La okupación de Venezuela, la política del 'maleteo' y el pánico del sanchismo
España llega tarde, mal y desnuda. Mientras EEUU ocupa Venezuela con capital, poder y visión estratégica, España se queda mirando al pasado, aferrada a maletas, comunicados y silencios cómplices
Zapatero con Maduro, su esposa Cilia, Delcy Rodríguez y su hermano Jorge en Caracas en 2018. (EFE)
Dice la prensa económica norteamericana que los lobos de Wall Street ya están preparando su desembarco en Venezuela. Un grupo de inversores de los sectores financiero, energético y de defensa viajarán en marzo a Caracas para reunirse con el nuevo gobierno, incluyendo al presidente —sea quien fuere este— ministros, banco central y Bolsa de Valores. Calculan que habrá entre 500.000 y 750.000 millones de dólares en oportunidades de inversión para fondos extranjeros en el país durante los próximos cinco años, según WSJ.
España, país con profundos lazos históricos, culturales, empresariales e institucionales con Venezuela, no está invitada a la fiesta. Ni siquiera como figurante. España perdió la batalla comercial con Venezuela mucho antes de que los helicópteros descerrajaran su arsenal. Y no la perdió por falta de músculo empresarial, sino por una combinación letal de cortoplacismo político, cobardía estratégica y sumisión geopolítica.
Nuestras empresas fueron perdiendo posiciones de forma sistemática. No porque no supieran jugar, sino porque nadie desde el Estado quiso diseñar el tablero. Se priorizó la reactividad sobre la proactividad, el aislamiento institucional sobre la coordinación público-privada y la vulnerabilidad frente a las presiones de Washington sobre cualquier atisbo de autonomía exterior.
La única política real del Gobierno español hacia Venezuela ha sido la del maleteo. No una política de Estado, sino una política de intereses. La de unos pocos que durante años han trapicheado con el régimen chavista, obteniendo beneficios multimillonarios y blindaje político, y que hoy —dice un fino analista— "tienen sobradas razones para estar preocupados e ir recibiendo clases aceleradas sobre cómo funciona un gran jurado en Estados Unidos y el convenio de extradición con España".
Estados Unidos llega con intención de reconstrucción sistemática y capacidad de movilizar capital masivo. Las empresas españolas remanentes (Repsol en energía, BBVA en finanzas, Zara en retail, entre otros) compiten desde posiciones debilitadas. Su única ventaja residual es la presencia institucional acumulada. Pero sin un giro inmediato en política exterior y sin coordinación estratégica, esa ventaja será fagocitada en meses por la ofensiva estadounidense.
Los Trump se han hecho con Venezuela como se están haciendo con medio mundo: con una visión patrimonialista del poder. La forma de gobierno por defecto del mundo premoderno, según los académicos Stephen E. Hanson y Jeffrey S. Kopstein. Un modelo donde la ideología es irrelevante, las instituciones decorativas y la legitimidad emana exclusivamente de la relación personal con el líder y de lo rentable que seas para él.
Las acciones de la Casa Blanca son incompatibles con el derecho internacional, con las leyes estadounidenses y con las regulaciones de sus propias Fuerzas Armadas. Pero Donald Trump sabe algo esencial: nadie va a mover un dedo. Unos porque no pueden. Otros porque no quieren. Y muchos porque quieren participar del festín.
En How the Trumps Won the Gulf, Financial Times hacía un juego de palabras para referirse a la diplomacia del golf y de los países del golfo, y nos contaba cómo al tiempo que la Organización Trump intentaba construir hoteles y campos de dieciocho hoyos en el paraíso de los petrodólares, Donald Trump se paseaba por Riad y Abu Dabi prometiendo billones de dólares en inversiones y acuerdos comerciales para empresas estadounidenses. "Trump se mantuvo en constante campaña de carisma, halagando y dando palmaditas en el brazo o el hombro a la gente mientras conversaba durante horas", relata FT.
Ahora le toca el turno a Venezuela, otra bicoca tanto para la familia Trump como para esos lobos de Wall Street con gorro texano y chequera entre los dientes. Petróleo, pelotazos inmobiliarios, rascacielos, the art of the deal.
Trump no lo oculta. Estados Unidos va a "gobernar" Venezuela hasta que haya un nuevo gobierno local y va a invertir "miles de millones" en infraestructura energética para producir más crudo. Traducido: se va a quedar con el petróleo, con las tierras raras y con todo lo necesario para hacer a América —y a sus empresas, incluidas las suyas— aún más grande. Para ello entrará donde tenga que entrar. Aviso a navegantes para Groenlandia y la UE.
Quizá por eso no resulte tan sorprendente que Trump haya elegido a Delcy Rodríguezpara pilotar la transición. Delcy no es solo vicepresidenta: es ministra del Petróleo, guardiana de los secretos del régimen y la única capaz de abrir la puerta a las petroleras estadounidenses sin que el país implosione. Hay crudo, hay gas, hay oro, hay tierras raras. Venezuela es el edén mineral. Y Delcy tiene la llave.
