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La máquina de triturar rivales está mucho más engrasada que la de gestionar lo público
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Víctor Romero

Nadie es perfecto

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La máquina de triturar rivales está mucho más engrasada que la de gestionar lo público

Los partidos políticos han convertido la batalla por el relato y la destrucción del adversario en un arte siniestro y profesionalizado, mucho más rentable que el esfuerzo por la buena gobernanza

Foto: Carnaval en Duesseldorf. (EFE/Friedemann Vogel)
Carnaval en Duesseldorf. (EFE/Friedemann Vogel)
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Bastó una frase del jefe de climatología de la Aemet en la Comunidad Valenciana apelando a la autocrítica en una entrevista en la televisión valenciana para que la semana pasada saltara la habitual jauría digital sincronizada. Si han muerto 228 personas, algo habremos hecho todos mal, dijo José Ángel Núñez, en un ejercicio de autoenmienda que se ha echado mucho a faltar en la tragedia de la dana. No podíamos saber si iban a caer equis litros aquí o acullá, con una diferencia de metros, sencillamente porque los sistemas de predicción no están tan afinados. Hay que mejorarlos. Añadió. Eso es lo que se espera escuchar de un cargo técnico cuando la catástrofe deja una herida tan profunda.

Pero en lugar de abrir el foco a la reflexión colectiva, se han lanzado contra el técnico como hienas quienes siempre olvidan que la agencia de meteorología encendió la alerta roja a primera hora de la mañana. No han tardado en rasgarse las vestiduras los mismos que manipularon las conversaciones telefónicas con los operadores del 112 de la Generalitat en las que una voz de la Aemet advertía a mediodía de la gravedad de lo que llegaba; los que convocaron el Cecopi a las cinco de la tarde, cuando ya había ahogados en los barrancos y el agua inundaba los telediarios. Los del ES-Alert a las 20:11 horas. Si el jefe de Aemet dice que hicieron cosas mal, entonces es que nosotros lo hicimos todo bien, aunque nuestro presidente priorizase su cita en El Ventorro y apareciese a las 20:28, desde no se sabe todavía dónde el mismo día que las universidades mandaban a la gente a casa desde por la mañana.

La dana, como los incendios, como cualquier asunto que abra el examen de la gestión pública, ya es mero combustible para la confrontación política. Lo fue casi desde el primer día. La picadora de carne necesita la gasolina para seguir confundiéndonos. Un lado echa escombros sobre el otro para tapar sus vergüenzas.

Hay mucho I+D en el pulso del relato porque es más rentable que poner el foco en la buena gobernanza

Las bombas de humo llegan desde las dos trincheras. Dice la ministra Diana Morant que los valencianos tendrán nueva financiación cuando haya un presidente socialista en la Generalitat. Como si el Consejo de Ministros del que ella forma parte tuviese que desalojar al Carlos Mazón de turno para tomar decisiones, mientras su homóloga en Hacienda, María Jesús Montero, juega a la prestidigitación e inventa una fórmula de condonación de deuda que premia a su Andalucía, trata de saciar el infinito estómago soberanista catalán y topa para la Administración valenciana la compensación por infrafinanciación no vaya a ser que sea la más beneficiada de la quita y se desarme el castillo de naipes de la candidatura andaluza y el discurso monclovita fabricado para contener a sus ¿socios? de investidura.

Unos (el PP valenciano y la Generalitat) se desentienden de los deberes propios del imperativo legal de la protección civil, descargando sobre las espaldas del rival su propio déficit de vigilancia y el agujero de su falta de diligencia; otros (el Gobierno y el PSOE) siguen tirando balones fuera (¿qué sabemos de la ejecución de obras municipales y redes de saneamiento que tienen que financiarse con el dinero gubernamental?). Los dos infantilizan el discurso público.

Foto: incendios-megalopolitica-debates-ultraprocesados Opinión
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Solo son un par de ejemplos de que la necesaria evaluación de la gestión es lo de menos. Nadie la defiende ni la prioriza si no es para empacharnos de propaganda. Partidos y gobernantes han hecho de la batalla por el relato interesado y la destrucción del adversario un arte siniestro y muy profesionalizado. Hay mucho I+D en eso porque es mucho más rentable en el corto plazo que poner el foco en la buena gobernanza de lo público a la que están obligados. La máquina de triturar rivales está más engrasada (y consume recursos) que la de gestionar, el encargo que realmente han recibido por delegación de los electores.

