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Fin de ciclo para los empresarios: lo de Sánchez (Pedro) y Sánchez (Galán) en Davos
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Nacho Cardero

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Fin de ciclo para los empresarios: lo de Sánchez (Pedro) y Sánchez (Galán) en Davos

El hecho de que el presidente se ufane de su asistencia a Davos indica los senderos futuros por los que se mueve, ubicados más en el extranjero que en los derroteros patrios

Foto: Pedro Sánchez, en el Foro Económico Mundial en Davos. (EFE/Gian Ehrenzeller)
Pedro Sánchez, en el Foro Económico Mundial en Davos. (EFE/Gian Ehrenzeller)
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Ha tenido lugar recientemente el Foro Económico Mundial de Davos, ya saben, ese cónclave anual donde las élites, esto es, los líderes políticos, consejeros delegados, prestigiosos académicos y representantes de la sociedad civil se reúnen para dar ideas de cómo hay que dirigir el mundo sin luego compartir ni pagar sus consecuencias.

Dicen que la inmigración es buena porque hace crecer el PIB, pero miran hacia otro lado cuando ocurren hechos como los de Saint-Denis; aseguran que hay que dejar de invertir en petróleo y gas porque ni es ecológico ni cumple con los criterios ESG, pero salen escopetados cuando se les piden explicaciones por el alto precio de la luz y la elevada inflación, que no hay peor impuesto para los pobres.

Si de algo sirve Davos, más allá de recetas políticas, es de termómetro de la situación, y el mercurio parece marcar relevo en el poder

Concluye Davos y las élites cognitivas regresan a sus despachos demonizando a Orbán y Le Pen, cuyo éxito electoral no comprenden, aunque son los artífices del mismo, y critican a sus votantes, ignorantes que se creen las ‘fake news’, cuando no los insultan directamente llamándolos racistas, sin que ninguno de ellos se siente a reflexionar cómo es posible que 13 millones largos de franceses voten a la Agrupación Nacional.

Le ocurre a Sánchez, uno de los protagonistas del Foro en esta edición 2022, con Vox. De tanto demonizarla, ha espoleado a la ultraderecha en las encuestas, alentando el cambio de Gobierno en las próximas generales. Porque si de algo sirve Davos, más allá de recetas políticas y económicas, es de termómetro de la situación actual, y si atendemos al lenguaje de los gestos en el mundo empresarial, el mercurio parece marcar relevo en el poder.

En el Foro de este año hubo una cuarta parte menos de asistentes que en ejercicios anteriores. Muy poco representante de China y ninguno de Rusia, por razones obvias. La delegación norteamericana tampoco destacó ni por cantidad ni por calidad. Su enviada 'top' fue la secretaria de Comercio, Gina Raimondo, quien animó a Europa en varios coloquios restringidos a alinearse con los EEUU y relocalizar su industria a nivel regional. Poco más.

Foto: Foro Económico Mundial en Davos. (EFE/EPA/Gian Ehrenzeller) Opinión

Entre los ponentes europeos, los más destacados fueron el canciller alemán, Olaf Scholz, y Pedro Sánchez, que le ha cogido el gustillo a la cosa internacional, por eso de que prefiere compartir mesa y mantel con Von der Leyen o el presidente de Netflix antes que con Irene Montero, lo cual resulta entendible. También porque su futuro político se encuentra más localizado en Bruselas o Nueva York que en el complejo de la Moncloa.

A Sánchez le pusieron en Davos en la sala grande, lo que hizo que hubiera más calvas de asistencia de las deseables. Habló bien el idioma de todos los que participan en este tipo de eventos, y no me refiero solo al inglés, lo que le sirvió para obtener el reconocimiento que se le niega dentro de nuestro país. Se explayó con la recuperación económica (sic) y puso en valor la política energética, sacando pecho de la excepción ibérica de Portugal y España, una excepción que data de marzo, estamos en junio y todavía no se ha aplicado.