Trump ha condicionado el envío de más tropas estadounidenses a la obediencia de Rodríguez: "Si hace lo que queremos, no tendremos que enviarlas". La señaló como interlocutora principal, afirmó haber hablado con ella "muchas veces" y aseguró que su secretario de Estado ya había negociado directamente con ella. "Está dispuesta a hacer lo que consideremos necesario", dijo. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Algunos cuentan que al saber que Delcy —y no María Corina ni Edmundo González— sería la presidenta interina, Zapatero descorchó una botella de Moët & Chandon. No por nada Delcy es la de las maletas de Barajas, partner in crime del sanchismo. Pero conviene no precipitarse. Mientras Zapatero brinda, el Gobierno de España tiembla.
Trump lleva tiempo yendo a por el Ejecutivo español. La relación intensa de Pedro Sánchez con los regímenes izquierdistas y abiertamente antinorteamericanos de América Latina nunca ha gustado a los EEUU. De hecho, Pedro Sánchez se ha sumado a Petro, Lula, Boric y Sheinbaum para condenar la intervención de EEUU en Venezuela. El episodio de Barajas y el rescate de Plus Ultra con dinero público tampoco han sentado bien en Washington.
Tal vez sea este miedo lo que explique la tibieza de Albares ante la ocupación estadounidense. El primer comunicado de Exteriores evitaba cualquier condena, recordaba vagamente que España no había reconocido las elecciones de julio y ofrecía los “buenos oficios” de la diplomacia española para una solución pacífica. Las mismas declaraciones que en Gaza. El mismo ridículo internacional. Sánchez copiando y pegando comunicados.
El problema no es solo Zapatero. Es también Ábalos. Son los dineros venezolanos que orbitan el entorno presidencial. Son los silencios acumulados. Son los favores cruzados. Cuando el barco se hunde, los roedores salen pitando. Y esta vez van a cantar todos. Maduro. Delcy. Los intermediarios. Los facilitadores. Los useful idiots.
La elección de Rodríguez no es una anomalía: es una decisión racional desde Washington. Los americanos han entendido que la transición solo puede hacerse desde dentro del sistema chavista para evitar un colapso institucional y un baño de sangre.
La Constitución obliga a convocar elecciones en 30 días tras su toma de posesión. Para eso necesita a la Asamblea Nacional. El poder real no es un punto: es un triángulo. Vladimir Padrino, Diosdado Cabello y los Rodríguez. Si ese triángulo se rompe, el riesgo de guerra civil se dispara. El Miami Herald ya apuntó que los Rodríguez eran partidarios de un chavismo sin Maduro.
Tideo Hernández. CaracasMónica RedondoA. AlamillosMapa: Emma EsserDatos: Unidad de Datos
Las palabras amables de Trump hacia Delcy Rodríguez pueden inducir a confusión, pero la realpolitik apunta en una dirección bastante clara. Como explicaba este fin de semana The New York Times, María Corina Machado y Edmundo González todavía tienen mucho que decir en el futuro de Venezuela. No ahora. No en esta fase. Pero sí después.
Aquí duele, pero es verdad: María Corina no controla armas, no controla territorio, no controla logística y no puede garantizar que mañana no haya violencia. Y en una fase de choque, eso pesa más que la legitimidad, los votos o el apoyo popular. Para el chavismo duro, además, ella es una amenaza existencial. Introducirla ahora bloquearía cualquier negociación inmediata.
Edmundo González es otra cosa. Es un símbolo electoral, una figura de consenso civil, pero no es un operador de poder. Sirve para después, no para apagar el incendio.
Las transiciones siempre pasan por tres fases. Primero, el control del caos: se negocia con quienes tienen armas, con quienes pueden desatar la violencia, con quienes saben dónde están las minas. Ahí entra Delcy. No por afinidad, sino por necesidad. Después llega el reacomodo del poder, la entrada de civiles, técnicos y actores aceptables. Y solo al final, cuando el país ya no arde, llega la legitimación: elecciones, narrativa democrática y representación popular.
El gran error emocional del venezolano —y del europeo bienpensante— es creer que si cayó Maduro, ahora mandan los buenos. No. Primero mandan los que pueden evitar que el país se queme. Luego, los que pueden gobernar. Y solo al final, los que pueden representar.
En cualquier caso, España llega tarde, mal y desnuda. Y esa es la conclusión incómoda que hacemos aquí: mientras Estados Unidos ocupa Venezuela con capital, poder y visión estratégica, España se queda mirando al pasado, aferrada a maletas, comunicados y silencios cómplices. Y esta vez, cuando empiece a cantar el coro, no habrá Moët ni celebración que valga. Habremos perdido la enésima batalla.
Dice la prensa económica norteamericana que los lobos de Wall Street ya están preparando su desembarco en Venezuela. Un grupo de inversores de los sectores financiero, energético y de defensa viajarán en marzo a Caracas para reunirse con el nuevo gobierno, incluyendo al presidente —sea quien fuere este— ministros, banco central y Bolsa de Valores. Calculan que habrá entre 500.000 y 750.000 millones de dólares en oportunidades de inversión para fondos extranjeros en el país durante los próximos cinco años, según WSJ.