Zapatero presenta una moción de censura contra el Gobierno Zapatero

Estaba escrito que el resultado de la política del avestruz practicada desde finales de 2007 por el presidente del Gobierno no podía ser otro. Negar obstinadamente

Estaba escrito que el resultado de la política del avestruz practicada desde finales de 2007 por el presidente del Gobierno no podía ser otro. Negar obstinadamente la crisis, primero, echar la culpa al empedrado internacional, después, y tratar de arreglar los desperfectos con una expansión incontrolada del gasto público improductivo, finalmente, no podía sino terminar en el espectáculo de travestismo al que ayer asistimos en la carrera de San Jerónimo: José Luis Rodríguez Zapatero presentando una moción de censura contra el Gobierno Zapatero.

Porque eso es lo que ocurrió ayer en el Congreso de los Diputados. El programa de ajuste adelantado por el señor presidente es una enmienda a la totalidad de la política que él mismo ha venido practicando en lo largo de esta Legislatura. El apóstol del gasto social, el demagogo de los desfavorecidos, no ha tenido más remedio que meter la navaja inmisericorde para dejar en cueros precisamente a los que menos tienen, protagonizando el mayor recorte del gasto social de la democracia española.

En el Con Lupa del pasado domingo dijimos que si el Gobierno no acometía de grado el ajuste que estaban reclamando los mercados por culpa de los desequilibrios macro de nuestra economía, alguien vendría a imponérnoslo por fuerza. Así ha ocurrido. En realidad el pescado ya estaba vendido desde hace meses. El mal ya estaba hecho. El  problema de España dejó de tener remedio en el momento en que el insensato que nos gobierna decidió hacer oídos sordos a los consejos de tanto economista, de derechas e izquierdas, incluso de tanto político (del propio Rajoy) que durante meses, años incluso, le advirtieron de que por el camino de la autocomplacencia y la espera de un nuevo milagro de Fátima el país caminaba derechito hacia el precipicio.

Rodríguez Zapatero es hoy un rehén de Bruselas, del BCE y del FMI, que son quienes han puesto sobre la mesa el aval multimillonario capaz de sacar a España del atolladero. País marginal desde hace años en el concierto europeo y no digamos ya mundial, la política presupuestaria española, que es tanto como decir la política económica, y por ende la política a secas, la gran política, está hoy controlada y sometida a estrecho escrutinio de instancias internacionales ajenas a la voluntad del pueblo español representada en el Congreso de los Diputados. A eso nos ha llevado el genio de León.     

Ningún Gobierno se atrevió a congelar las pensiones

Y como el que paga manda, Zapatero no ha tenido más remedio que meter la tijera con dureza en el sueldo de los empleados públicos, llegando incluso donde ningún Gobierno de la democracia se había atrevido a llegar: a congelar las pensiones para 2011, asunto delicado desde el punto de vista de su impacto electoral, palabras mayores para cualquier Gobierno que aspire a seguir en el machito. Lo contempló el Gobierno González en la gran crisis de 1993, pero al final se echó atrás. Bien cogido del ronzal franco-alemán, ZP no ha tenido más remedio que pegarse semejante tiro en sus partes pudendas.

¿Serán suficientes los sacrificios ayer anunciados para recortar los 15.000 millones de euros previstos? Hay quien opina seriamente que no, y ello por la sencilla razón de que, sin crecimiento económico apreciable y con un paro que no deja de crecer, las finanzas públicas españolas son un pozo sin fondo, una máquina de generar déficits. Dando por supuesto que se alcance esa cifra, el paso dado ayer no es el final de nada. A lo sumo una estación de tránsito en un camino largo y doloroso. Los recortes de ayer podrán servir para parar el golpe de una eventual bancarrota del Reino de España, pero no van a mejorar la situación de un país deprimido que necesita reformas de fondo para volver a la senda del crecimiento y salir del hoyo.     

El problema de España es mucho mayor: es la combinación de  endeudamiento y pérdida de competitividad, binomio que siega de raíz la posibilidad de que la economía crezca de nuevo y genere los recursos necesarios para pagar la deuda. Esto implica que sin reformas estructurales -tal que una liberalización muy intensa de los mercados, incluido el laboral-, que generen una caída de los costes internos capaz de restaurar la competitividad, es imposible crecer. De modo que anunciar medidas de ajuste como las de ayer sin poner en marcha al mismo tiempo reformas de calado, es como operar a un enfermo sin anestesia: dolor infame que no asegura la vuelta a la vida.

Un cambio de rumbo que tendrá impacto electoral

Día importante el de ayer, con todo, quizá histórico en el devenir de la democracia española y del juego de alternancias. Obligado a cambiar de discurso, Zapatero se ha dado de bruces con la realidad. Los vigilantes de la playa (UE y FMI) han puesto en fuga el populismo ramplón del líder socialista. El cambio de rumbo es de tal magnitud que indudablemente tendrá un impacto electoral, por mucho que ahora se empeñen los medios de comunicación amigos en convertir al político derrotado por la realidad en un nuevo genio a lo D’Artagnan.

Zapatero ha hecho la apuesta apolítica más arriesgada de sus años de Presidente, y no son pocos los que piensan que ayer sirvió a Mariano Rajoy la victoria electoral en bandeja. Ello, naturalmente, siempre que el propio Rajoy no se empeñe en devolver el regalo, as usual, con su insistencia en proteger a gente impresentable de la talla de Francisco Camps, tipos que no deberían permanecer un minuto más en política. Día importante y día triste también el de ayer. La incompetencia de un tal Zapatero, tantas veces denunciada, se ha hecho carne y habita desde ayer entre nosotros transmutada en mucho dolor, mucho sacrificio y muchas privaciones para millones de personas durante muchos años. Convendría que los españoles de bien lo tuvieran siempre en cuenta.

Con Lupa
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