Sánchez tumba a Iglesias: solo cabe una izquierda de Estado

Podemos anheló poder desde el minuto uno en que pisó el Congreso: una izquierda a la izquierda del PSOE, pero que gestionase el aparato burocrático

Foto: El presidente del Gobierno en funciones y candidato socialista a la presidencia del Gobierno, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones y candidato socialista a la presidencia del Gobierno, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Con las naves quemadas entre PSOE y Unidas Podemos, el fuego parlamentario fue desbrozando el porqué último de esta investidura vergonzosa, kamikaze, tres días de espanto, que no es otro motivo que solo puede haber en España una izquierda de Estado.

Y es que lo que se debatió este jueves en el Congreso no fueron los apoyos para hacer presidente a Pedro Sánchez. Este los había dado ya por perdidos la noche antes, cuando su equipo aireó a los periodistas sendos documentos negociadores por WhatsApp. Lo que se dirimía en directo para todos los ciudadanos, festival de luces y juegos de manos, fue una lucha fratricida de almas: ­entre aquellos indignados de las plazas y un socialismo institucional que veía por primera vez amenazado su monopolio de gestión en Moncloa durante más de 70 años.

Lo señaló Sánchez a Iglesias en varias ocasiones, cabizbajo este, bloqueado, como atrapado en el escaño, tras haber lanzado su liderazgo por la borda y no conformarse ya con decorar Moncloa con el póster del 15-M con las plazas. “¿De qué sirve una izquierda que pierde hasta cuando gana?” le golpeó el PSOE, empujando a la formación morada al lugar de la vetusta izquierda intransigente. “Queremos competencias, no sillones” se revolvió el líder morado, en un intento de romper el relato del adversario.

Pues Podemos no nació para ser Izquierda Unida (IU). Nunca más esa izquierda esencialista que dejaba al PSOE relajado porque prefería “cocerse en su salsa de estrellas rojas”, antes que llegar a gobernar nada. Así lo criticó Pablo Iglesias en 2015 a los mismísimos dirigentes de IU, para molestia de los camaradas. Esa izquierda, tan purista, que se realizaba leyendo libros sobre Marx y revoluciones imposibles, con visión naif y folclórica sobre el pasado.

En realidad, Podemos anheló poder real desde el minuto uno en que pisó el Congreso: una izquierda a la izquierda del PSOE, pero que gestionase el aparato burocrático. La evidencia fue la rueda de prensa de 2016, donde se repartió el gobierno de coalición sin que Sánchez hubiese salido de la ronda del monarca Felipe VI. “El CIS, el BOE, el poder…”. Ya fue burla entonces sobre la querencia de los morados, más por carteras de Estado, que por los ministerios de la “gente”, los sociales.

Por eso, Sánchez le tenía la medida cogida y le echó sal en la herida desde la tribuna, al espetarle: “¿Es que una vicepresidencia social, o Igualdad le parece humillante?”.

Y tal era el festival de las izquierdas españolas por la maquinaria del Estado, que la nota de cordura hubo de ponerla uno que quiere marcharse de España. Gabriel Rufián se erigió de nuevo en pepito grillo de PSOE y Unidas Podemos, sumándose –sin saberlo– a la verdad revelada por Sánchez. “¡Ustedes solo tienen cuatro años de vida, por cuatro ministerios, está genial!”, increpó el republicano a Iglesias. Quién sabe si Iglesias pudo verse reflejado en ese instante, porque ni levantó la cabeza para mirar al independentista a la cara mientras pronunciaba tales palabras.

Y ya al cierre, el enfrentamiento corporativo culminó con la escudera y portavoz socialista Adriana Lastra, a hacer el papel de apparatchik de Ferraz. Afeó a Podemos que se creyera el “guardián de las esencias de la izquierda”, aún sin serlo frente a una maquinaria de 140 años. “¿Sabe usted que las políticas de ocupación activa están cedidas a las comunidades? Quiere un coche sin saber quién va al volante. (…). Y ya sé que les hace gracia”. Es decir. Ríanse, que el diario de sesiones ya recoge que solo el PSOE es izquierda confiable.

Y qué importa ahora el resultado de la investidura, el relato o las culpas, toda vez que Sánchez reforzó su papel de líder centrado escorando a Podemos. Primero, al impedir un gobierno dentro del Gobierno; segundo, al evitar que una fuerza, a sus ojos, anti-Estado, se hiciera con la política territorial denigrando a un país del que dice hay políticos presos por sus ideas; tercero, mantener a España en los marcos de moderación económica y el progreso social.

Las izquierdas alarmaron así a sus bases sobre si jamás podrán volver a sumar esfuerzos como en la Segunda República, dado que Podemos también tumbó a Sánchez en esta misma cámara en 2016. La historia no se repite, pero rima, que diría Mark Twain.

La pregunta ahora es si Sánchez volverá a buscar a Iglesias en septiembre, o pondrá proa hacia Ciudadanos, tras una investidura donde ninguneó a los independentistas y abogó por la abstención de la derecha en múltiples ocasiones.

Y eso se dirimía este jueves. Si PP y Cs pueden arrojar al PSOE a las garras de la falta de institucionalidad del 15-M y los independentistas. Lo llamaron investidura. En realidad, vino a constatar que, de momento, solo cabe en España una izquierda de Estado.

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