Y el visionario acabó convertido en caradura

Alguien dijo que una característica común a todos los líderes populistas que en el mundo han sido es que mienten con tanto descaro que incluso es

Alguien dijo que una característica común a todos los líderes populistas que en el mundo han sido es que mienten con tanto descaro que incluso es falso lo contrario de lo que dicen. Confieso que contemplar a Rodríguez Zapatero desgranando desde la tribuna del Congreso los desequilibrios macroeconómicos que han terminado poniendo en la calle a 5 millones de españoles como si la cosa no fuera con él, confiado y campanudo, afectadamente solemne, como si no hubiera tenido nada que ver con el desastre a pesar de estar gobernando desde marzo de 2004, me produce una impresión cercana al aturdimiento. Con más cara que espalda. Con todo el morro. Como un profesor de Historia de un colegio de secundaria narraría la invasión de España por las tropas de Napoleón o la batalla de Lepanto.

Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004. Una nueva estación en el vía crucis de un país condenado a vivir su calvario hasta purgar, de grado o por fuerza, los excesos cometidos por mucha gente -promotores inmobiliarios, banqueros codiciosos, políticos corruptos-, pero fundamentalmente por un Gobierno de tan alta ideologización como bajo nivel de capacitación técnica, presidido por un peligroso visionario que se cree sus propias fantasías. La novedad es que el visionario  ha terminado convirtiéndose en un caradura.

Si el 3 de julio de 2007 -último debate sobre el estado de la Nación de su primera legislatura-, el aludido realizó un balance triunfalista de sus tres años en el poder que culminó con el anuncio-guinda de la canastilla de 2.500 euros para cada nuevo hijo, además de la promesa del “pleno empleo” si resultaba reelegido en 2008, en el debate del año pasado (12 de mayo de 2009), el prestidigitador sorprendió a todos con una catarata de planes y paquetes y ayudas, al menos supuestas, que dejaron noqueado a un Mariano Rajoy que no se esperaba tal aluvión. Gasto público a mogollón. Regalos a todos aquellos grupos de interés con alguna capacidad de presión o influencia electoral.

Entre ambas fechas, en esos casi dos años que van de julio de 2007 a mayo de 2009, el señor presidente se había dedicado a negar la crisis y a calificar de antipatriota a quien afirmara lo contrario. En pleno 2008 se refería a ella calificándola de “periodo de desaceleración del crecimiento”. Cuando resultó evidente, a cuenta del desplome de la actividad con su correlato de paro, que debía cambiar de registro, trató de enmascararla en la situación financiera internacional, intentando ocultar, mintiendo siempre, que España tenía su propia y demoledora crisis, personal e intransferible, tan distinta, tan cruel como atestiguan esas tasas de paro que no conocen parangón en el mundo civilizado.

Lo de ayer fue un déjà vu en la ceremonia de la confusión que acompaña al Gobierno de España desde marzo de 2004

En mayo de 2009, sin embargo, el inquilino de Moncloa creía haber encontrado el antídoto perfecto para acabar con la pesadilla: el gasto público. Los economistas en nómina le habían convencido de que el ratio deuda pública/PIB español, entonces en el entorno del 36% frente a una media del 59% en la UE, le permitía gastar con liberalidad en las cosas más variopintas, por improductivas que fueren. El déficit público así generado se vio engrosado por el aumento de los gastos del seguro de desempleo y el derrumbe de los ingresos fiscales, consecuencia todo ello de la aparatosa caída del PIB. Con el agravante de que como se podía gastar sin ton ni son, porque el Tesoro público era un pozo sin fondo, no era necesario adoptar reformas estructurales de ningún tipo. El corolario del desmadre descrito es que, entre diciembre de 2007 y el mismo mes de 2009, las cuentas públicas pasaron de un superávit del 2% a un déficit del 11,4%. Más de 13 puntos de PIB desaparecidos en solo dos años por el sumidero de las “políticas sociales” de Zapatero.

Miedo a la suspensión de pagos de España

El castillo de naipes se vino abajo con la crisis del euro ocurrida en mayo pasado, una crisis en buena medida causada por las sospechas de los mercados sobre la capacidad de España para pagar sus deudas. Y, de pronto, Zapatero se asustó. Se asustó tanto que de un día para otro, tras la dramática noche del 9 al 10 de mayo vivida en Bruselas por la ministra Salgado (“me dicen que eso no es suficiente, José Luis, que quieren más…”) ante sus pares, la UE y el BCE acordaron crear un fondo de hasta 750.000 millones para “proteger a la divisa europea de los ataques especulativos”, aunque la verdadera razón estaba -está- en dar seguridad a los mercados de que España no suspenderá pagos.

El resultado fue un radical volantazo a la derecha, con replanteamiento de la política económica del aprendiz Zapatero. No iba a tocar el gasto social, ni el sueldo de los funcionarios, ni las pensiones, ni, por supuesto, el mercado de trabajo sin el acuerdo de patronal y sindicatos… Rajoy tuvo ayer la humorada de leer una página del diario de sesiones del citado 12 de mayo de 2009. Cita textual del genio de León: “Yo he dicho, señor Rajoy, que no hay que hacer una reforma laboral. Usted es el que afirma tal cosa. He mantenido y mantendré que no se producirá ninguna reforma laboral que debilite los derechos de los trabajadores o facilite, abaratándolo, el despido. Lo mantengo y lo mantendré”.

Pues, con un par, ha terminado haciendo la reforma -reformita- y por Decreto. ¿Alguien vio ayer en Zapatero alguna sombra de duda, algún gesto de vergüenza ante semejante ejercicio de travestismo, algún ligero temblor facial? ¿Oyó alguien algo parecido a una disculpa ante los funcionarios, los pensionistas o los trabajadores españoles en general? Muy al contrario, alardea, alardeó ayer, del ajuste emprendido -más bien ajustito para las verdaderas necesidades de nuestra Economía- como el que presume de haber ganado el Nobel. Y con la fe del converso, se compromete a “culminar con ambición todas las reformas que hemos puesto en marcha”, mientras descubre el Mediterráneo de que “hay que crecer sin incrementar el gasto público…”. A buenas horas, mangas verdes.

Es lo que tiene el personaje: que aprende tarde, mal y nunca; que lleva tres años de retraso en casi todo, en reconocer la crisis y en adoptar decisiones mínimamente coherentes que la situación reclamaba. Tres años perdidos y muchos más de sufrimiento, en términos de paro y pérdida de nivel de vida, colectivo. Y esto es así no solo en el terreno económico, sino también en el político e institucional. Un botón de muestra: el presidente del Gobierno que juró guardar y hacer guardar la Constitución se dispone a desguazarla con la ayuda de su cuate Montilla, para resolver los problemas que enfrentan a PSOE y PSC. Lo nunca visto en el mundo de las democracias occidentales. Vale el viejo doliente lamento: ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esto…?
Con Lupa
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