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¿Dónde sucede la innovación?

Uno de los mantras en el mundo de la innovación es que las empresas grandes, especialmente las conocidas como 'big tech' son los grandes adalides de esta revolución tecnológica. ¿Cómo íbamos a pensar de otra forma?

Foto: Facebook, Messenger, Instagram, Whatsapp... (REUTERS/Dado Ruvic Illustration)
Facebook, Messenger, Instagram, Whatsapp... (REUTERS/Dado Ruvic Illustration)

Uno de los mantras en el mundo de la innovación es que las empresas grandes, especialmente las conocidas como big tech (Meta, Alphabet, Microsoft, Apple y Amazon), son los grandes adalides de esta revolución tecnológica. Cómo íbamos a pensar de otra forma si la escuela hegemónica y mejor establecida del pensamiento económico defiende que el tamaño es el amigo inseparable de la innovación. Esta premisa ha favorecido la adopción de políticas económicas y de competencia proclives a la concentración de los mercados, tanto orgánica como aquella basada en operaciones M&A.

Sin embargo, las innovaciones tecnológicas de las que se sirven estas plataformas tienen sus orígenes en muy diversas procedencias: el sector público (empresas e institutos de investigación públicos y en el seno de la propia Administración), empresas pequeñas o de mediano tamaño y, también, por supuesto, grandes empresas. Es precisamente esta diversidad de fuentes lo que ha propiciado la riqueza innovadora de la que actualmente gozamos y de la que se sirven estos gigantes. La innovación, en un entorno de libre mercado, se nutre de la existencia de competencia, en sentido lato, esto es, la existencia de una pluralidad de operadores rivalizando entre ellos para incrementar su cuota de mercado.

Foto: Mesa redonda 'El desafío de la innovación en las administraciones públicas'.

Aun así, esta proposición ha sido corregida o matizada por teorías económicas que sostienen que para que los beneficios de este modelo económico se produzcan no es indispensable que esos competidores existan. Se incluye en la ecuación y se equipara a la competencia real o actual lo que se conoce como competencia potencial, asumiendo que tiene la misma fuerza para motivar a las empresas establecidas la mera entrada más o menos probable (dependiendo de las barreras de entrada que existan) de operadores competidores en el mercado en el futuro.

Y es legítimo y conveniente preguntarse si esta equiparación de la competencia potencial a la competencia real es válida tanto para los mercados tradicionales como para los digitales. La doctrina mayoritaria, centrada en las tesis de Schumpeter, entiende que sí se puede trasladar. Este economista, en desarrollo de las tesis de Marx, elabora una teoría conocida como la destrucción creativa, que defiende que el progreso tecnológico se basa en una superación constante del estado actual por innovación revolucionaria. Algo que casa muy bien con la premisa de que en los mercados digitales la competencia no se produce en el mercado, sino por el mercado. Precisamente por esto, no debería preocuparnos que grandes empresas dominen un mercado concreto, dado que rápidamente se producirán dos circunstancias a cargo de sendos actores: operadores seguidores y disruptores.

Foto: Vista de la comercial calle Fuencarral de Madrid. (Enrique Villarino)

Respecto de los primeros, nuevas empresas entrarán a competir precisamente en ese mismo mercado con el tiempo, desafiando la posición de dominio en cuestión. Esta es una vía indispensable para reducir el precio y aumentar la producción, pero es claramente menos rentable para las empresas. El segundo tipo de operador juega también un papel esencial, porque es el que mejora la innovación. Su estrategia se centra no en ingresar en ese mercado ya establecido y teóricamente superpoblado, sino que crearán un mercado nuevo mejor, donde alcanzarán una nueva dominancia, abocándonos a una cadena sucesiva de monopolios, que irían poco a poco erosionándose.

Se concluye, pues, que en el mercado más innovador y vanguardista siempre tendríamos un dominante, al menos al principio. Esta situación no habría de resultar inquietante por varios motivos: el primero es que la competencia eventualmente se desgasta, reduciéndose los precios que a priori podría imponer el dominante. El segundo es que nuevos mercados surgen con relativa rapidez por la esperanza de obtener esos beneficios monopolísticos temporales. Es cierto que solo los productos de primera generación tendrán un coste más asequible, pero es el precio que la sociedad paga por el progreso.

