mantuvo en sus trece. Redondo tomó las de Villadiego. Eran otros tiempos y otra forma de entender la política. Aquella reforma salvó el sistema de pensiones durante 25 años.

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