Lo hemos visto en los incendios estivales. El ruido ensordecedor del "y tú más" para desembarazarse de la molesta responsabilidad competencial ha tapado cualquier posibilidad de evaluar la administración de la catástrofe, tanto en la capacidad de respuesta como en la de prevención. Los muertos y las cenizas se usan para lanzarlos contra el adversario, mientras los ciudadanos observan atónitos el triste espectáculo de la clase política, cada vez más desafectos con su élite dirigente. Hastiados de este gazpacho de negligencia e irresponsabilidad.

La opinión pública está obligada a ser exigente con los políticos. Pero el campo de juego está repleto de minas que contaminan el análisis

La opinión pública está obligada a ser exigente con sus representes políticos. Pero el campo de juego está repleto de minas que contaminan el análisis independiente e impiden pedir cuentas sobre la base de las obligaciones de cada uno. Ya no hay simpatizantes ideológicos. Hay hooligans, soldados de trinchera digital, como describe el catedrático de Ciencia Política de la Universitat Pompeu Fabra, Mariano Torcal, en su obra sobre la polarización política en España. La empatía hacia el pensamiento contrario y la distancia crítica hacia los propios se han borrado del mapa.

Los medios de comunicación con vocación de seriedad no deben caer en la trampa del sesgo infranqueable. Solo contribuye a la pérdida de su crédito frente a los lectores. Hay portadas de la mañana demasiado predecibles un día sí y otro también. Y cada vez que jugamos a comprar argumentarios e inflar burbujas discursivas, abrimos una puerta más a los alvises de la vida. Una parte importante de las audiencias ya no es capaz de distinguir el periodismo esforzado de los nuevos aprovechateguis de la comunicación emocional.

El debate público apesta a putrefacción. Está corrupto

Es un escenario peligroso: alimenta la desafección sistémica, lleva a grandes bolsas de ciudadanos a pensar que las instituciones, la arquitectura administrativa multinivel y el reparto competencial no sirven para nada. La consecuencia es el debilitamiento de la sociedad civil por la inutilidad de la legítima demanda argumentada de buen gobierno a los administradores. En ese abono germinan los discursos radicales y extremistas que prometen soluciones fáciles (y falsas) para problemas complejos.

La estrategia polarizadora de PSOE y PP ha superado todas las líneas rojas del respeto institucional. La charca y el fango dominan el anfiteatro. Nadie se hace responsable de nada, incluso ante la más flagrante de las evidencias. Ante la crítica legítima y fundamental, necesaria para la corrección de errores, siempre se puede echar la culpa al de enfrente. Antes que cumplir con las obligaciones del cargo y ejercer la autoenmienda, es más sencillo avivar el argumentario del contraataque a través de los ejércitos de peones digitales y la canalización de titulares trucados de los agentes partidistas, mercenarios de la información bien nutridos de fondos públicos que pagamos todos con nuestros impuestos y sin los cuales seguramente ni siquiera existirían.

Eso también hay que decirlo. El debate público apesta a putrefacción. Está corrupto. Y lo peor es que no tiene pinta de que vaya a mejorar. Desolador.

Bastó una frase del jefe de climatología de la Aemet en la Comunidad Valenciana apelando a la autocrítica en una entrevista en la televisión valenciana para que la semana pasada saltara la habitual jauría digital sincronizada. Si han muerto 228 personas, algo habremos hecho todos mal, dijo José Ángel Núñez, en un ejercicio de autoenmienda que se ha echado mucho a faltar en la tragedia de la dana. No podíamos saber si iban a caer equis litros aquí o acullá, con una diferencia de metros, sencillamente porque los sistemas de predicción no están tan afinados. Hay que mejorarlos. Añadió. Eso es lo que se espera escuchar de un cargo técnico cuando la catástrofe deja una herida tan profunda.

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