¿Salvará Junts a la Generalitat valenciana?
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Víctor Romero

Nadie es perfecto

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¿Salvará Junts a la Generalitat valenciana?

Tendría gracia que la única propuesta que hasta ahora resuelve la insuficiencia financiera valentina saliese adelante gracias al voto independentista, mientras las élites locales silban

Foto: La vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. (EFE/Sergio Pérez)
La vicepresidenta y ministra de Hacienda, María Jesús Montero. (EFE/Sergio Pérez)
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Tendría mucha gracia que Junts salvase a la Generalitat valenciana mientras el establishment levantino mira la corrida de perfil. Una década de manifiestos, concentraciones, plataformas transversales reivindicativas y ruido, mucho ruido, y para una vez que se pone sobre la mesa una fórmula de reparto que resuelve las insuficiencias financieras de la Administración autonómica las élites valencianas se ponen a silbar. El elocuente silencio o ambigüedad calculada de los lobbies locales retrata a una burguesía autóctona que nunca parece estar cuando de verdad se la necesita.

Es lógico que nadie quiera mojarse cuando se vislumbra el fin de un ciclo en la Moncloa, no sea que los que lleguen a ocuparla se guarden el gesto y te tomen la matrícula. El business es el business. El particular, obvio. Pero qué menos que, al menos, reconocer que ya era hora de ver negro sobre blanco una propuesta que liquidaría el déficit estructural autonómico y aliviaría el color rojo crónico que pinta años tras año las cuentas regionales y engorda una mochila de deuda de la que ya no se vislumbra el horizonte.

La Comunidad Valenciana, como Murcia, los dos territorios más castigados en el sudoku financiero caducado desde 2014, salen claramente beneficiadas de un esquema que tiene a Cataluña como gran ganadora porque así lo necesita el PSOE para soñar con sacar adelante la iniciativa y atornillarse algunos meses más a la silla del poder. Que el ‘modelo Montero’ nazca contaminado (y deslegitimado) por ese desequilibrio no quita para admitir que los dos trucos empleados para ello resulta que darían también un empujón a la sufrida caja valenciana.

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Los 1.441 millones extra que Cataluña recibiría vía el fondo Pymes (ese es básicamente el elemento de ‘privilegio CAT’: 1.441 millones, el 0,8% de un total de reparto de 168.000 millones, con los datos de la última liquidación conocida, la de 2023) se traducirían en un pico extra de 232 millones para la Generalitat valenciana, que sumados a los 141 del fondo climático y los nuevos criterios de nivelación horizontal y vertical, vestirían de gala al tesoro autonómico por primera vez en mucho tiempo.

Estos son los números que hace Fedea con las cifras de hace dos años aplicando el nuevo traje que ha diseñado la vicepresidenta María Jesús Montero: una inyección extra total de más de 2.500 millones de euros, 2.600 millones más que su aportación fiscal. Por poner en contexto: pensemos que el Botànic pintaba cada año en los presupuestos una partida "reivindicativa" de 1.500 millones por la infrafinanciación y que el Partido Popular, sin ponerle ese nombre, ha vuelto a hacerlo en sus cuentas de 2025, con algo más de 1.700 millones de ingresos "ficticios" que se apuntan para poder justificar los programas de gasto.

En su powerpoint de presentación, Montero infla todavía más la cifra de crecimiento anual de su potencial esquema, hasta los 3.669 millones en el caso valenciano. Lo hace con una estimación de recaudación de 2027 que no ha enseñado todavía y el broche de cierre de su oferta de sistema: un Fondo de Compensación Interritorial (FCI) que inyectaría fondos para inversiones en aquellos territorios que queden por debajo de la media, hasta igualarlos a la base 100. Obliga el artículo 158.2 de la Constitución Española, aunque ahora no se cumpla.

Aunque sea un poco, a la ministra y candidata socialista a la Junta de Andalucía se le debería caer la cara de vergüenza. Ocho años va a cumplir al frente del Ministerio de Hacienda y no ha sido hasta que ha visto la puerta de salida del matadero al que le conduce su aventura contra Juanma Moreno que la vicepresidenta del Gobierno ha cumplido por fin con la que era su principal obligación: articular una nueva propuesta de reforma de un sistema obsoleto y repleto de celadas, con grandes ganadores y perdedores, que genera enormes tensiones en los territorios perjudicados. Lo dijo Spike Lee: haz lo que debas (aunque no tengas la aritmética parlamentaria). La música quizás suena ahora demasiado tarde.

