Sánchez fía un 10-N a que le hagan la 'ola'... ¿Y después?

Quizás a ritmo de cansancio con el sistema, el 10-N se movilice a una grada de ciudadanos hastiados con el lío político, aportando ahora un malestar constructivo para poner fin al bloqueo

Foto: El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (Reuters)
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. (Reuters)
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Cuenta Dov Seidman en su libro 'How. Por qué CÓMO hacemos las cosas significa tanto' cómo se inventó la conocida ‘ola’ deportiva. Corría 1985 y en el estadio ovalado de los Oackland Athletics, Krazy George Henderson empezó a tocar el tambor, buscando un movimiento que encendiese a la grada y levantase a su alicaído equipo de béisbol. Y de pronto, Henderson logró alzar hasta seis veces los brazos del público, de un lado al otro, y vuelta al inicio, como agujas sincronizadas del reloj.

Y sobre esa ola inadvertida, medio roja, medio centrista, se engrasan ya la maquinaria en Moncloa ante en un 10-N. Una ola que quizás no emocione, pero suficiente para paliar el fantasma de la desmovilización izquierdista que destronó a Susana Díaz. “Su error fue hacer una campaña de perfil muy bajo, que desactivó al votante, además de ser una candidata continuista. Pero si hubiese elecciones, Pedro Sánchez haría campaña por todo lo alto” matizan sobre las diferencias andaluzas.

De hecho, el CIS servía esta semana una pista. Que la campaña de mayo influyó y mucho: uno de cada cinco españoles (21%) decidió su voto durante esta, o el mismo día de los comicios –esta vez el ‘spring’ de generales será más corto. Y que entre quienes no votaron, un 14,2% lo habría hecho por el PSOE, con gran distancia del segundo.

Así las cosas, de qué serviría una victoria reforzada del presidente en funciones, si el bloqueo persistiese tras un 10-N, con igual correlación de fuerzas.

Y es que Pablo Iglesias rezuma tener puestas esperanzas en que tras los comicios, se imponga su vicepresidencia del Gobierno. Por eso, el líder de Podemos hace días debió perder el miedo a las urnas. Le susurran personas de su círculo que caería algo en escaños, sí. Pero que igual lograría la coalición progresista, al ser clave para la gobernabilidad PSOE, de nuevo. De hecho, Sánchez fue avisado por Iglesias en su llamada del jueves: si hay elecciones, a mí ya no me vetas.

Luego está Albert Rivera, a la espera de que un 10-N le devuelva la losa de la investidura. Tanto así, que reforzó su Ejecutiva de fieles en verano, invitando a los disidentes a marcharse. Pero sus ademanes ‘antiestablishment’ no son inéditos en el Congreso. Sánchez también repetía en 2016 la palabra “autonomía”, cual dique para evitar la abstención del PSOE. La diferencia es que en Ferraz se impuso entonces la pulsión de Estado al bloqueo. ¿Emanará de Cs algo parecido, tras la estampida de Roldán, De la Torre, y demás figuras propacto socialista?

Que si Cs no cede, y Moncloa no está por meter a Podemos en el Gobierno, a Pablo Casado le retumbará en la cabeza ese sintagma maldito en la política española. ‘Gran Coalición de populares y socialistas’, para regocijo de Feijoó y algunos afines a Rajoy. La lectura sería que a España solo la sostienen PP y PSOE, partidos más de Estado hoy que el resto, ante el ventajismo de las nuevas formaciones. Pero el riesgo sería elevado para los genoveses con Vox y Cs al acecho.

Y precisamente, sobre ese caldo de cultivo, pivotaría eventualmente la campaña monclovita. Es decir, “O la gobernabilidad, o más bloqueo” blandirían los ‘sanchistas’. Es decir: o dais más votos a Sánchez, o esto no lo gobernará nadie. El multipartidismo es un lío, golpe de tambor. Entiendan por qué Podemos no pudo entrar al Gobierno, otro golpecito. ¿Por qué no asumen Iglesias y Rivera que tras haber fracasado en sus sorpasos deben dejar gobernar al más votado? Pumba.

Y a eso lo fían todo en Moncloa: a que a ritmo de cansancio con el sistema, el 10-N se movilice a una grada de ciudadanos hastiados con el lío político, a partir de un malestar constructivo —a diferencia de 2015— cuando reventó el bipartidismo— para poner fin ahora al bloqueo.

La solidez frente al caos, la institucionalidad frente a lo desconocido, sería el agudo compás que regiría la campaña socialista

Pues para qué hace falta ya la ilusión, si también mueve el temor en el horizonte político. Nada más potente que el imaginario de lío –sentencia del ‘procés’ en Cataluña, Brexit y el temor latente a una crisis económica…– para aupar al Ejecutivo de turno, como ocurriera en 2016. Para paliar incluso que el miedo a Vox ha decrecido. La solidez frente al caos, la institucionalidad frente a lo desconocido, sería el agudo compás que regiría la campaña socialista.

Ya lo advirtió Seidman en su libro. A menudo no se trata de enfocarse en la ola —la participación política— sino en las condiciones que la hacen posible. Aunque en Moncloa pareciera que, a diferencia del mantra colectivo, le temen menos al abstencionismo que a los ‘podemitas’ en el Consejo de Ministros.

Con V de voto
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