La salud del presidente: Sánchez frente a su Dorian Gray
Acaso en eso consista la verdadera tragedia: cuanto más se aferra al poder, más visible se hace la corrupción de su retrato, hasta que ya no queda diferencia entre el rostro ajado del cuadro y el del propio protagonista
Pedro Sánchez en la entrevista con Pepa Bueno. (RTVE)
Resulta evidente el deterioro físico del presidente desde su llegada al poder, un desgaste habitual en los mandatarios por la simple acción de gobierno, pero que en el caso de Sánchez adquiere tintes preocupantes por su aspecto cada vez más enfermizo. Escasas apariciones ante la opinión pública y siempre con rictus demacrado.
Parece igualmente evidente que este avejentamiento se ha acelerado en los dos últimos años, coincidiendo con las causas judiciales que se ciernen sobre el Ejecutivo, y que conforme se producía lo uno y lo otro, esto es, el deterioro físico y la corrupción política, la deriva autocrática de Sánchez iba a más, arremetiendo contra todo y contra todos en un comportamiento más propio de sistemas iliberales que de regímenes constitucionales.
El asunto trasciende la rumorología y se ha convertido en objeto de debate en la opinión pública, planteándose la posibilidad de que Moncloa se pronuncie sobre el deterioro físico y la evidente pérdida de peso del presidente del Gobierno, tal y como sugería el periodista Fernando Ónega en un reciente artículo en La Vanguardia.
No es solo esa imagen de Pedro Sánchez enjuta, pómulos marcados, mirada perdida, en su entrevista en RTVE, son también sus decisiones, su tono, sus palabras, su forma rotunda de asegurar que hay jueces, los que investigan a su familia en particular, que actúan en contra de la ley para dañarle políticamente, su campaña contra los medios de comunicación. Es todo en su conjunto.
La esfera privada resulta difícil de desligar de la pública cuando se trata de un presidente del Gobierno o primer ministro, elegido democráticamente por el pueblo, en una clara delegación de confianza y soberanía popular. Si el presidente sufriera una enfermedad o dolencia que pudiera afectar o condicionar sus capacidades en el desempeño de su cargo, no solo sería de interés general y objeto de noticia sino que el propio mandatario o algún portavoz de la institución que representa debería dar las consiguientes explicaciones.
En su ensayo En el poder y la enfermedad (Editorial Siruela), el exministro y médico Dave Owen analiza cómo las enfermedades físicas y mentales han influido en la toma de decisiones —paradójicamente, no siempre para mal, alimentando la leyenda de que las genialidades siempre tienen algo de locura— de líderes políticos en asuntos de suma gravedad que incluso han llegado a marcar el rumbo de la historia. Son líderes conocidos en su mayoría, aunque no así sus enfermedades, que jamás salieron a la luz.
Mitterrand, presidente de Francia entre 1981 y 1995, padeció un cáncer de próstata diagnosticado poco después de llegar al Elíseo, que ocultó deliberadamente a la opinión pública durante más de una década. Médicos y colaboradores se prestaron a la mentira institucionalizada. Como consecuencia, Mitterrand tomó decisiones cruciales —el viraje económico de la izquierda francesa, el Tratado de Maastricht, etcétera— sin que los franceses supieran en qué condiciones físicas y psíquicas lo hacía. La enfermedad le acompañó hasta el final: las imágenes de un Mitterrand demacrado, aferrado al cargo, simbolizan como pocas la fusión entre poder y opacidad.
En el lado contrario, Eisenhower, presidente norteamericano y héroe de la Segunda Guerra Mundial, padeció varios problemas de salud graves durante su mandato: un infarto en 1955, una intervención intestinal en 1956 y un ictus en 1957. A diferencia de Mitterand, Eisenhower optó por la transparencia. Se hospitalizó públicamente, emitió partes médicos regulares y permitió que el pueblo americano siguiera de primera mano su recuperación. Lejos de debilitar su autoridad, esa franqueza reforzó la confianza de los ciudadanos.
Ante la omertá existente, haríamos mal en especular sobre las posibles dolencias del presidente del Gobierno, más allá de la exigencia de una mayor transparencia en aspectos que afectan a la vida privada de Sánchez, pero que lo trascienden. En lo que sí hay mayor consenso es en atribuir al presidente español lo que Owen, junto a Jonathan Davidson, denominaHubris Syndrome, síndrome de hybris o embriaguez de poder
No está reconocida como enfermedad psiquiátrica, sino que se trata de un síndrome adquirido por el ejercicio prolongado del poder, que condiciona directamente la capacidad de gobernar y que se puede constatar por una serie de rasgos tales como: la fusión del yo con la nación o la organización; uso del plural mayestático; fe inquebrantable en que un tribunal más alto justificará sus actos; temeridad e impulsividad, y rectitud moral que hace caso omiso de los detalles prácticos, el coste y el resultado.
