Europa elige a su socialista de cabecera: Sánchez fuera, Costa dentro
El líder español ha confundido la escena con el foco, la visibilidad con la influencia. Y ha terminado como todos los actores secundarios que intentan robar plano al protagonista: cortado en el montaje
Sánchez se enteró del acuerdo arancelario entre Europa y Estados Unidos de la misma forma que se enteró del informe de la UCO sobre Santos Cerdán: por la prensa, al mismo tiempo que el resto de los mortales. El hecho resulta anecdótico —en Bruselas, salvo el alemán Merz, nadie pinta nada—, pero sirve para desmontar el relato que difunden con esmero los miembros de la claque sanchista en Madrid y Barcelona, y que presenta al presidente español como una especie de referente ilustrado en el Olimpo europeo, un geoestratega con visión de Estado, discurso eco-friendly e inglés impoluto.
Era cuestión de sentarse en la puerta de casa y esperar. Puedes engañar a todos una parte del tiempo, a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todos todo el tiempo. Sánchez está de capa caída. Ya no es el niño bonito de Ursula ni el faro progresista de Macron.
En el Consejo hay otro socialista más útil, más conciliador y, sobre todo, más fiable. Antonio Costa: un hombre que sabe irse antes de que lo echen, que no necesita redactar manifiestos sobre su integridad porque la ejerce y que no convierte cada reunión institucional en un publirreportaje de su resiliencia. A diferencia de Sánchez, Costa no exige que le den la razón por aclamación ni se presenta como víctima de una conspiración galáctica cada vez que la realidad le lleva la contraria.
Más allá de la política doméstica —que ya empieza a hacer ruido incluso en los silenciosos pasillos de Bruselas—, el desprestigio de Sánchez se ha ido cocinando a fuego lento gracias a sus intermediaciones con China y Venezuela al margen de la Comisión, sus desplantes a la OTAN y el uso obsceno de las instituciones europeas para resolver asuntos internos. La tournée de Napoleonchu Albares en busca de la oficialidad del catalán en la UE es el colofón de una estrategia suicida: convertir los órganos comunes en peones de su propia agenda personal. Resultado: descrédito, hartazgo, aislamiento.
"En el paquete Ómnibus [iniciativa legislativa de la Comisión que busca simplificar la normativa de la Unión Europea, especialmente en materia de sostenibilidad e información corporativa], el resto de países ya no estaba dispuesto a dar nada a España, ninguna concesión para quedar mínimamente bien", señalaban sotto voce en la Representación Permanente de España ante la Unión Europea (REPER). Nadie quiere pagar el coste político de ayudar a un Gobierno que se hunde.
Para la Comisión, Sánchez es ya un patito cojo, un lame duck institucional, un Gobierno en funciones. Saben que lo acorrala la corrupción, que no ha conseguido aprobar unos presupuestos y que, con Podemos —contra Franco vivíamos mejor— y Junts en la ecuación, tampoco lo logrará en 2026. Lo dice hasta The Economist, ese faro liberal que antaño el PSOE citaba con reverencia y que ahora recomiendan no leer por higiene democrática: Sánchez ha "debilitado los controles democráticos", gobierna con "un batiburrillo de aliados" y ha sumido al país en la parálisis. Debería dimitir.
En Europa comenzaron a tomarle la matrícula tras aquel arrebato mesiánico en la red X, cuando se concedió cinco días de reflexión para decidir si seguía siendo presidente o se retiraba a La Mareta. Aquello provocó estupor en las cancillerías y regocijo en las redacciones. Pensaban que era un dirigente con garbo salido de alguna universidad de élite y se encontraron con un producto de fábrica, del clan del Peugeot, donde no se habla inglés de Eton, sino como Torrente.
Su ocaso se consumó en la reciente cumbre de la OTAN en La Haya, donde Sánchez decidió convertirse en el protagonista, pero no por sus aportaciones estratégicas, sino por su capacidad de destruir consensos. Fue el único jefe de Gobierno que se negó públicamente a intentar alcanzar el objetivo común de elevar el gasto en defensa al 5% del PIB para 2035. Mientras otros exponían compromisos claros, Sánchez plantaba la cifra del 2,1% como quien lanza un cubo de agua fría y proclamaba que aquello estaba pactado con sus socios. No era verdad.
La foto de familia de aquella cumbre no dejaba lugar a dudas. Sánchez, escorado a la izquierda —geográficamente y políticamente—, ligeramente apartado del grupo. Porque mientras se negociaban los acuerdos comerciales clave entre la UE y Estados Unidos, España no estaba. Ni participó ni fue informada.
El núcleo duro de la negociación arancelaria —Bjoern Seibert, todopoderoso jefe de gabinete de Von der Leyen, y Sabine Weyand, directora general de Comercio— apartó incluso al propio comisario Sefcovic, que llevaba meses viajando a Washington. Le invitaron a Escocia como gesto de cortesía, pero el trabajo duro ya estaba hecho. El Colegio de Comisarios fue notificado ex post. Incluida la española Teresa Ribera. No estamos hablando de una comisaria cualquiera, sino de la vicepresidenta de la Comisión.
España ha sido kept in the dark hasta el último momento. Todos los Estados miembros lo fueron en mayor o menor medida, pero algunos —Alemania, por razones evidentes— salieron mejor parados. En lo que afecta al sector del automóvil, Berlín celebró el acuerdo mientras París lo condenaba. ¿Y España? Nadie sabe nada. Nadie pregunta. Nadie responde. Ese país al sur de los Pirineos y al norte de África.
El resultado del acuerdo arancelario va mucho más allá del comercio.Está directamente relacionado con el compromiso europeo de comprar armamento norteamericano, con el reparto del mercado, con el rediseño de la alianza atlántica. En ese nuevo mapa, España ha quedado fuera. Sánchez ha confundido la escena con el foco, la visibilidad con la influencia. Y ha terminado como todos los actores secundarios que intentan robar plano al protagonista: cortado en el montaje.
Su estrella internacional, como su estrella nacional, se apaga. Pero aún emite algo de luz. Ese resplandor postrero es, como las llamaradas de una supernova, tan vistoso como fugaz. Y suele anunciar lo que viene después: el vacío.
Sánchez se enteró del acuerdo arancelario entre Europa y Estados Unidos de la misma forma que se enteró del informe de la UCO sobre Santos Cerdán: por la prensa, al mismo tiempo que el resto de los mortales. El hecho resulta anecdótico —en Bruselas, salvo el alemán Merz, nadie pinta nada—, pero sirve para desmontar el relato que difunden con esmero los miembros de la claque sanchista en Madrid y Barcelona, y que presenta al presidente español como una especie de referente ilustrado en el Olimpo europeo, un geoestratega con visión de Estado, discurso eco-friendly e inglés impoluto.