Sustituir a los intelectuales de izquierdas por 'minions' de Elon Musk
Evolucionar es lo contrario al pensamiento único, a desmantelar el Estado, a ir contra la diversidad territorial, contra la inmigración, contra derechos sociales consolidados. Evolucionar es mirar hacia delante
Premios, jornadas, almuerzos. Para no pocos eventos sociales, he tenido que desempolvar las corbatas que guardaba en redacción al enterarme del dress code exigido por los organizadores. Una prenda aparentemente desterrada de nuestros armarios, ora por su olor a naftalina, ora por sus reminiscencias a lo Mad Men, vuelve a colarse en nuestro día a día.
De un tiempo a esta parte, vestir informal y calzar zapatillas se había convertido en imagen habitual de nuestros políticos y empresarios incluso en las situaciones más solemnes, caso de la cumbre del G-7 de 2022, donde los líderes mundiales aparecían con el cuello abierto en una fotografía que se hizo viral. Solo han transcurrido dos años de aquella instantánea, pero parece que hayan pasado décadas. El mundo se mueve rápido.
Los líderes del G7 prescinden de la corbata en 2022. (Reuters)
Un reciente artículo de The Wall Street Journal titulaba "La corbata vuelve a ponerse de moda en las oficinas". Dentro: "Algunos veinteañeros la están adoptando para proyectar seriedad y mostrar personalidad [...]. Las mujeres también se están sumando al renacimiento de la corbata, afirmando que ayuda a dominar una habitación".
Las corbatas eléctricas de Donald Trump y el hecho de que vaya a ser el nuevo presidente de los Estados Unidos no son ajenos a esta tendencia, sino que más bien han ejercido de palanca. WSJ recoge el testimonio de un pasante republicano del Congreso que admira la forma de vestir de Trump porque transmite profesionalidad en su trabajo: "Me pone en mentalidad ganadora. Me digo: 'Hoy voy a hacer algo grande'".
El mundo ha cambiado. Y no solo en la forma de vestir. Se ha vuelto más conservador como consecuencia del movimiento pendular que se ha producido en la sociedad tras apostatar del buenismo progresista, de la doctrina woke, de su dogmatismo cultural, de las políticas ESG, de su obstinación con el pluralismo de género, de los profesores de Harvard, de la superioridad moral que exudan estos, de cómo miran por encima del hombro al resto de mortales desde sus sofás abullonados y de cómo coartan las libertades en aras de un bien superior, que no es otro que el suyo propio.
Todo eso se acabó. La izquierda ha entrado en modo depresión y, por mor de este movimiento pendular, nos hemos ido de un extremo al otro, esto es, hacia un neoconservadurismo que, lejos de parecerse al conservadurismo paterno, ha sabido adaptarse a los tiempos y calado entre los jóvenes. Se percibe en la conversación, las tendencias, las lecturas, la forma de vestir y, sobre todo, ha sabido entender un lenguaje que antes era patrimonio de la izquierda. Todo ello ha servido de espoleta para los movimientos tectónicos producidos en naciones como Estados Unidos.
Nada tan simbólico, nos recordaba Esteban Hernández, como la entrevista que The Economist hizo a Javier Milei y el tono elogioso o, como mínimo, respetuoso con el que se dirige a su figura y al libertarismo que dice representar. Una entente, la de la biblia del liberalismo (o lo que quede de él) con el mandatario argentino, que no termina de casar bien con algunos hechos anecdóticos, como que el interlocutor válido de Milei en España sea la extrema derecha de Vox. Ni siquiera el PP.
Ese es el quid de la cuestión. El problema de estos tiempos líquidos y del batiburrillo ideológico en el que nos movemos (por ahí anda también Georgia Meloni), donde ponemos etiquetas sin ton ni son y desnaturalizamos términos otrora con gran carga simbólica, es que hablamos de pensamiento conservador o liberal cuando en realidad nos estamos refiriendo a otra cosa. La culpa la tenemos todos, empezando por los políticos y terminando por los medios de comunicación, incluido The Economist.
Por muy de derechas que sea el partido republicano en Estados Unidos, lo de Trump no es conservadurismo, sino movimiento antisistema. Igual que Milei. Es el antiintelectualismo saliendo del armario como lógica reacción a la catástrofe progresista previa en la que nos embarcamos. Pero este, por mucho que lo camuflemos, no es un pensamiento conservador. Es un pensamiento destructor, muy alejado de las reformas que necesitan las democracias liberales para seguir evolucionando conforme a unos principios y valores.