Las analogías con Sánchez son muchas y evidentes. Como muestra, la entrevista en RTVE y la defensa férrea que hace del fiscal general del Estado, dictando sentencia antes de que lo hagan los propios jueces, en un ejercicio de narcisismo y evidente superioridad moral que definen al personaje, amén de su apego al poder, de la ocupación de instituciones que le son ajenas, del relativismo radical con el que ejerce la acción de gobierno, del tono autocrático de su mandato y de la soledad con la que toma las decisiones.
Siempre he pensado que el síndrome de hybris —que padece una gran mayoría de los líderes políticos, caso de Tony Blair o José María Aznar cuando se metieron de hoz y coz en la guerra de Irak— era el que mejor define al personaje Sánchez.
Sin embargo, con el paso del tiempo, y con el conocimiento actual de hechos relevantes del pasado que sirven para entender la psique del presidente —véanse la forma en la que ganó las primarias en el PSOE, la moción de censura contra Rajoy o la falta de ética y escrúpulos de sus más próximos colaboradores—, nos quedaríamos cortos si atribuyéramos la actual deriva autocrática a un simple trastorno de personalidad narcisista provocado por el ejercicio del poder después de mucho tiempo en Moncloa.
Como reflexionaba recientemente Arturo Pérez-Reverte, si él fuese politólogo, "me dedicaría a estudiar a Sánchez como personalidad". Se trata de un espécimen único. Necesita de un análisis ad hoc.
Hay elementos de Sánchez que no encajan exactamente con los criterios del síndrome de hybris o que, al menos, necesitarían de cierta reinterpretación. Primero, el presidente no se ha vuelto un autócrata por encastillarse en la Moncloa y dejar de escuchar a quien bien quiere aconsejarle durante ocho años. A tenor de lo descubierto en la trama Koldo, el presidente venía ya de serie, antes de hacerse con el Gobierno e incluso antes de ascender a la secretaría general del PSOE. Como decía Alfonso Guerra: no es que los políticos se hayan hecho criminales, es que los criminales se han metido en política. Fue antes el huevo que la gallina.
Y luego está la variable 'b' de Begoña. Si Owen analiza a los líderes políticos desde su individualidad, la figura de Sánchez no se entiende sin el papel de su mujer, Begoña Gómez, su auténtico punto débil, la persona que mayor ascendente tiene sobre el presidente, a la única que no se puede laminar, ni tampoco callar. No sabemos dónde empieza uno y termina la otra. Necesitaría de un análisis conjunto. El deterioro de la figura de Sánchez y sus mayores errores estratégicos empezaron con el caso Begoña Gómez y han ido a más según este ha ido cogiendo vuelo en los tribunales. La variable 'b' resulta diferenciadora respecto a otros líderes políticos que han padecido el síndrome.
Es por todo ello que, para entender la figura de Sánchez —como sugería Pérez-Reverte—, más que acudir a sesudos tratados de psicología política o manuales de psiquiatría, habría que abrir de nuevo El retrato de Dorian Gray.
A Wilde le bastó un lienzo escondido en una buhardilla para explicar la degradación moral de un hombre que quiso vivir dos vidas: la pública, esplendorosa y artificialmente joven; y la íntima, oculta en un cuadro cada vez más marchito, símbolo de sus miserias. El poder opera de forma parecida: mientras el rostro que se ofrece en la pantalla intenta proyectar firmeza, seguridad y juventud, en alguna estancia invisible de la Moncloa se van acumulando las arrugas, la podredumbre y el sudor frío de la culpa.
El personaje de Wilde termina acuchillando el cuadro para liberarse, sin comprender que, al hacerlo, se destruye a sí mismo. Y acaso en eso consista la verdadera tragedia del gobernante que confunde su destino con el de una nación: que cuanto más se aferra al poder, más visible se hace la corrupción de su retrato, hasta que ya no queda diferencia entre el rostro ajado del cuadro y el del propio protagonista.
Resulta evidente el deterioro físico del presidente desde su llegada al poder, un desgaste habitual en los mandatarios por la simple acción de gobierno, pero que en el caso de Sánchez adquiere tintes preocupantes por su aspecto cada vez más enfermizo. Escasas apariciones ante la opinión pública y siempre con rictus demacrado.