¿Qué imagen de España queremos los españoles?

Presentación por todo lo alto en la imponente nueva sede de Telefónica en las Tablas, en el llamado "Distrito C" de Madrid. Ante los medios, lo más

Presentación por todo lo alto en la imponente nueva sede de Telefónica en las Tablas, en el llamado "Distrito C" de Madrid. Ante los medios, lo más granado del empresariado patrio, 17 presidentes de otras tantas corporaciones, el 35% del PIB español, y más de 1,7 millones de empleos. Andaban los plumillas queriendo sacar petróleo de donde no lo había, porque aquello no pasaba de ser la presentación de un proyecto (“Consejo Empresarial de la Competitividad” se llama el nuevo think tank o nuevo lobby, como ustedes quieran) cargado de buenas intenciones, cuando César Alierta, su presidente, respondió con cierta contundencia a la enésima pregunta sobre más de lo mismo:

-Nuestro nombre es favorecer la competitividad de la economía española y nuestro apellido, restablecer la confianza internacional en España.

-¡Muy bien! -se oyó replicar a un Emilio Botín sentado a su derecha.

La de ayer en la sede de Telefónica muy bien podría ser calificada de foto histórica si el adjetivo no estuviera tan devaluado por el uso y abuso irrestricto del término. Que en un país sin sociedad civil o con una sociedad civil tan débil, tan cuitada, tan medrosa como la nuestra, 17 grandes empresarios se unan y reúnan con el objetivo de mejorar la imagen exterior de España no puede sino ser saludado con alborozo y felicitados sus protagonistas.

Vaya por delante el recordatorio, no por pedestre menos obligado a tenor que lo que luego se dirá, de que la primera y principal obligación del presidente de una sociedad anónima, grande o pequeña, es la de ganar dinero para sus accionistas, creando riqueza, dando empleo y pagando los correspondientes impuestos al fisco. Pero en el mundo de hoy esos deberes en modo alguno pueden quedar constreñidos al ámbito de una cuenta de resultados saneada, sobre todo si el origen de esa sociedad procede por línea materna de un monopolio público y sigue de algún modo operando como tal, o si su volumen de facturación está condicionado o depende lisa y llanamente de la tarifa que fija el Gobierno de turno o de la obra civil que subastan cada año las distintas Administraciones.

Viene ello a cuento de la interdependencia que en cualquier economía desarrollada liga a toda gran empresa con la sociedad en la que opera y a la que vende sus productos o servicios y con el Gobierno y las instituciones del país en el que actúa, y tiene como corolario la existencia de unos compromisos, incluso políticos, unas obligaciones sociales que rebasan con mucho el empeño primigenio de fabricar ese producto o servicio y sacarlo al  mercado. En este sentido, el papel del gran empresario español ha sido históricamente el del perfecto autista: no opina, no sabe, no contesta. Su responsabilidad en la grave crisis económica que padecemos está fuera de duda. Todos han sido espectadores silenciosos de lo que se veía venir -de lo que veían venir de lejos sus servicios de estudios-; todos han callado reos del delito del miedo que sigue atenazando a los españoles a la hora de hablar alto y claro, y denunciar o proponer y alentar medidas correctoras como haría, como hace, cualquier gran empresario en cualquier economía occidental desarrollada

La responsabilidad de los grandes empresarios en la crisis

Ahora, metidos hasta las cachas en el cuarto año de la crisis económica -que es también social y política, como se ha dicho hasta la saciedad en estas páginas- más grave conocida por España en muchas décadas, que ha dejado ya en la cuneta a cinco millones de parados, nuestros grandes empresarios han decidido al fin echar su cuarto a espadas y juntarse para proponer ideas y avanzar soluciones a lo “suyo”, cierto, pero que ineludiblemente serán también rspuestas a lo “nuestro”, a lo de “todos”, al bienestar común, si resultaran acertadas y fueran bien encaminadas. Bienvenidos sean a la inaplazable tarea de arrimar el hombro. Felicitaciones. Mejor tarde que nunca.