En el aquelarre suizo, tuvo un papel protagónico la vicepresidenta Ribera, que flotaba en una nube porque se habló, y mucho, de transición energética y de cómo aprovechar el contexto derivado de la guerra de Ucrania para acelerar las renovables. Todo ello a pesar de que, en España, estamos subvencionando el carbón, energía macrogeneradora de CO₂; estamos subvencionando con 20 céntimos la gasolina; estamos subvencionando en el recibo de los consumidores la electricidad que importan los franceses, y estamos subvencionando los depósitos de los coches de alquiler que los turistas extranjeros van a llenar este verano. Todo ello, en el paraíso de la sostenibilidad.

A Sánchez le pusieron en Davos en la sala grande, lo que hizo que hubiera más calvas de asistencia de las deseables

Además de Ribera, acudieron a Davos la ministra de Industria, Reyes Maroto, y Manuel de la Rocha, secretario general de Asuntos Económicos, encargado de los fondos Next Generation que tantos quebraderos da al Ejecutivo por su paupérrimo grado de ejecución. También estuvo presente, entre otros, Emma Aparici, la 'sherpa' internacional de Pedro Sánchez.

Con todo y con eso, lo más interesante del Foro Económico Mundial no fue la delegación política, sino la del mundo empresarial. El hecho de que el presidente del Gobierno se ufane de su asistencia a Davos, mime la próxima cumbre de la OTAN y utilice de trampolín la presidencia española de la Unión Europea indica los senderos futuros por los que se mueve, ubicados más en el extranjero que en los derroteros patrios. Una opinión compartida por el grueso del mundo empresarial, que ha empezado a recoger velas y mirar a las plantas altas de Génova.

Escuchando la ponencia de Pedro Sánchez se encontraba el otro Sánchez, Galán, primera línea, sitio reservado por un propio, justo enfrente del atril, para que el presidente del Gobierno no se distrajera y se centrara en el mandamás de Iberdrola, rey de las renovables. Tras su charla de media hora, Sánchez, el del Ejecutivo, pidió reunirse en privado con la delegación económica en una sala de poco más de 30 metros cuadrados, y allí el otro Sánchez, el profesor, volvió a darse de codazos para ocupar un sitio preferente y sentar doctrina. Habló más que el presidente, lo cual, a estas alturas, ya no sorprende a nadie.

Foto: Pedro Sánchez, junto al presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, y el de CEPYME, Gerardo Cuerva. (EFE/Emilio Naranjo)

La anécdota sirvió de excusa a los de la eléctrica para vender la idea de que los dos Sánchez han recompuesto puentes después de algunos desencuentros puntuales. Lo de la reconciliación podría ser cierto si no fuera porque la eléctrica exhibe de vicepresidente estrella de Iberdrola España a Antonio Miguel Carmona, que tiene en Ferraz más alfileres que un muñeco vudú, y acaba de promover en el escalafón a la popular Fátima Báñez, exministra de Empleo con Rajoy y actual presidenta de la fundación de la patronal CEOE. En este caso, como consejera de Avangrid, una filial en situación crítica tras el veto a la compra de PNM. Todo un guiño a Feijóo y un aviso a navegantes para Moncloa.

El lenguaje gestual de Galán no ha pasado inadvertido al resto de la comitiva empresarial española en Davos. Ni para Álvarez-Pallete, que el próximo año conmemora el 100 aniversario de Telefónica y pretende sacudirse los estigmas políticos que han tratado de adjudicarle, ni para Francisco Reynés ni Josu Jon Imaz, encargados de sorber y soplar al mismo tiempo por la errática política energética del Ejecutivo, ni tampoco para Carlos Torres, presidente del BBVA, que andaba igualmente escuchando en el auditorio y que, como todos los técnicos procedentes de la factoría McKinsey, ni siente ni padece ni dice saber de colores políticos.

Con un moderado Feijóo al frente del PP, un Abascal disparado en los sondeos, una inflación desbocada, los tipos de interés al alza y una deuda que nadie sabe cómo se va a financiar, en el mundo de la empresa empiezan a mirar hacia otro lado, hacia el PP, y no parece que vaya a haber fondos Next Generation suficientes en Europa para hacerles cambiar de opinión.

Ha tenido lugar recientemente el Foro Económico Mundial de Davos, ya saben, ese cónclave anual donde las élites, esto es, los líderes políticos, consejeros delegados, prestigiosos académicos y representantes de la sociedad civil se reúnen para dar ideas de cómo hay que dirigir el mundo sin luego compartir ni pagar sus consecuencias.

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