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También sonroja mucho la impostura tan indignada de la claque antisanchista ante los constantes gestos que el malvado Pedro se empeña en lanzar a Cataluña en pos de su supervivencia mientras el actual modelo de reparto genera diferencias mucho mayores que las que dejaría el nuevo cálculo que se propone. Nada menos que mil euros de distancia por habitante ajustado hay entre la autonomía más beneficiada ahora, Cantabria, y la más castigada, Murcia. Si eso no es desigualdad que venga quien sea que tenga que venir y lo vea. Pero como es una inequidad que no habla catalán ni en la intimidad, pues no merece titulares escandalosos. Aburrido.

Diana Morant, que se ha pasado meses esquivando algunos de los trágalas que Montero ha hecho pasar a la Comunidad Valenciana, como el retraso absurdo en la liberación del extraFLA en plena necesidad de liquidez autonómica tras una dana catastrófica y mortal, ha salido ahora a la carretera en busca de apoyos al modelo, convencida de que por fin tiene algo bueno en lo estructural que ofrecer a su potencial electorado.

Cabría preguntarse por qué la ministra de Ciencia y lideresa del PSPV-PSOE ha esperado a este momento para buscar aliento mediático local y respaldo de unos patronos a los que ha estado poco menos que dando portazo, declinando invitaciones para no tener que deglutir algunas de las quejas habituales, como, por otra parte, le tocaba como representante más visible del Gobierno en su tierra. En política se recoge mucho lo que se siembra. Y cuando bajas del coche oficial y la corte del Ministerio para pisar la realidad, es lógico que no encuentres muchas más complicidades que las que has trabajado previamente, sin esperar a que te las regalen.

Del novísimo presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, tampoco es que pueda pretenderse que levante el teléfono para pedirle a su jefe, Alberto Núñez Feijóo, que tenga al menos la deferencia de apuntarse en la libreta los elementos positivos del modelo de Montero: un cálculo más equitativo de la población ajustada, un mecanismo de nivelación vertical para tapar los agujeros crónicos de unas autonomías que cada vez asumen más competencias que no estaban en el diseño original de trasferencias y, por qué no decirlo, un fondo climático para quienes padecen estación tras estación los envites de los temporales y saben el dinero que nos cuestan.

Los 11.200 millones de deuda condonada que puede que terminen por aparecer, aunque resulten insuficientes, tendrá que apuntárselos Llorca tarde o temprano por pura necesidad de recortar gastos financieros. Un día de titulares y gestión de daños con Génova y patada hacia adelante. Al fin y el cabo, el pasivo está ahí porque gastar, lo que se dice gastar, se ha gastado sin complejos. Un dinero que no se tenía, claro.

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Pero Pérez Llorca no es ni Isabel Díaz Ayuso ni Juanma Moreno. Lo suyo va de no meter la pata mucho para que Feijóo le deje presentarse en 2027. Así que bastante ha hecho el hombre con no mostrar una oposición frontal y hacer malabarismos argumentales (que si el fondo transitorio, que si una quita mayor de deuda, aunque mi partido haya dicho que de condonaciones nada de nada…) a una reforma que sabe perfectamente que beneficia a los intereses valencianos, como seguro que ya le habrá chivado al oído el secretario autonómico de Hacienda, Eusebio Monzó, buen conocedor de las urgencias fiscales regionales.

Así que volvemos al principio. El modelo Montero será todo lo tramposo que se quiera. Beneficiará a Cataluña en la medida que resulte insoportable para la brunete del Madrid DF y los García-Page de la vida. Levantará en armas a los que se saben bien tratados, esos que nunca ven la viga de los privilegios en el ojo propio y han hecho del statu quo un ejercicio de resistencia numantina. Pero como Junts decida abandonar la impostura maximalista, rescatar el viejo seny convergente que se perdió por el camino de procés y concluya que es la última oportunidad de guanyar diners de verdad antes de que la ventana se cierre en forma de Gobierno Feijóo-Abascal, en Valencia no serán pocos los que se pongan a aplaudir tras las cortinas del patio trasero. En los despachos de la Plaza de Manises se lo agradecerán siempre, aunque no se reconozca nunca. Realpolitik.

Básicamente, porque, se diga lo que se diga, no hay nadie que de verdad haya tenido los arrestos de arreglar este desaguisado de otra forma. Ni parece que vaya a haberlo. Con Cataluña o sin Cataluña. Patriotas. Pero de postal.

Tendría mucha gracia que Junts salvase a la Generalitat valenciana mientras el establishment levantino mira la corrida de perfil. Una década de manifiestos, concentraciones, plataformas transversales reivindicativas y ruido, mucho ruido, y para una vez que se pone sobre la mesa una fórmula de reparto que resuelve las insuficiencias financieras de la Administración autonómica las élites valencianas se ponen a silbar. El elocuente silencio o ambigüedad calculada de los lobbies locales retrata a una burguesía autóctona que nunca parece estar cuando de verdad se la necesita.

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