Carentes de liderazgos políticos con la fuerza suficiente para encandilar a la sociedad española y ponerle a andar, pocos colectivos como el empresarial están dotados de mejores argumentos para intentarlo

No nos vamos a detener aquí en describir los desastrosos efectos que para España y su imagen internacional han tenido estos ya casi siete años de Gobierno socialista. Nunca uno solo individuo causó tanto daño. Nunca tan pocos destruyeron tanto. Pero, ¿en qué consiste la imagen de marca de un país? ¿Qué serie de circunstancias, valores y realidades permiten a sus empresas caminar por el mundo con la cabeza alta, vendiendo su mercancía mejor que la del país vecino o pudiendo colocar sus emisiones de deuda a mejor precio que el de al lado?  

Esa imagen depende de la capacidad intelectual y de gestión de su Gobierno, y del prestigio que sea capaz de “exportar” sobre la base de una serie de variables que incluyen una administración de Justicia rápida y fiable, una seguridad jurídica a prueba de bomba, un sistema educativo envidiable, una mano de obra cualificada y empeñada en el trabajo bien hecho, unas Administraciones que funcionan como un reloj dentro de un mercado único, con especial rechazo al secular “vuelva usted mañana”, unas leyes que se cumplen, una universidad que investiga, unos medios de comunicación independientes, unos partidos políticos realmente democráticos y empeñados en la lucha contra la corrupción, y una política exterior digna de país maduro y solvente, occidental, alejado de los cantos de sirena del populismo payaso o del estrafalario dictador tercermundista. Eso, y algunas cosas más que quedan en el tintero, constituye la argamasa con la que se construye el prestigio de un país. Una “fama” que tarda décadas en levantarse y que puede echarse a perder en un año. O en un rato.

Mejorar la calidad de vida democrática de los ciudadanos

Viene el rosario anterior a cuenta de una evidencia insoslayable, por más que pueda resultar inquietante para los “17 hombres sin piedad” que ayer posaron para las cámaras en la sede de Telefónica: y es que para mejorar la confianza internacional en España no basta con exhibir o apelar al prestigio personal de los ayer reunidos o a la calidad de la marca respectiva, o a la suma de prestigios y marcas. Si los grandes empresarios quieren de verdad contribuir a elevar la imagen de marca de España y a mejorar la calidad de vida democrática de sus ciudadanos, que de eso se trata -otra cosa es que tras la bella fachada no haya más intención que hacer lobby a palo seco, que también pudiera ser-, tendrán que tocar todas las teclas, bailar todos los sones, cantar todos los palos, es decir, tendrán que arremangarse y chapotear en el barro de las insuficiencias, las miserias y las incompetencias que hoy atenazan a este desolado país nuestro.

No se trata de suplantar a los partidos políticos. Se trata de forzar a los políticos a caminar por la senda de la regeneración que tantos españoles están reclamando desde hace años. Sé que hablamos de palabras mayores, de ideas que muchos de los afectados rechazarán de plano. Carentes de liderazgos políticos con la fuerza suficiente para encandilar a la sociedad española y ponerle a andar, pocos colectivos como el empresarial están dotados de mejores argumentos para intentarlo. Es cierto, como dice Tocqueville en La Democracia en America, que "el espíritu humano se desarrolla por los esfuerzos combinados de todos los hombres y no por el poderoso impulso de unos pocos", pero convengamos en que la relevancia de los 17 aludidos podría operar como una formidable palanca capaz de levantar el sueño de una España mejor, más abierta, más rica, más libre, más competitiva, mas radicalmente reñida con la corrupción. Más enemiga del miedo. Porque, en esa hipotética, anhelada España, a los españoles les iría mucho mejor y a las cuentas de resultados de sus empresarios también.

Con Lupa
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
181 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios