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La era del odio: Moncloa señala, la turba dispara
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Nacho Cardero

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La era del odio: Moncloa señala, la turba dispara

Y por mucho ruido que fabriquen, por muchas conspiraciones que inventen y por mucho fango que arrojen, la verdad siempre acaba encontrando la manera de salir

Foto: Pedro Sánchez en el Congreso. (EFE)
Pedro Sánchez en el Congreso. (EFE)
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Hay una campaña visceral contra el Supremo y todos aquellos medios de comunicación que denuncian la corrupción del Ejecutivo. Nada que nos sorprenda. Todo normal. Por favor, circulen. Lo novedoso —y peligrosamente novedoso— es que, conforme pasan los días, esa campaña está deviniendo tóxica: ya no es propaganda ni presión. Es odio.

La semana pasada escuché a un compañero de tertulia hablar de "golpe de Estado judicial" sin que se le cayeran los palos del sombrajo. Después vinieron más. Mayormente sincronizados. El mantra se repite machaconamente en televisiones y radios, con especial dedicación en RTVE: el "totalitarismo judicial", Mazón y El Ventorro, Vox canibalizando al PP. En el búnker mediático gubernamental no existe otro menú. Lo de Ábalos, ese exministro que amanece en Soto del Real, no pasa de nota a pie de página.

Lejos de poner el foco informativo en el hecho esencial —que el círculo más estrecho de Pedro Sánchez ha acabado en prisión y que esto compromete de manera directa la continuidad del presidente del Gobierno—, la obsesión de ciertos condotieros de la información es la caza y captura de jueces y periodistas.

El guion estaba escrito de antemano. Fue saberse la condena del fiscal general del Estado y el Ejecutivo, sus socios parlamentarios y sus socios mediáticos comenzar a marcar con cruces rojas a los magistrados del Supremo, los mismos que, oh casualidad, tienen mucho que decir en las causas sobre las tramas corruptas del PSOE.

Ahí está la querella de los Comunes por presunta revelación de secretos contra Martínez Arrieta, presidente de la sala que ha juzgado a García Ortiz. La pieza a cazar. Tres magistrados habrían participado en un curso del ICAM sobre recursos de amparo y al terminar, Arrieta habría dicho: "Me voy, que tengo que poner la sentencia del fiscal general". Con todo lo que está cayendo, el gran misterio nacional parece ser ahora la programación de cursos del ICAM. Elisa Beni ha osado mostrar su extrañeza ante esta repentina fiebre académica y de inmediato le han mandado a la hoguera.

En paralelo —y no por casualidad—, las cloacas de Ferraz evacúan la especie de que Villarejo es socio de El Confidencial y las redes difunden que El Mundo ejerce de emisario de Miguel Ángel Rodríguez. La imaginación es libre; el escrúpulo, opcional.

El odio y la confrontación para estimular a determinados votantes. La era de la crueldad en la que también se maneja la clase política

Están incitando a los suyos a odiar. A odiar a los jueces, pero también a los medios libres y a cualquiera que no les baile el agua. La confrontación para estimular a determinados votantes. La era de la crueldad de la que hablan el politólogo Fernando Pittaro y el sociólogo Martín Szulman.

"La característica fundamental de este momento —explica Pittaro— es cómo se ha vulgarizado el lenguaje y cómo hemos aceptado, naturalizado, que el otro ya no es adversario, sino enemigo a destruir. Se degrada el lenguaje, se degrada el pensamiento, desaparece la reflexión. Y así termina degradándose la democracia misma". Ese es el marco: una sociedad embrutecida, un Gobierno que alimenta el embrutecimiento.

El principal propagador de odio es Moncloa, pero no el único. Los medios de comunicación también tienen su responsabilidad. Ellos también se han dejado arrastrar por la polarización política. Ahora bien, en este reparto de culpas, algunos tienen más culpa que otros. Me refiero a los abajo firmantes.

Foto: inocente-o-culpable-sanchez-ya-ha-ganado-con-la-sentencia-del-fiscal-general Opinión

José Antonio Zarzalejos lo resumía este fin de semana con claridad incómoda: después de haber lanzado agravios gratuitos contra periodistas y pseudomedios (sic), ninguno de los compañeros que firmaron el manifiesto en defensa del poder (sí, en defensa del poder) ha pedido perdón. A pesar de los paseíllos por la cárcel y el 2% de comisión, siguen manteniendo la tesis de que todo esto es una "invención mediática y judicial".

Moncloa se aprovecha de todas las teorías conspiranoicas que pululan por las redes —desde que la UCO es un caballo de Troya del PP hasta que Alianza Catalana es un invento del CNI— para opacar la realidad: un presidente cercado por la corrupción, dos secretarios de Organización del PSOE en prisión, un fiscal general del Estado condenado y un Gobierno incapaz de gobernar porque ya nadie quiere prestarle un voto.

Conforme Moncloa se quede sin oxígeno —apenas le llega ya a los pulmones— y se acerque el final de la legislatura, los tics autoritarios y el olor a detritus irán a más. La "máquina del fango" no era la que el Ejecutivo nos quiso vender. La máquina del fango era otra.

Mientras tanto, el Tribunal Supremo trata de no dar señales de malestar. No quieren aparecer como una parte enfrentada a otra; lo viven en privado. Cada magistrado lo gestiona como puede, sin victimismo, sin ruido, con una contención casi ascética. La institución intenta protegerse a sí misma, no entrando en el juego del Gobierno. Saben que eso es exactamente lo que Moncloa busca: una guerra abierta.

No hay mejor síntoma de que, pese a todo —pese a Sánchez, pese a ciertos medios, pese a las redes que fabrican realidades alternativas con medias verdades y muchas mentiras—, el Estado de Derecho resiste. Que Ábalos y Koldo, guardianes de los secretos de la casa, duerman en prisión pese a las presiones a los magistrados es un ejemplo de ello.

Por eso la campaña de odio arrecia: porque la justicia avanza, porque los hechos pesan, porque la realidad se abre paso. Cuando un Gobierno se queda sin argumentos, solo le queda gritar. Y cuando se queda sin excusas, solo le queda odiar. Pero el odio no gobierna. El odio oscurece, intoxica, confunde; no sostiene un país. La corrupción sí tiene responsables; la democracia, por fortuna, también tiene defensas.

Y por mucho ruido que fabriquen, por muchas conspiraciones que inventen y por mucho fango que arrojen, la verdad —esa vieja enemiga de los poderosos cuando están acorralados— siempre acaba encontrando la manera de salir.

Hay una campaña visceral contra el Supremo y todos aquellos medios de comunicación que denuncian la corrupción del Ejecutivo. Nada que nos sorprenda. Todo normal. Por favor, circulen. Lo novedoso —y peligrosamente novedoso— es que, conforme pasan los días, esa campaña está deviniendo tóxica: ya no es propaganda ni presión. Es odio.

Pedro Sánchez José Luis Ábalos Koldo García
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