Inocente o culpable, Sánchez ya ha ganado con la sentencia del fiscal general
Ha logrado algo insólito: que cada crisis sea una victoria y cada victoria, una excusa para moldear la realidad. Pero las ficciones solo funcionan si el lector decide suspender voluntariamente su incredulidad
Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. (EP)
Make it happen. Es el lema que se puede leer en el frontispicio de la página web de Redondo & Asociados, la consultora de Iván Redondo, el otrora todopoderoso jefe de gabinete de Pedro Sánchez y artífice de buena parte de sus victorias y de una forma peculiar de hacer política. El método Redondo es tan sencillo como eficaz: el golpe de efecto, captar la atención a toda costa, hacerlo en menos de treinta segundos. Si no tienes nada que decir, no resultas competitivo. Estás fuera de la carrera.
Redondo hace tiempo que abandonó el barro de la política para dedicarse, con singular éxito, a la consultoría de grandes empresas, pero el Ejecutivo socialista todavía destila su particular estilo. No me refiero a la irrupción del presidente del Gobierno en los estudios de Radio 3 para hablar de Rosalía, que resulta anecdótica, sino a esa habilidad para transformar lo que son meras supervivencias —balones de oxígeno de un Ejecutivo moribundo— en grandes victorias. Haz que suceda. Make it happen.
"Los votantes de derechas están cansados de que se les anuncie el fin del sanchismo y de verse siempre refutados por la realidad"
Una estrategia made in Lakoff que no solo le permite dar alas a sus fieles más irredentos a pesar de los nubarrones que se ciernen sobre sus cabezas, sino que alimenta la frustración de la oposición y, sobre todo, de los votantes de esta, cansados de que se les anuncie tantas veces el fin del sanchismo y de verse siempre refutados por la realidad. En el manejo de las expectativas, en Moncloa pueden considerarse unos veteranos de guerra frente a una oposición que peca de amateurismo.
Lo sucedido la semana pasada resulta paradigmático. Fue la gran semana de Pedro Sánchez, con fuegos artificiales y violines de Berghain. El abogado general de la Unión Europea avaló la amnistía a los líderes del procés, y Puigdemont, lejos de dinamitar la legislatura, permitió sacar adelante votaciones clave para los socialistas.
Ya dijimos que lo de Junts con el PSOE era un divorcio con derecho a roce. Apenas han pasado unos días y hemos sido testigos del enésimo encamamiento político de Puigdemont y Nogueras con Sánchez y Bolaños. Sin despeinarse. Algo debe pesar la posibilidad de que el líder de Junts pueda retornar a Cataluña a principios del próximo año.
El panorama sigue sin pintar nada bien para los socialistas —el viacrucis judicial continúa y la distancia del bloque de la derecha frente al de la izquierda se mantiene en unos insalvables diez puntos—, pero en Moncloa se están encargando de alimentar otra realidad. ¿Se imaginan que el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, sale absuelto del juicio que ha quedado visto para sentencia en el Supremo? ¿Se imaginan la reacción del presidente del Gobierno?
Porque la posibilidad de que sea declarado inocente es tan verosímil como la de que salga culpable. La balanza se sostiene en una cuerda floja. Que su comportamiento es reprobable lo sabe cualquiera que haya seguido la sucesión de los hechos: la petición y publicación de los correos; el uso coordinado de una nota de prensa redactada tras consultar la negociación entre los fiscales; y, sobre todo, ese gesto tan significativo como vulgar de borrar sus mensajes de WhatsApp el mismo día en que el Supremo abría la causa como quien limpia la cocina justo antes de que entren los inspectores sanitarios.
Suficiente para que hubiera dimitido en cualquier democracia medianamente seria. Pero esa categoría, me temo, ya no es aplicable sin cierto rubor a nuestro país.
