Después de Irán: más poder para Marruecos, más problemas para España
Cuando el vecino del sur acumula influencia en Washington mientras tú acumulas tuits, conviene recordar que la geopolítica no premia la pureza de intención, sino la capacidad de estar en el lado correcto de la historia
Trump posa junto al primer ministro saudí, Mohammed bin Salman. (Reuters)
Nada volverá a ser igual. Asistimos en directo —con la parsimonia del espectador europeo, que bosteza mientras el mundo arde— a una redefinición del mapa geoestratégico. Con los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán y la hipótesis, ya nada remota, de un cambio de régimen, Oriente Medio cae del lado de Donald Trump y se consolida como zona de influencia cien por cien americana.
Rusia cuenta poco. Europa, directamente, nada. Y de España, mejor no hablar.
La nimiedad internacional de nuestro país alcanza cotas inquietantes si se compara con el peso creciente de Marruecos, nuestro vecino más incómodo y, a la vez, uno de los socios más aplicados de Washington en la región. Mientras en Madrid redactamos tuits solemnes, Rabat levanta la jaima y ofrece a Mr. Marshall todo su ajuar. Lo último: la disposición de Mohammed VI a enviar personal policial y militar a Gaza como parte de un contingente internacional, tal y como reclamaba la Casa Blanca.
"Si Marruecos se envalentona con todo lo que está ocurriendo, y tiene razones para hacerlo, cualquier día nos puede dar un susto"
"España no se está dando cuenta de lo que está ocurriendo o le da igual", comenta una fuente diplomática ante la frivolidad con la que el Palacio de Santa Cruz parece leer el nuevo tablero. "Si Marruecos se envalentona con todo lo que está ocurriendo, y tiene razones para hacerlo, cualquier día nos puede dar un susto".
No es una exageración retórica. Tras su regreso a la Casa Blanca, Trump ha vuelto a colocar a España y a su presidente, Pedro Sánchez, en el escaparate de los socios incómodos, al tiempo que señala a Marruecos como ejemplo de aliado "confiable": apoya a Israel, contiene a Irán, ofrece oportunidades de inversión en energía, infraestructuras y defensa y, sobre todo, se alinea sin ambigüedades. Como contrapartida, el respaldo norteamericano al plan de autonomía marroquí para el Sahara.
España, en cambio, ha decidido ejercer de Pepito Grillo del orden internacional. Mientras la Unión Europea arremete contra Irán por su represión, y Reino Unido, Francia y Alemania hablan de reanudar negociaciones, España rechaza abiertamente los ataques y pide una desescalada inmediata. Nuestro país, siempre dispuesto a dar la nota, nadando a contracorriente incluso cuando la corriente arrastra intereses vitales.
Pero Estados Unidos no olvida e Israel, tampoco. Los precedentes históricos resultan elocuentes. Basta repasar el juicio de Eichmann en Jerusalén, analizado por Hannah Arendt, para comprender cómo funcionan la memoria y la responsabilidad en la política israelí. Las naciones que perciben amenazas existenciales no se permiten el lujo del sentimentalismo. Alguien en Moncloa debería tomar nota de todo ello.
Rechazamos la acción militar unilateral de EE.UU. e Israel, que supone una escalada y contribuye a un orden internacional más incierto y hostil.
Rechazamos igualmente las acciones del régimen iraní y de la Guardia Revolucionaria. No podemos permitirnos otra guerra prolongada y…
El tuit de Pedro Sánchez tras los ataques ha sido un prodigio de equidistancia moral. Un catálogo completo de buenas intenciones. Una pieza impecable para un seminario de Relaciones Internacionales en la Complutense.
El ministro Albares no se quedó atrás: apelación al derecho internacional, advertencia de que la violencia solo trae caos, desescalada y diálogo como vía para la paz. La invocación al derecho internacional, eso sí, solo cuando interesa y puede reportar algún rédito doméstico. Postureo diplomático con aspiración a premio Goya.
El problema es que el mundo se está moviendo —con decisión política y, sobre todo, económica— hacia otra parte del planeta. Los países árabes se han convertido en los auténticos aliados estratégicos de Washington. Dejaron caer a los palestinos en el altar de la realpolitik y ahora hacen lo propio con Irán. It’s not personal, it’s only business.
El realineamiento con los intereses de Trump es evidente. Y conviene entender por qué.
Hay una razón de fondo: la pugna estructural con China. El control de las rutas energéticas, del petróleo y del gas, y la capacidad de condicionar los precios y los flujos son piezas centrales en la competencia global con Pekín. Asegurar Oriente Medio no es un capricho ideológico; es una jugada en el tablero mayor de la hegemonía.
Y hay una razón táctica. Trump aprendió en su primer mandato que el sistema —su propio sistema— genera anticuerpos con rapidez. Que lo que no se hace en los primeros meses, luego resulta casi imposible ejecutar. Por eso, sus asesores han desempolvado la vieja tesis de Milton Friedman sobre la tiranía del statu quo. Esto es, las ventanas de oportunidad son breves y el aparato burocrático, político y mediático termina cerrándolas.
Si en 2017 avanzó despacio y acabó atrapado en una maraña de resistencias internas, ahora ha decidido acelerar. Meterse en todos los charcos a la vez. Concentrar las decisiones en un periodo que, para él, no son solo los primeros 180 días, sino los dos primeros años. Por eso actúa con una mezcla de audacia y cálculo.
En Oriente Medio, ese cálculo pasa por consolidar una red de aliados árabes que han optado por la normalización con Israel y la cooperación estratégica con Washington. Las monarquías del Golfo —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Bahréin, Kuwait y Omán— junto a Egipto y Jordania, y los firmantes magrebíes de los Acuerdos de Abraham, como Marruecos, han asumido que el vínculo con Estados Unidos es estructural.
Los Acuerdos de Abraham desacoplaron deliberadamente la causa palestina de la normalización árabe-israelí. Por primera vez desde Egipto y Jordania, países árabes firmaron con Israel sin exigir avances tangibles para Gaza y Cisjordania. La geopolítica sustituyó al romanticismo revolucionario.
Ese alineamiento hace que Estados Unidos mantenga hoy una red de al menos 19 instalaciones militares en Oriente Medio, con decenas de miles de soldados desplegados desde Egipto hasta Omán. Ocho de ellas son consideradas bases permanentes.
En este nuevo equilibrio, los países árabes ganan peso, Estados Unidos consolida su hegemonía regional y Europa se diluye. España, mientras tanto, juega a ser distinta.
El problema no es moral, es estratégico. Cuando el tablero se reconfigura, los gestos se archivan. Y cuando el vecino del sur acumula influencia en Washington mientras tú acumulas tuits, conviene recordar que la geopolítica no premia la pureza de intención, sino la capacidad de estar en el lado correcto de la historia.
Nada volverá a ser igual. Asistimos en directo —con la parsimonia del espectador europeo, que bosteza mientras el mundo arde— a una redefinición del mapa geoestratégico. Con los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán y la hipótesis, ya nada remota, de un cambio de régimen, Oriente Medio cae del lado de Donald Trump y se consolida como zona de influencia cien por cien americana.