Y las democracias liberales no solo deben defender la libertad frente a esa igualdad de quita y pon que quiere acabar con la meritocracia, no solo deben luchar contra la inferioridad moral en la que les sitúa la izquierda radical, sino que también deben oponerse al antiintelectualismo.
Ha sido peor el remedio que la enfermedad. Una vez desaparecidos los intelectuales, los nuevos referentes de la sociedad, advertía Carlos Sánchez en su columna de este fin de semana, "son personajes de saldo surgidos de la nada". Más concretamente, los que pululan por las redes sociales y Youtube, el hombre-masa, que diría Ortega y Gasset, que se cree distinto al intelectual, lo desprecia y quiere acabar con él.
Según John Burn-Murdoch, del Financial Times, este ecosistema resulta "desfavorable para unestablishment centrista y educado, pero una bendición para los populistas y radicales". El porcentaje de adultos que leen noticias en Internet en Estados Unidos ha caído del 70 al 50% desde 2013. El porcentaje de los que no consumen ningún medio periodístico, ni analógico ni digital, se ha disparado del 8 al 30%. “Si bien el declive de la prensa escrita es un problema para la cuenta de resultados de los periódicos, el hundimiento del consumo de noticias es un problema para la sociedad”, dice Burn-Murdoch.
La izquierda tenía la obligación de sostener el amor por la inteligencia y la reflexión, pero lo traicionó conscientemente, dejándose llevar por otros intereses. Un intelectualismo trufado de dogmatismo y medias verdades y, sobre todo, encamado con el poder político. Han jugado a ganar elecciones, blindarse en el Gobierno y aniquilar al adversario, cuando la democracia es justo lo contrario: espacios de alternancia, donde uno juega contra el otro para seguir ganando partidos, aunque los pierda. Lo llamamos centralidad.
Esta corriente antiintelectual no es nueva, sino que, como señala David Jiménez Torres (La palabra ambigua, Taurus, 2023), viene dándose desde el mismo momento en que apareció el término 'intelectual' a finales de la década de 1880. Un discurso propio del mundo clerical y tradicionalista, sobre todo a raíz del papel de esta intelectualidad durante la Segunda República, pero también del Partido Socialista de aquella época, en tanto en cuanto máximo representante de la clase obrera. Luego, conforme estos intelectuales y sus círculos mediáticos han ido ocupando posiciones prominentes en el PSOE, dicha clase obrera ha ido alejándose hacia formaciones situadas en el extremo contrario. Ya lo vaticinó el historiador Javier Tusell: la izquierda, por desgracia, "tiene en sus filas demasiados intelectuales".
Los antisistema están triunfando por la desafección de la ciudadanía hacia los grandes partidos, que no han sabido resolver sus problemas. Las imágenes de aquel domingo en Paiporta resultan paradigmáticas: tiraron barro a los Reyes de España, se les llamó asesinos, un palo dio en la espalda del presidente del Gobierno.
De ahí que, para conservar cierto caudal de votos, estas grandes formaciones están deviniendo populistas y antisistema, abogando por la desinstitucionalización del país. Ejemplos claros son Donald Trump en Estados Unidos o Pedro Sánchez en España, cargando contra la Justicia y los medios de comunicación, acaso las únicas trincheras que se le resisten, cuando, en puridad, deberían hacer justo lo contrario. Nuestras sociedades solo pueden evolucionar de forma sana en un entorno de equilibrio de poderes.
Nunca he terminado de acostumbrarme a las corbatas. Si hay que llevarlas, se llevan sin problema, pero no por obligación ni por un neoconservadurismo mal entendido. Evolucionar es lo contrario al pensamiento único, a desmantelar el Estado, a ir contra la diversidad territorial, contra la inmigración, contra derechos sociales consolidados. Evolucionar es mirar hacia delante. El gran riesgo del neoconservadurismo actual es que, de tanto matar a los intelectuales de izquierdas, acabemos todos convirtiéndonos en minions de Elon Musk.
Premios, jornadas, almuerzos. Para no pocos eventos sociales, he tenido que desempolvar las corbatas que guardaba en redacción al enterarme del dress code exigido por los organizadores. Una prenda aparentemente desterrada de nuestros armarios, ora por su olor a naftalina, ora por sus reminiscencias a lo Mad Men, vuelve a colarse en nuestro día a día.