Hands-off, señor Sánchez. A falta de que nuestros países vecinos reconozcan la cooficialidad del catalán en Europa —principal cometido diplomático de José Manuel Albares en un momento en el que la geopolítica está tranquila y, por lo que se ve, no ocurre nada grave en el mundo—, el núcleo duro de Carles Puigdemont tiene que recurrir a un término anglosajón para explicar cuál va a ser su posición a partir de ahora con respecto al Gobierno español.
Hay varios modos de formular una ruptura. Puede ser meramente retórica ("nos consideramos desvinculados de nuestros compromisos con este Gobierno"). Puede ser paralizante ("no volverán a contar con nuestros votos"). O puede ser decisoria si, además, se presta a participar de algún mecanismo para descabalgar al Ejecutivo.
Tras la permanente de este domingo, podemos colegir que la fórmula elegida se encuentra entre la primera y la segunda y lejos de la tercera. Una política de hands-off, como me señalaba un preboste de Junts, implica no involucrarse directamente y dejar que los demás actúen por sí mismos: "Vamos a retirar nuestro apoyo y que pase lo que tenga que pasar. Si aguanta, que aguante. Si cae, que caiga", explican en la formación independentista.
Se desconocen los detalles del plan de Puigdemont y sus fieles, pero sí se puede intuir la esencia: romper con Sánchez, formalizar que en Suiza ya no hay nada de lo que hablar, aplicar una mayor dureza verbal en las declaraciones y dejar de apoyar al PSOE en las votaciones que estimen oportunas. En definitiva, incrementar el dolor. Poco más.
La amenaza velada de Míriam Nogueras en el Congreso no fue sino el prólogo de un escenario que hacía bastante tiempo estaba decidido. Nunca ha existido química entre Puigdemont y Sánchez. Sólo era posibilismo. Y ya ni siquiera eso.
Ninguno de los tres grandes pactos rubricados entre ambos —la ley de amnistía, la oficialidad del catalán en las instituciones europeas o la transferencia plena de las competencias de inmigración— ha fraguado: todos quedaron inscritos en acuerdos de hoja de ruta, pero ninguno aterrizó con resultados tangibles.
El problema de Sánchez es siempre el mismo. Luego de mucho prometer, llega a la parte de los acuerdos que firmó y cuyo cumplimiento no depende del Ejecutivo, sino de terceras instancias, con lo que no hay posibilismo ni promesas que valgan. No están en su mano. No se puede negociar como si el Estado entero fuera propiedad de uno.
Tras la permanente, vendrá la ejecutiva de Junts, y más tarde, refrendo de la militancia mediante votación, una fórmula que ya se utilizó cuando la formación abandonó el Govern compartido con Esquerra Republicana.
¿Moción de censura instrumental de Puigdemont con PP y Vox?
Resulta inverosímil. Junts sabe que facilitarles el camino sería cavar su propia tumba: perdería su distintivo independentista y pasaría a ser peón del bloque de la derecha española. En otras palabras: un suicidio táctico.
Además, los de Puigdemont prefieren mantener una ambigüedad funcional: apoyar sin firmar, bloquear sin decir ‘moción’, condicionar sin asumir la responsabilidad plena. Esa posición de "no hacemos nada, pero todo puede caer" es la que mejor encaja con esta política de dolor administrado.
¿La tesitura obligará a Sánchez a convocar elecciones?
Tampoco tan rápido. Si alguien sabe manejar los tiempos, ese es el presidente del Gobierno. La ruptura le puede venir como miel sobre hojuelas. Las llaves las sigue teniendo Sánchez y, además, siempre podrá argumentar que todo lo acontecido hasta ahora obedecía a un plan preconcebido, una celada a Puigdemont para doblegar a los independentistas.
Les hizo ver que estaba de su lado cuando nunca fue así. En contra de lo que vaticinaban las derechas, ha logrado apaciguar los ánimos, Puigdemont sigue sin regresar a España y no le ha dado nada de lo que pedía. Mientras tanto, el socialismo ha conquistado Cataluña.
Se trata del nunca suficientemente valorado relativismo sanchista. La claque que vitorea sus golpes de efecto —y que tuvo que bendecir la amnistía después de negarla— tendrá que comerse de nuevo el sapo y desdecirse.
¿Podrá Sánchez seguir gobernando en estas condiciones?
El director de El Nacional, José Antich, nos abría este fin de semana una rendija para poder reconducir la situación con Junts y alargar la legislatura: "¿Qué pasará con la amnistía de Puigdemont y la promesa del Gobierno español de transitar hacia su retorno a Cataluña a través del Tribunal Constitucional?". En román paladino, no se preocupe señor Sánchez, que esto se lo arregla Conde-Pumpido. ¡Dios, qué buen vasallo, si hubiese buen señor!
Sea como fuere, con Junts o sin Junts, con Conde-Pumpido o sin Conde-Pumpido, el Ejecutivo de Sánchez hace tiempo que perdió el timón. Solo sobrevive. Ya dijo Sánchez ante el Comité Federal de septiembre de 2024 que gobernaría "con o sin el concurso del Legislativo". Así ha sido durante la presente legislatura. La parálisis del Gobierno, recordaba este fin de semana Juan Fernández-Miranda, ha obligado al Congreso a recortar los plenos: de las veinte sesiones celebradas en 2025, 12 se han limitado a dos días ante la falta de iniciativas del Ejecutivo.
Todo ello abona la idea tan cacareada en las cenas del tout Madrid de que esta legislatura no da más de sí, de que los acontecimientos se aceleran y los golpes de ingenio de Sánchez, cada vez más numerosos y descabellados, obedecen a esta sensación.
Es posible que sea así, pero no será por la decisión que tome Junts y ratifique la militancia. Al menos, no exclusivamente. El futuro no está en el Congreso, sino en los tribunales. El ritmo de la legislatura no lo marcará Puigdemont, sino los informes de la UCO.
Hands-off, señor Sánchez. A falta de que nuestros países vecinos reconozcan la cooficialidad del catalán en Europa —principal cometido diplomático de José Manuel Albares en un momento en el que la geopolítica está tranquila y, por lo que se ve, no ocurre nada grave en el mundo—, el núcleo duro de Carles Puigdemont tiene que recurrir a un término anglosajón para explicar cuál va a ser su posición a partir de ahora con respecto al Gobierno español.