Foto: El consejero delegado de ARM, Rene Haas. (EFE/EPA/Ritchie B. Tongo)

Ahora bien, esta teoría tiene un problema y es que parte de premisas, en muchas ocasiones en los mercados digitales, algo idealizadas: que las posiciones de dominio pueden desgastarse y que pueden superarse. Respecto de la primera falla, ha de apuntarse que en estos mercados se crean fosos cada vez más profundos o barreras de entrada cada más más elevadas. Que pueden consistir en los tradicionales derechos de exclusiva, pero también economías de red, de escala o de extensión, o incluso barreras regulatorias (como ha sido utilizada en fraude de ley la legislación de protección de datos).

Una de las fórmulas para mitigar las externalidades negativas es un replanteamiento de los derechos de propiedad industrial e intelectual y una mejora de las infraestructuras de la transferencia de innovación, especialmente la licencia, pero también la cesión. La segunda tiene una solución más compleja porque exige modificar el paradigma de “más grande, mejor”. Hay que recordar que para que la competencia por los mercados se produzca es indispensable la inversión en I+D, asumiéndose costes y riesgos de fracasar.

Foto: Foto: European Union.eu. Opinión

Esta decisión sólo se adopta racionalmente si hay un premio que obtener, algo que no existe cuando ya se ostenta esa posición de dominio. Esto es, sólo se produce en la medida en la que existen incentivos para que "otras empresas" superen al actual campeón. En ausencia de este escenario, lo que obtenemos es un monopolista indolente, el anatema del derecho de la competencia. Y es tremendamente complicado de aprehender este fenómeno porque exige una comparación con un contrafáctico hipotético: cómo se habría acelerado la innovación de existir una estructura distinta de mercado.

Las mayores disrupciones se producen en entornos innovadores, en muchas ocasiones, en el seno de start-ups, microempresas innovadoras. Precisamente por esto, como política pública, es indispensable fomentar hubs de innovación tecnológica, e, incluso participar públicamente en su capital, como hace la Autoridad Portuaria de Valencia, a través de su fundación Valenciaport, ofreciendo acceso a financiación y ayuda al desarrollo de las empresas con proyectos con potencial disruptor y haciendo que prolifere la competencia. Pero esto es insuficiente, hace falta mentalizarse de la necesidad de que las compañías creadas se mantengan independientes.

Foto: El salón de emprendedores 4YFN, hermano pequeño del congreso mundial de móviles.

Quién financia y cómo se financia es, sin duda, relevante. Pero también lo es quién es propietario de origen o sobrevenidamente. Así encontramos los fenómenos M&As, relativamente frecuentes en el contexto de start-ups, dado que la compra de la empresa es a veces la única vía que tienen de rentabilizar la inversión por la dificultad de competir con los gigantes. Estas operaciones, desde la perspectiva de derecho de la competencia, son una forma de concentración que necesariamente determina la desaparición de operadores independientes, por lo que deben autorizarse con suma cautela, especialmente si se realizan en mercados con poca competencia.

El caso de Adobe

Los problemas derivados de estas operaciones se han podido observar recientemente en el caso de Adobe, cuya concentración con Figma está siendo actualmente analizada por varias autoridades de competencia, entre ellas la británica, donde se estudia la conducta de Adobe relativa a la eliminación de una línea de innovación interna (Project Spice) tras el anuncio de la adquisición sujeta a autorización, de Figma, quien ya contaba con un producto competidor con el proyecto en ciernes y cancelado por la tecnológica adquirente.

Pero, además, hemos de ser extremadamente prudentes porque estas operaciones abonan el campo para que se produzca un evento aún más problemático: las killer acquisitions. Si antes preocupaba sólo el precio, con esta nueva situación, adicionalmente, se frena la innovación, pues se trata de operaciones donde el objetivo de la adquisición no es desarrollar la línea de innovación originada en el seno de la empresa adquirida, sino eliminarla, reduciendo los costes internos, a la vez que el riesgo de ser superado en un mercado más innovador por una empresa distinta, manteniendo los precios supracompetitivos y elevando los beneficios empresariales.

*Carmen Rodilla Martí, Prof. cont. Dra. del Departamento de Derecho mercantil "Manuel Broseta Pont" de la Universitat de València

Uno de los mantras en el mundo de la innovación es que las empresas grandes, especialmente las conocidas como big tech (Meta, Alphabet, Microsoft, Apple y Amazon), son los grandes adalides de esta revolución tecnológica. Cómo íbamos a pensar de otra forma si la escuela hegemónica y mejor establecida del pensamiento económico defiende que el tamaño es el amigo inseparable de la innovación. Esta premisa ha favorecido la adopción de políticas económicas y de competencia proclives a la concentración de los mercados, tanto orgánica como aquella basada en operaciones M&A.

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