"Moncloa juega a dos barajas. Si García Ortiz es declarado culpable será 'lawfare'; si sale absuelto, lo usará en los casos de su mujer y su hermano"
Ahora bien, que el comportamiento sea reprobable no implica necesariamente que sea delictivo. Para entrar en ese terreno, tendrían que existir pruebas o indicios suficientes. Y es ahí donde se encuentra el quid jurídico de la historia. Una prueba indiciaria, para ser decisiva en un proceso penal, debe ser algo más que una sospecha: tiene que dejar mancha. Y según los expertos, no hay mayor mancha que la nota de prensa que ordenó difundir y en cuya redacción participó. Dicho esto, todo se andará.
Moncloa lo sabe y por eso juega a dos barajas. Se está preparando tanto para una cosa como para la contraria. En cualquiera de las situaciones, gana como la banca.
Para prueba, el titular cuidadosamente elegido del presidente en su entrevista en El País: "El fiscal general es inocente, y más aún tras lo visto en el juicio". Solo verbalizas semejante titular si, en realidad, piensas que lo van a condenar. Es un movimiento de apertura en ajedrez: colocas el alfil en diagonal larga y esperas a que el rival se descoloque.
Si cae la condena, ya tienes el paquete completo: lawfare, conspiración judicial, caza de brujas mediática y la movilización emocional de los tuyos. Perfecto para abrir camino a otro indulto, que ya no sorprende a una opinión pública que ha sido sometida a tantas dosis de narrativa que parece inmunizada.
Y si García Ortiz resulta absuelto, pues mejor: ¿Lo veis? Todo era mentira. Como lo de mi mujer. Como lo de mi hermano. Como la inconstitucionalidad de la amnistía. Europa nos da la razón. Y vuelta a hacerse la víctima. Una víctima sin presupuestos y con una ventana de oportunidad para convocar elecciones. Make it happen.
Para adelantar elecciones necesitas un porqué. Y Sánchez está acumulando unos cuantos. Hay quien las sitúa en el primer semestre de 2026 para así desbaratar el ciclo electoral que arranca este diciembre y que supone un campo de minas para los socialistas. Lo es porque habrá nuevo presidente del PP en la Comunidad Valenciana; Guardiola tiene alfombra roja en Extremadura tras el veto del Gobierno al modelo nuclear; Castilla y León se antoja un territorio inexpugnable, y en Andalucía, a lo máximo que pueden aspirar es que Moreno Bonilla dependa de Vox en una hipotética investidura.
Si ya sabes que todo va a ir peor, te coges el comodín de la amnistía y del fiscal general del Estado y tiras para delante. ¿Por qué arriesgarte a dilatar las generales al segundo semestre o, ya puestos, a 2027? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la psique de un Sánchez más preocupado por sí mismo que por España y, desde luego, que por el PSOE. Si para mantenerse en Moncloa hay que sacrificar los territorios, sus barones y alcaldes, se sacrifican. Total, mientras tenga el BOE, conserva el volante.
El problema es lo que viene después. Porque el PSOE, tras el sanchismo, no lo va a reconocer ni la madre que lo parió. Necesita de regeneración. Y regenerarse significa volver a la moderación, a la centralidad, a lo institucional, a ese territorio donde se hablaba con unos y con otros sin convertir cada discrepancia en un insulto.
En el tablero político español, Sánchez ha convertido la supervivencia en una forma de arte escénico. No gobierna: sobrevive. No explica: inventa. Ha logrado algo insólito en democracia: que cada crisis sea una victoria y cada victoria, una excusa para moldear la realidad a su conveniencia. Pero las ficciones políticas, como las literarias, solo funcionan mientras el lector decide suspender voluntariamente su incredulidad. Y, mal que le pese a alguno, cada vez falta menos para que se enciendan las luces de la sala.
Make it happen. Es el lema que se puede leer en el frontispicio de la página web de Redondo & Asociados, la consultora de Iván Redondo, el otrora todopoderoso jefe de gabinete de Pedro Sánchez y artífice de buena parte de sus victorias y de una forma peculiar de hacer política. El método Redondo es tan sencillo como eficaz: el golpe de efecto, captar la atención a toda costa, hacerlo en menos de treinta segundos. Si no tienes nada que decir, no resultas competitivo. Estás fuera de la carrera.